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Por Cristina Noble
Alejandro
Rozitchner es un filósofo particular, no adopta poses de intelectual
malhumorado o taciturno; por el contrario, defiende abiertamente
la alegría como valor, cosa que el argentino medio, afirma, se empecina
en rechazar. Cree que la filosofía sirve para interpretar el mundo,
pero no para promover grandes cambios. Está convencido de que uno
puede adquirir nuevos saberes tanto leyendo ensayos de Friedrich
Nietzsche o Georges Bataille como una novela de John Irving o un
libro de autoayuda. En suma, no se alinea en la categoría de los
intelectuales "políticamente correctos".
Declara que la mayor felicidad de un hombre es vivir con la mujer
que ama, tal parece ser su caso, y defiende el rock and roll como
expresión de libertad. Sin autocensurarse, opinó sobre la crisis
argentina y criticó la predisposición nacional por el fracaso.
- La crisis que atraviesa la Argentina es tan profunda y abarca
tantas dimensiones que por momentos hay miedo de que el país sucumba,
deje de ser, se rompa en mil pedazos... Si la Unión Soviética dejó
de existir como tal, ¿no podría ocurrirnos a nosotros algo similar?
- Cada vez pienso más que la clave para entender la crisis argentina
hay que buscarla por el lado de la psicología. La fantasía de que
la Argentina podría disolverse me parece que tiene que ver con la
fantasía primaria de la disolución del cuerpo. Yo creo, como el
psicoanalista inglés Donald Winnicott, que una comunidad no puede
adquirir una maduración mayor de la que poseen sus miembros; me
parece que esto es una clave para entender qué nos pasa. La Argentina
es una sociedad muy inmadura porque sus componentes son inmaduros.
El argentino medio no se hace cargo de nada de lo que pasa a nivel
social. Espera que los demás lo resuelvan, y si no lo hacen como
él imagina, entonces nadie sirve, todo esta mal...
- La consigna "que se vayan todos" expresaría esa inmadurez?
- Sin duda. Que se vayan todos expresa una visión salvaje, despreciativa
del país y sus dirigentes. ¿Quienes son todos? Ese dicho tiene varios
defectos; uno de ellos es que no pone en movimiento a la opinión
pública, sino que la desmoviliza. Por otro lado, los políticos no
nacieron de un repollo, son producto de esta sociedad. Pero el argentino
medio siempre piensa que el mal está en otro lado. Nuestro sentido
común demoniza al contrario para sentirse en el lugar de la pureza.
De cualquier forma, vale subrayar que estas cosas no le pasan sólo
a nuestro país; las guerras se hacen a partir de ubicar a los otros
(extranjeros, invasores, enemigos políticos) en el lugar del mal
absoluto. Las guerras, como las crisis, hasta pueden ser un alivio
porque permiten eludir el difícil trabajo de tener que crecer. Nietzsche,
interpreta que los pueblos se lanzan a la guerra felices porque
encuentran un sentido de vida. Parece paradójico, pero es así. Las
personas se salvan del trabajo de buscarse a sí mismas tirándose
de cabeza a una causa meritoria.
- Esta crisis no parece aliviarnos...
- Pero nos excita porque nos pone frente al abismo. Nosotros hemos
producido un gran desastre. Una persona, un país, necesita emociones
fuertes, cosa que se puede lograr por distintos medios, a través
de un gran triunfo o por medio de una gran derrota. Nosotros nos
hemos especializado en la segunda opción, por eso cuando cae un
presidente, o un ministro de Economía, sentimos una satisfacción
íntima, una confirmación de algo que todo el mundo decía: "Este
tampoco va a andar"
- Que es como decir: a éste también lo vamos a voltear...
- Exacto. La derrota del otro, no importa si se trata de un gobierno
elegido libremente, es una manera de sentirnos potentes. Por eso
cuando un presidente cae, uno siente una especie de fiestita personal.
Desde que se inicia un gobierno, empezamos a señalar sus defectos,
sus incoherencias... Al final, le hacemos jaque mate.
- A veces parecería que esa ideología del fracaso justificara
moralmente a los delincuentes: si el ladrón le roba a gente con
poder -económico o político- está todo bien, lo tenía merecido...
En el momento de los saqueos, por ejemplo, eran sorprendentes los
comentarios que se hacían legitimando los asaltos...
- De acuerdo con el sentido común imperante, el ladrón estaría
justificado porque actúa como una especie de luchador social, alguien
a quien no le quedó otra. Esto me parece una locura.
- Otra interpretación válida sobre el afán por sentirnos derrotados
es que actúa como antídoto frente a un hecho que mayoritariamente
se interpreta como inevitable, fatal: "A este país no lo arregla
nadie..."
- Lo que pasa es que todo intento de huir del mal lo único que
consigue es incrementarlo. Es decir, mientras más tarde uno en enfrenta
sus problemas peores van a ser, y más cruento el método de curación.
Esa actitud extrema contra los gobiernos, en el fondo, esconde una
gran pasividad. La gente cuando habla parecería que va a tomar las
armas mañana, pero en los hechos no pasa demasiado, muy pocos están
dispuestos a incidir en la realidad. Virulentos en las palabras
y ausentes en los hechos: ésa es otra característica nacional.
- Una de las peores consecuencias de la crisis es la desconfianza;
nadie cree en la Argentina que alguien acceda a situaciones de poder
por su mérito.
- El tema del poder, y el resquemor que despierta, es un capítulo
aparte. Yo creo que hay una militancia del fracaso, una militancia
que persigue a los que les va bien. Hay un esfuerzo comunitario
muy fuerte por afirmar la imposibilidad. Nos une la derrota, por
eso el que se atreve a apostar por el éxito queda afuera, y es objeto
de sospecha. Aparte, el factor de la crisis política-económica sirve
para justificar todo fracaso personal; ejemplo: si a uno le va mal
en su pareja, es porque el país es una m..., si uno no consigue
trabajo, es porque son todos unos ladrones. Creo que la crisis es
tremenda porque hemos hecho este juego durante demasiado tiempo,
y de tanto no hacernos cargo, de tanto jugar a nenes indefensos
a los que los otros les hacen daño, hemos creado una comunidad inexistente.
- Algunos achacan a la cultura cristiana una predisposición
en contra de la competitividad, la ambición, el deseo de progreso...
¿usted está de acuerdo?
- Puede ser, pero hay otros países con raíz cristiana que no están
en nuestra situación. No me parece conveniente detenernos a analizar
las causas finales de esta crisis; lo que esta situación crítica
pide a gritos es que encontremos soluciones, cosa que, en general,
nuestros intelectuales no hacen. Detenernos en las causas nos desvía
del trabajo del diseño. Antes que preguntarnos cómo llegamos a esta
situación, cada uno de nosotros debería preguntarse cómo querríamos
que fuera la Argentina, y qué estamos dispuestos o en condición
de hacer para mejorar a nuestro país.
- Parece difícil encarar este trabajo cuando la ideología progresista
-con enorme influencia en nuestro país- preconiza, aún más que el
cristianismo, la idea de la pobreza y falta de ambiciones como virtud.
- Esa ideología nos ancla en el pasado, porque para la izquierda
lo importante es recordar, no mirar para adelante.
- ¿No le parece que deberíamos recuperar algunos valores, algunas
normas del pasado?
- No, no me parece. Creo que la pérdida de antiguos valores tiene
que ser puesto a cuenta de un avance de la Argentina. De tan enamorados
que estamos del fracaso, no podemos ver el avance que tuvo nuestro
país en estos últimos años. Basta mirar un noticiero de hace dos
décadas. Salta a la vista que ésta era una sociedad mucho más dura,
más formal, más pacata. Ahora hay mucha más libertad que antes.
Fíjese, ya no existe el servicio militar, los jóvenes no se plantean
dejarse matar por una visión idealista del mundo. Dígase lo que
se diga, en algunos aspectos bastante importantes, estamos mejor
que antes. El sentido común expresado por la opinión pública muchas
veces atrasa; si uno no permite que se desplieguen los valores nuevos,
aborta una reinterpretación de la vida.
- También se percibe una gran melancolía. ¿No será que se añoran
otros tiempos, en los que imperaba menos esta sensación de derrota
y había un poco más de fiesta porque ganábamos en algún Mundial,
o en algo?
- Me parece que en un sector grande, la tristeza es un recurso
demasiado usado. Emocionalmente comulgamos más con la tristeza que
con la alegría, como si una actitud feliz frente a la vida fuera
menos profunda o más frívola. Pero bueno, quizá la exageración en
esta línea de pensamiento, esta suerte de enviciamiento en el fracaso
y el sufrimiento nos provoque susto ahora y busquemos cambiar algo...
Votar de manera distinta, por nuevos partidos, nuevos candidatos...
- Eso ya pasó con la Alianza y fue otro fracaso...
- El problema es que el valor de la Alianza estaba dado por su
oposición a Menem, como si eso fuera un programa político: estar
en contra de alguien no sirve para conducir un país como quedó demostrado.
Uno de los principales combatientes de esa unión, Chacho Alvarez,
en lugar de dar batalla en el Congreso dijo como una señorita ofendida
que no iba a transar... Como si no hubiera sabido donde se metía...
Es decir que nos traicionó Chacho. No tenían voluntad de poder,
ni una idea de nada: estaban aglutinados en contra del otro. Otro
fenómeno importante es que un altísimo porcentaje en los últimos
comicios no votó a nadie...
- Esa fue una renuncia colectiva...
- Con una actitud del adolescente; es como el chico que se niega
a sacar la basura, como si ese gesto de no votar a nadie produjera
algún tipo de reacción en los gobernantes. Es ridículo creer que
la abstención puede servir de lección; hay que dar batalla, la política
es una lucha por el poder. Todas esas posiciones dignas de renunciar,
hacerse el ofendido para que el otro entienda es una ridiculez.
La misma actitud tiene Reutemann ahora que dice que no se quiere
poner en medio de la pelea entre Menem y Duhalde. ¡Si la política
es pelea...! Reutemann tiene un problema personal, un problema psicológico,
es evidente: le cuesta bancarse la situación, lo que es respetable;
pero, ¿cuántos líderes más van a dar un paso al costado? Es el país
de los que renuncian... Absurdo.
- Está bien vista esa cuestión del renunciamiento. Pero la crisis
nos demuestra que esos gestos no alcanzan para sobrevivir.
- Ojalá que exista esa conciencia. Ojalá se comprenda que el poder
es imprescindible. La naturaleza está regida por el poder, no es
un fenómeno humano. No es un problema moral, es una constatación
de la realidad. Lo que le pasó a Chacho es que no podía bancarse
asumir una posición de poder porque se sentía traidor. No quería
venderse al poder, pero si no se vende nadie entonces el pescado
queda sin vender. No sé... Hay demasiada mala conciencia, se cree
demasiado en la crítica como un factor que demuestra inteligencia.
El que señala que algo está mal aparece como inteligente, lo cual
es una idiotez absoluta. Lo real es que la inteligencia se demuestra
creando, produciendo algo nuevo. Una cultura basada en la crítica,
en la denuncia o en la desconfianza es una cultura de la pobreza,
es una cultura resentida e impotente. Nuestra intelectualidad está
signada por un rasgo fundamental: la mala conciencia.
- ¿No cree que pese a ese culto del escepticismo hay una necesidad
de afirmación nacional, de sentirnos orgullosos por algo?
- Para nosotros es muy difícil sentirnos un país, porque los símbolos
de LA NACION los hemos dejado en manos de fuerzas muy reaccionarias:
es como si la patria y sus símbolos los hubiéramos abandonado y
ahora fueran expresión de los militares o la derecha.
- Si estamos enamorados del fracaso, como usted afirma, entonces
su pronóstico acerca del futuro de la Argentina no puede ser bueno,
¿no?
- Se trata de cambiar la actitud pasiva, y de denuncia declamativa
por una participación responsable, si esto pasara entonces me parece
que no está todo perdido ni mucho menos. Hay que ir al Congreso,
meterse en las comisiones, participar en los problemas del barrio...
Uno no puede limitarse a criticar a los dirigentes porque no cumplen
nuestras expectativas. Uno puede querer enamorarse de la mujer más
hermosa y quedarse en su casa sin hacer nada... Lo mismo pasa con
la política, con los dirigentes: no emergen de la galera como un
acto de magia. Uno puede anhelar que existan nuevos, pero el deseo
no alcanza. En fin, lo que quiero decir es que quejarse no sirve
para nada, es una forma de sacarse de encima la responsabilidad.
- ¿Su propuesta es que todos nos convirtamos en militantes políticos?
- Da una fiaca bárbara, ¿no? Pero bueno, cada uno puede aportar
según sus posibilidades y sus deseos... Además está el voto; hay
que hacerlo valer, tomarlo en serio. Yo soy presidencialista, de
modo que sea quien sea el que gane, en principio le doy mi confianza
aunque no me apasione, aunque me espante le doy crédito. Como a
cualquiera, hay que verlo actuar.
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