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Por Verónica Castro y Pablo Mancini
Alejandro Rozitchner es filósofo, y como representante de
esta ciencia madre de las humanidades tiene una vitalidad a toda
prueba. Para él lo importante son las ganas de vivir, de
hacer cosas, la necesidad de centrarse en esos aspectos más
que en describir lo desfavorable del presente o en quitarle sentido
a las cosas.
Nuestro entrevistado nos habla así de la importancia de
lograr el entusiasmo en los alumnos, de la centralidad de lo afectivo
en la escena educativa –pese a que sean los contenidos o las
habilidades adquiridas lo que parece ocupar el centro–, y
del gran aporte que la filosofía, como pensamiento en extrema
libertad, tiene para hacer a la educación actual, entre muchos
otros temas.
—¿Por qué estudió filosofía?
—Lo único que sabía era que iba a estudiar
alguna humanidad, porque me gustaba mucho leer. Empecé Filosofía
probando a ver qué pasaba, un poco pensando en que es la
madre de las humanidades y otro poco sospechando de la elección,
porque mi papá es filósofo también. ¿Será
que quiero esto por mí mismo o porque lo quieren otros?,
pregunta central en la vida de toda persona que intenta captar su
propio deseo.
En cuanto comencé a ir a clases quedé deslumbrado.
El pensamiento me parecía algo de un poder descomunal, el
poder de todos los poderes. Quedé hechizado. Casi simultáneamente
me frustró el hecho de que ese inmenso poder estuviera adormecido
y sepultado debajo de las costumbres académicas, así
que hice la carrera peleándome un poco con la filosofía
y alimentándome de ella al mismo tiempo.
Nunca fui un buen estudiante, tampoco uno demasiado malo. La carrera
de filosofía es una especie de locura, gente hablando con
gravedad de cosas que parecen tremendamente serias pero al mismo
tiempo son ridículas. Captar ese doble sentido es clave;
quien se lo toma demasiado en serio le quita vitalidad a la experiencia.
Si respondiera a la pregunta de por qué estudié filosofía
desde mi perspectiva actual tal vez diría que lo hice porque
mi personalidad necesitaba dar unas cuantas vueltas antes de lograr
un grado de libertad y de fluidez aceptable.
—¿Qué espera de los estudiantes que
asisten a sus cursos?
—Respondí ampliamente esta pregunta hace poco en
un texto que puse en mi página. Pueden verlo en en: www.bienvenidosami.com.ar.
—¿Cómo se imagina la formación de los
filósofos del futuro? Georg Steiner insiste en que es imposible
hacer filosofía sin estar atentos a las transformaciones
científicas. ¿Cuál es su perspectiva sobre
el tema?
—Me gusta esa perspectiva. Creo que a la filosofía
se la puede describir como el pensamiento en extrema libertad. Su
objeto es la realidad, las cosas del mundo. Su energía de
base es el deseo de quien piensa. En este contexto podemos decir
que la ciencia es un interlocutor clave, porque describe también
lo que Nietzsche llama “las cosas como son”. Creo en
la naturaleza y me parece absurdo el vicio intelectual de desarmar
esa noción como si fuera una arbitrariedad conceptual. La
libertad de la filosofía, por otra parte, consiste en poder
plantearse cualquier problema y de cualquier forma, es decir, recopilando
datos y visiones que tengan origen tanto en la ciencia como en la
literatura o incluso en la música.
—Usted dictó muchos cursos de filosofía
para niños. ¿Los niños son filósofos
espontáneos esterilizados por la escuela?
—La verdad es que no hice muchos, sino unos pocos. Lo que
pasa es que escribí un diario de la experiencia de hacer
uno de ellos, rodeado de reflexiones sobre el sentido de la filosofía
y acerca de las posibilidades que un trabajo de ese tipo puede abrir
para la educación de los chicos. Ese fue mi primer libro,
que se llama La filosofía para chicos, y que se publicó
en el 92.
Hay un trabajo internacional liderado por Lippman sobre el tema
de la filosofía para chicos que es muy valioso, pero yo opté
en ese entonces por una vía personal, más hippie y
ligada al arte y al psicoanálisis. Inventé una serie
de ejercicios e incluso un mecanismo para que los chicos hicieran
teorías utilizando imágenes y su propia escritura.
No creo que la escuela esterilice. Me parece que el crecimiento
mismo pide que cada persona logre un nivel de eficiencia y de adaptación
que no es una mera pérdida. Tenemos que pensar en serio este
tema y dejar de lado esta denuncia un poco ingenua. El foco correcto
para pensar este tema yo lo enunciaría así: ¿cómo
lograr que la estructura –sea la del colegio o la de la personalidad–
sea capaz de una gran fluidez sin perder su valor de orden e integración?
—¿En su opinión, hacia qué objetivos
debiera dirigirse la transformación de la educación
en la Argentina? ¿De qué experiencias educativas de
otras culturas podría nutrirse nuestro país?
—Lamento no tener conocimiento de experiencias pedagógicas
de otras culturas y ni siquiera de las que sé que se realizan
todo el tiempo en nuestro propio país. Creo que concebir
a la educación como un camino que está siempre buscándose
a sí mismo es una buena característica de la situación
pedagógica actual. Seguramente es también la crisis
la que impulsa esta actitud, pero es bueno estar a la altura de
esta exigencia. Educar es inventar cómo educar, encontrar
lo más sustancioso que pueda ofrecerse, repensar los criterios
de utilidad, ser capaces de reconocer lo nuevo tal como se presenta
y sin referirlo a moldes ya vividos respecto de los cuales lo nuevo
aparece necesariamente sólo como defecto. Educar debe vivirse
como una aventura, y para eso es importante que uno se sitúe
en la posición de protagonista, ya que no hay aventura sin
persona involucrada en ella. La filosofía, o el pensamiento
libre y buscador que creo que es la filosofía, tiene un gran
aporte que hacer en la educación actual. Pero me refiero
a la necesidad de repensar y de inventar, no a planteos de tipo
epistemológico. La aventura de pensar es clave en la aventura
de educar, es el patrón base de toda elaboración.
Esto puede sólo hacerse con excitación, tenemos que
dejar la falsa seriedad afuera.
—Se cuestiona mucho que la tecnología amordaza
la argumentación y quita profundidad a las conversaciones.
¿Usted que piensa al respecto?
—Bueno, a esto me refería cuando hacía alusión
a los moldes viejos que sólo conciben a lo nuevo como defecto.
Apegada a formas de vida pasadas y negando la transformación
es como la sociedad actual genera imágenes vacías
cada vez que aborda una experiencia que le resulta desconocida.
La imagen de una juventud caída, perdida, sin atributos,
es el error principal de este planteo. Creo por el contrario que
el mundo tiene una vitalidad a toda prueba, mucho mayor de lo que
somos capaces de concebir, y que la juventud de hoy es tal vez más
valiosa y afirmativa que esa juventud endiosada como idealista,
que al fin y al cabo no tuvo tantos logros para exhibir. Estoy harto
de esta costumbre de creer que ser inteligente es describir un presente
desfavorable, quitarles sentido a las cosas, negar el que tienen,
como si fuera un campeonato de imágenes apocalípticas.
Creo en el entusiasmo de vivir, en las ganas de hacer cosas, y en
la necesidad de que nos centremos en esos aspectos más que
en ningún otro. Metodológicamente debemos concluir
ya que este es el camino adecuado, ¿qué logró
el ampliamente celebrado pensamiento crítico? Reproducir
la pobreza. No tenemos que buscar producir más pensamiento
crítico en los alumnos, tenemos que lograr en ellos entusiasmo.
La crítica es una parte secundaria del pensamiento, jamás
su perspectiva básica ni su momento de mayor riqueza. Me
parece evidente.
—¿Qué lo llevó a la idea de tener
su propio sitio en internet? ¿Abrió un nuevo panorama
con relación a sus actividades como filósofo?
—Soy consciente de que un intelectual debe ganarse un público.
No creo que sea culpa del sistema que los pensadores estén
relegados, si es que lo están. Creo que cada uno es responsable
de generar una comunicación viva, capaz de interesar a interlocutores
varios. No siento tampoco que la filosofía sea un saber cerrado,
apto sólo para circular entre filósofos. Me interesa
pensar y quiero comunicarme con las personas que estén interesadas
en lo mismo, sea del ámbito que sean.
Pensé mi site como una especie de mostrador donde atiendo
al público. Tengo allí como 100 artículos publicados
en diversos medios, fragmentos de todos mis libros, las columnas
filosóficas que hago en el programa de radio de Mario Pergolini
todos los lunes a las 11 am, textos varios que voy escribiendo con
cosas que se me ocurren. También allí publicito mis
cursos y respondo todos los mails que me llegan. Creo que con las
nuevas tecnologías tenemos que reinventar todos nuestros
trabajos. Estoy feliz de haberme decidido a hacer el site y le agradezco
a Maxi Galin, el webmaster, todo su trabajo. Tengo muchas visitas
y mucho intercambio interesante.
—Se dice que una tecnología bien utilizada
en el aula exige convertir a los maestros en tutores, una suerte
de Sócrates pero a nivel de masas. ¿Cómo se
imagina esta metamorfosis? ¿La cree posible, deseable?
–No creo que la tecnología llegue a hacer superfluo
el contacto afectivo, lo que hay que pensar es cómo van a
ir planteándose nuevas formas de vivirlo. Hablo de lo afectivo
porque la educación es básicamente algo que ocurre
en ese eje de las identificaciones y el sostén, pese a que
sean los contenidos o las habilidades adquiridas las que parezcan
ocupar el centro de la escena. Estas son las partes visibles de
un proceso que tiene lugar en personas, en seres de naturaleza que
no pueden ser comprendidos si los abordamos como meras funciones
cognitivas.
No veo que el uso de nuevas tecnologías altere ciertas cosas
básicas en la vida. A veces nos confundimos y llegamos a
creer que se abre ante nosotros un camino de modificación
total. La vida es un fenómeno viejo y por más que
la aceleración de la cultura resulte deslumbrante hay muchas
cosas que son fijas: la muerte, la arbitrariedad de la existencia
del universo, la necesidad de un espacio de existencia subjetivo,
etc. La tentación que la tecnología abre en nosotros
de creer que somos una plastilina absoluta que podría tomar
las formas más racionales y eficientes está desmentida
paso a paso por una realidad siempre indomable. Esto seguirá
siendo así. Lo cual, por supuesto, no impide valorar y tratar
de usar lo mejor posible las oportunidades que abren estas tecnologías.
Sus posibilidades para la educación son gigantescas, creo
que estamos recién empezando. Siento que somos pioneros en
internet, que toda esta época será recordada como
un momento original de prueba e ingenuidad y me parece que es muy
lindo formar parte de él.
—Usted está por iniciar un proyecto de capacitación
en línea con docentes sobre temas filosóficos. ¿Cuál
es el objetivo del proyecto y qué productos o resultados
formativos piensa obtener?
—En principio se trata de un espacio que nació alrededor
de la idea de contactar a los docentes de filosofía de los
colegios secundarios, de darles aliento y herramientas y de lograr
la pertenencia a una comunidad de intercambio y reflexión
común. Creo que el gran interés que hay hoy por la
filosofía no logró aún transformar esas horas
cátedra en una experiencia todo lo viva que podría
ser. Tengo contacto con docentes que trabajan en este sentido, que
están ávidos de ayuda y que tienen cosas interesantes
para decir. Muchos de ellos están realizando experiencias
para tratar de contagiar a los alumnos el placer y el poder del
pensamiento. Tenemos que darnos cuenta de que la filosofía
trabaja el núcleo fundamental de la educación, que
es la capacidad de pensamiento. En ese núcleo convergen los
problemas de sentido individual (y por este lado la filosofía
se toca con la psicología, cosa perfectamente legítima)
y los problemas más generales que puedan concebirse en relación
con la vida y con la vida social. No creo que debamos abordar el
espacio de trabajo en filosofía con los fines concretos que
le hemos dado históricamente: no se trata ni de enseñar
la historia del pensamiento ni de enseñar a ser buenos, y
con esto me refiero a un abuso de las preocupaciones éticas
que termina produciendo más aburrimiento y lejanía
que virtud. El centro de la clase de filosofía debe ser la
experiencia de pensar, y como buenos filósofos sabemos que
esto es algo que se reinventa todo el tiempo, cada generación
lo vive a su manera y cada mundo le da un sentido propio.
Vamos a plantear un espacio de trabajo con las siguientes características:
voy a publicar una serie de intervenciones mías sobre estos
temas, como una invitación al diálogo, y vamos a ir
desplegando los intercambios con todos quienes quieran participar.
Al mismo tiempo vamos a ir generando una serie de recursos: premisas
para aplicar en clase, un archivo de sus resultados, textos que
puedan usarse en clase y también textos de docentes que hayan
pensado sobre estos temas. La experiencia se inicia como un trabajo
dirigido especialmente a los docentes secundarios de filosofía,
pero estoy seguro de que va a interesar a docentes y personas de
otras disciplinas y lo que suceda irá dando forma al espacio
propuesto.
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