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Por Pablo Sirvén
Como corresponde a todo filósofo del siglo XXI, Alejandro
Rozitchner predica desde la virtualidad mediática: en radio
es columnista de "Cuál es", el exitoso programa
de Mario Pergolini por la Rock & Pop; en televisión conduce,
junto con el polémico secretario de Cultura de la Nación,
Torcuato Di Tella, "Diálogos para entender lo que nos
pasa", por Canal 7, y sus columnas aparecen asiduamente en
diversos medios gráficos. Sin embargo, no hay nada que a
este refutador nato de lugares comunes -acaba de publicar "Ideas
falsas" (Editorial del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2004),
destinado precisamente a combatirlos- le entusiasme más que
remitir a su propio sitio en Internet (www.bienvenidosami.com.ar).
Confiesa que "escritor" es lo que pone cada vez que debe
llenar un formulario y no exagera, ya que publica sin parar obras
de títulos tan provocativos y atrayentes como "Pernicioso
vegetal", "El despertar del joven que se perdió
la revolución", "Argentina impotencia", "Conciencia
rockera" y "Escuchá qué tema".
A los 43 años, Rozitchner prefiere definirse como un "comprensor",
alguien que trata de entender lo que sucede a su alrededor y explicarlo
en continuas conferencias, seminarios y clases particulares de filosofía.
En su diálogo con LA NACION alentó a abandonar la
costumbre argentina de estigmatizar a los demás, criticó
duramente a los piqueteros y hasta abogó por cierta forma
de calificación del voto. Políticamente incorrecto
por naturaleza, Rozitchner despliega su pensamiento de manera provocativa,
sin importarle que sus pareceres puedan resultar controvertidos
y hasta, por momentos, reduccionistas e irritantes.
-¿Hay una sensación nacional de que decir
las cosas de manera estentórea equivale a haberlas hecho?
¿No seremos los argentinos buenos decidores y malos "accionadores"?
-La boca de la política es muy tosca. Es un género
masivo, una especie de historieta en la que se impone decir cosas
chocantes de manera sencilla con tal de meterse en la conciencia
colectiva, que es bastante infantil. Hay que hacerlo de una manera
eficaz y por eso hay que hablar de manera provocativa y decir cosas
que sean capaces de exaltar las pasiones inmaduras de ese pensamiento
político comunitario, para tratar de ganar poder.
-Pero toda esa energía, ¿no se agota en el
petardismo verbal?
-Claro, porque es muy difícil que el otro extremo de la
política, que es el de la gestión, y que es más
realista, pueda hacerse cargo de lo que se dijo en el plano más
tosco.
-¿Qué opina cuando escucha o lee declaraciones
polémicas, como las que hizo hace algunos días el
obispo de Resistencia, Carmelo Giaquinta, que afirmó que
los argentinos somos "fallutos y ladrones"?
-Ese tipo de declaraciones me despierta bastante simpatía.
Giaquinta no dice que el malo es el otro. Abre un juego completamente
distinto. Si la realidad argentina no está funcionando como
queremos es por culpa nuestra. Debemos trabajar sobre nosotros para
que seamos capaces de otra cosa.
-Pero, ¿realmente somos fallutos y ladrones?
-Lo cierto es que si hay tan alto grado de corrupción en
la Argentina es absurdo pensar nada más que en los menemistas.
Si la corrupción está metida en todas las oficinas
públicas y gobiernos provinciales, no digo que nos defina
esencialmente, pero sí que es una de nuestras características.
¿Por qué no reconocerlo? Sería un paso importante.
-¿A qué se refiere cuando afirma que es tan
importante el mundo real como el imaginario?
-A que el mundo imaginario también es material. Forman parte
de la materialidad de la existencia de un país no sólo
sus objetos concretos, sino las ideas. Imaginar siempre escenarios
de crisis y catástrofes es, de alguna manera, ir perfilando
la obra de un país fracasado. Es una profecía autocumplida.
-¿Cómo se hace, en la práctica, para
salir de ese círculo vicioso?
-Habría que impulsar un programa de trabajo. De alguna manera,
ya se está dando en la Argentina. En 2001 tomamos contacto,
a través de la crisis, con las ideas de que conformamos un
cuerpo común, de que el destino de uno está atado
al del otro y de que si nos desbarrancamos, nos desbarrancamos todos.
Se trata de apoyar a las instituciones y de realizar trabajos concretos.
No podría decir que la Argentina sea un país en decadencia
y ni siquiera decir que fracasó.
-Ante el gobierno actual, parece que tiene una visión
esperanzada...
-No estoy, para nada, enamorado del Gobierno. No digo que con este
gobierno vayamos a salir adelante, pero estoy a la expectativa de
ver qué nuevas cosas pueden pasar. No soy un analista político
del momento ni del detalle. Trato de pensar en el fondo y de captar
fuerzas que muchas veces se nos escapan.
-Pero ese conformarse con lo que hay en cada momento, ¿no
resulta acomodaticio y, hasta cierto punto, oportunista?
-No estoy diciendo que ahora quiero a Kirchner y antes quería
a Menem, pese a que creo que la posición política
más correcta, democrática y constructiva que podemos
tener es apoyar a los presidentes que han sido elegidos por el pueblo.
Pero no me estaba refiriendo a este gobierno, sino, más bien,
a este momento de la Argentina. Hay que entender que la historia
se mueve lentamente y que en los últimos veinte años
hemos logrado muchas cosas: hay más libertad de prensa y
tolerancia, y podemos establecer diferencias políticas sin
matarnos. La Argentina avanzó mucho en eso. Es imposible
no reconocerlo.
-Tanto su coequiper televisivo, Torcuato Di Tella, como
después el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, han
dicho que hay prioridades sociales más acuciantes que la
cultura. ¿Pero acaso no habrá tantos pobres precisamente
por la falta de cultura?
-Pensar que la cultura es un tema secundario porque hay problemas
más urgentes es no captar que por ese lado se podrían
producir movimientos que nos ayudaran a terminar con ella. No creo
que la actitud general de la Argentina sea la de despreciar la cultura.
Sin embargo, hay una costumbre nacional de contrastar toda situación
de vida con el peor ejemplo de pobreza que tengamos. El razonamiento
sería así: "¿Cómo tenés
ese lindo saco de corderoy o leés a Proust mientras hay chicos
en Tucumán que no tienen para comer?" Se pretende eliminar
toda expresión de riqueza cuando, en realidad, me parece
que la pobreza no es ninguna bendición y que hay que combatirla
y destruirla. No está para que le rindamos culto. Tenemos
toda una moral para valorar la pobreza y esa misma moral abomina
de la riqueza. Entonces es bastante lógico que produzcamos
más pobreza que riqueza. El pobre es una víctima que
merece toda nuestra simpatía. El rico, en cambio, es sospechoso.
Algo malo debe haber hecho y no merece tener lo que tiene. Por consecuencia
directa, esa manera de ver la realidad genera pobres. Estamos empobrecidos
y, entonces, decimos que somos un país muy inferior, porque
nos comparamos con Europa, Estados Unidos o Canadá. Y no
tenemos derecho a hacerlo. Somos un país latinoamericano,
pobre, como tantos otros que hay de nuestro continente, de Asia
y de Africa.
-Pero a principios del siglo XX estábamos entre
las naciones más desarrolladas, por encima de Australia y
Canadá...
-Ahí tenemos un buen ejemplo para pensar en la diferencia
que hay entre unos índices cuantitativos y una sustancia
espiritual nacional. La Argentina tuvo muy buenos índices,
pero no era un país maduro, porque de lo contrario hubiéramos
sido capaces de mantener eso.
-Su planteo abreva en el determinismo histórico.
Siguiendo la misma lógica de su pensamiento, no habría
manera de salir de esta situación...
-Se puede salir si el país madura. Una comunidad madura
es capaz de mantenerse y de intercambiar riquezas con otras sociedades
maduras, pero, además, no tiende a crear ogros, como los
que ahora se generan aquí sobre la década del 90.
Es una sociedad que, en lugar de construir constantemente imágenes
del mal, que le harían daño, más bien trata
de incorporar eso en circunstancias activas, en experiencias que
permitan reformularlas en otras nuevas.
-¿Cómo evalúa el fenómeno Blumberg?
-Yo lo veo como algo positivo. A mí me gustó que
existiera una posibilidad tan inmediata de hacer pasar al escenario
político una necesidad comunitaria general, llamar la atención
sobre el problema de la seguridad de manera tan directa. Sería
sensacional que este tipo de cosas pasara más seguido. También
me gustó que Blumberg manejara la situación sin transformar
todo eso en una crítica rápida a los partidos y a
las instituciones, que tratara de situarse como eje de un movimiento
constructivo.
-¿Qué es lo que usted quiere significar cuando
afirma que estar contra los malos no es una posición política?
-Busco reconocer la vida tal como ella es y no tal como queremos
que sea. Si aceptamos la vida tal cual es, el mal viene implícito
en ella. No podemos pretender un hombre puro, bueno y sin problemas.
Pero, asumiendo que somos de esa manera, podríamos trabajar
sobre eso. Es una posición afirmativa y activa, no ingenua.
El malo no siempre es el otro. El malo es cierta forma de ser que
pasa por todos nosotros, por supuesto que de distintas maneras.
Todos somos Cabezas, pero también todos somos Barrionuevo.
No me parece conducente, como planteo político, suponer que
derrotando a "los malos" vamos a solucionar los problemas.
Más bien creo que si hay un enemigo, ese enemigo somos nosotros
mismos.
-¿Por qué asegura que la idea de lucha no
es un buen articulador de avances sociales?
-A mí me parece que el proceso político requiere
ser pensado con mayor sutileza que el que emana de un juicio moral
apresurado, como es suponer que las cosas malas se desprenden de
la acción de los malos. Los malos existen. El mal forma parte
de nosotros. Hay que saber hacer con eso algo más que mostrarse
abochornado y enojado.
-Usted también dice que estar contra el sistema
no conduce a nada. ¿Qué les diría, entonces,
a los piqueteros?
-Se supone que es una posición meritoria estar en contra
del sistema. Yo creo, más bien, que hay que amar al sistema,
porque el sistema somos nosotros. El sistema es la comunidad. Identificarlo
como algo negativo y estar en contra es una posición suicida.
En relación con los piqueteros, comparto la antipatía
que les tienen todos. Sólo creo que no les guardan antipatía
algunos sectores progresistas que tienen una identificación
resentida con la sociedad, a la que se vinculan a través
de la perspectiva del fracaso. Por supuesto que los piqueteros expresan
una situación dramática o, al menos, se valen de ella
para justificar su existencia. Pero con ellos está pasando
lo que ocurre con las vacas en la India, que, como son animales
sagrados, si se les ocurre cruzar una calle y quedarse allí,
no las podés correr y tenés que esperar que se quieran
ir. Me parece que eso revela el sentido sagrado que tiene la pobreza
para nosotros: si aparece un pobre en medio de la calle, hay que
esperar que se le ocurra moverse para dejarte el paso libre. Es
como si toda la sociedad se estuviera poniendo a la altura de la
imposibilidad en vez de que los imposibilitados traten de ponerse
a la altura de las posibilidades.
-Cuarenta años después de formulada, se está
cumpliendo la profecía de McLuhan de que "el medio es
el mensaje". ¿Por qué los filósofos actuales
-Baudrillard, Lipovetsky, Sartori o usted mismo- hablan más
de los fenómenos mediáticos que del alma o de la conciencia?
-Eso deriva de la omnipresencia, de la cantidad y del consumo de
medios que hay hoy en día y cómo eso, de alguna manera,
estructura la circulación de los sentidos. En la lucha por
el poder siempre se han utilizado recursos para hacer correr ciertos
mensajes, pero no me parece para nada que haya que poner en el centro
de la atención de nuestro análisis el tema de los
medios por suponer que ciertas cosas pasan porque los medios las
han planteado. Me parece que los medios son expresión del
espíritu nacional, de ideas y problemas que andan por ahí,
pero también tienen sus limitaciones. Yo no creo en la hipótesis
de la manipulación. Un medio no puede hacer correr cualquier
mensaje. Necesita que haya un terreno fértil.
-Los políticos, ¿no se condicionan cada vez
más a las reglas que les impone, por ejemplo, la TV?
-No tengo la sensación de que los medios sean autónomos.
Creo que sigue primando la existencia de individuos que tienen ciertas
características y las comunican. No creo que su lugar esté
amenazado.
-En una época en la que casi de cualquier tema se
pueden decir tantas cosas en favor como en contra, ¿cuál
es el trabajo específico de un filósofo?
-El trabajo básico del pensamiento es sospechar de las cosas
y volverlas a mirar con otros ojos. Está implícito
en el eje del pensamiento tratar de volver a mirar las cosas como
si fuera por primera vez, darlas vueltas y encontrar que a veces
están mejor ubicadas en su negación que en su afirmación.
-¿Por qué usted cree que la participación
política es un espejismo progresista? ¿Propone quedarse
de brazos cruzados?
-La participación, que el progresismo tiene como una categoría
fundamental, merecería ser sospechada, porque me parece que
podría mejorarse. En vez de invocar a la participación,
yo convocaría a la invención. La participación
política, tal cual está dada, tiene una serie de mecanismos
muy dudosos y perfectamente establecidos que logran que la persona
inquieta termine por asesinar su inquietud. Me interesa trabajar
en la línea de la creatividad política.
-¿Voto obligatorio o voto voluntario?
-El voto voluntario es la expresión justa del voto calificado.
Nada "califica" mejor que tener ganas de ir a votar y
estar interesado en el tema. Si te interesa qué va a pasar
con el país, tu voto vale más que el voto del que
no le interesa el tema. El que quiere va a votar; el que no quiere,
no va.
-Pero hay gente que no iría porque tiene otras preocupaciones
más acuciantes: hambre, falta de trabajo, déficit
de educación...
-Hay que tratar, por cierto, de que esa gente mejore, pero, mientras
tanto, su opinión no es la que debería guiar al país.
-Los pobres no parecen haber guiado a ningún gobierno
en los últimos años.
-Yo sí creo que gobernó un cierto "pobrismo".
Las políticas de arriba fueron pensadas para reproducir pobres.
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