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¿Quién
tiene poder en Argentina?
Potencialmente todos. Todo ciudadano tiene poder excepto que lo
desconozca. Entender eso es el punto de partida necesario. Uno de
los problemas de la ciudadanía argentina es que se complace en desconocer
ese poder y adjudicárselo a otro, en ponerse en una situación pasiva.
¿Y por qué esta falta de compromiso?
Tenemos una conciencia crítica del poder: nos parece mal su sola
existencia. Es una concepción errada de la vida, una actitud excesivamente
moralista, que considera que lo bueno es la renuncia, la indignación
y la pasividad. Por lo general aquellos que asumen el poder, que
quieren ejercerlo, son vistos como inescrupulosos desde un sentido
moral. Con esas concepciones no se logra una sociedad muy participativa.
No se puede acusar a los fenómenos de poder tildándolos de tales
como si eso fuera un defecto, eso no es un defecto. El tema es qué
se hace con el poder.
¿Entonces una reconstrucción del compromiso debe empezar por
dejar de percibir el poder como algo negativo?
Sin duda. Es útil que un presidente tenga una gran ambición personal.
El mejor presidente es aquel cuya intención personal es ser reconocido
por la historia, tener logros que armen juego en el país de manera
nueva.
Eso en el plano de la voluntad, ¿y en el plano de la acción?
La ambición personal de los políticos tradicionales está relacionada
con la satisfacciones más toscas, más estúpidas, como tener más
plata o transformarse en hombres temidos, el jefe del grupo de estafadores
encubiertos. La política argentina parece divida en dos estilos.
De un lado hay fuerzas inescrupulosas que pueden trabajar perfectamente
con el poder a su favor y a veces generan efectos secundarios positivos
para el país, aunque esta no sea su preocupación principal. Del
otro, hay iniciativas que se definen por la negativa. La Alianza
se definió por estar en contra de Menem, lo que no basta para hacer
un gobierno. La izquierda argentina o los sectores progresistas
no saben tener o tratar con el poder; no saben querer, se dedican
a descalificar.
¿Por qué esta distancia del progresismo con el poder?
El progresismo es generalmente ignorante y reaccionario, está dominado
por una mala conciencia respecto de todo. Cree que la inteligencia
debe caracterizarse como crítica, escepticismo, resentimiento. Suponer
que una sociedad debería ser un lugar en el que las cosas no suceden
guiadas por la lucha del poder es no entender nada. Una sociedad
no puede no tener luchas internas: esa es su vida. Hay que participar
con alegría y buena conciencia, con objetivos interesantes que renueven
el panorama, con osadía y ganas de vivir.
¿La Alianza entra dentro de esta descripción?
Su presidente fue un personaje extrañísimo: llegó a ocupar una
posición de poder sin tener poder ninguno, sin saber ejercerlo,
el perfecto personaje digno e inútil que generan las ideas indignadas
y pasivas. Y Carlos "Chacho" Alvarez, en quien teníamos puestas
las esperanzas, tuvo un problema distinto: no supo hacerse cargo
del poder que anheló y consiguió. La lucha contra la corrupción
no es una lucha moral, es una lucha de poder y de inteligencias.
¿Cómo es eso?
Cuando debió dar batalla buscó cobijarse en el lugar meritorio
del que "no transó". No se trataba de transar sino de dar batalla,
el poder es lucha. ¿Por qué no salió a decir todo sobre el senado?
¿Por qué no puso más verdad sobre la mesa? Hubiera encontrado apoyo,
podría haber jugado buenas cartas. Hay quienes lo respetan porque
rechazó formar parte de ese juego, cuando debió haber intentado
algo. Su actitud es frustrante: gran despliegue para la crítica
pero una enorme pobreza a la hora de los bifes. Estos personajes
dignos prefieren la retaguardia negativa, no saben trabajar a favor.
¿El idealismo está retrocediendo en la sociedad?
Entiendo por idealismo una posición inútil, que se cree superior
pero no sabe tratar con las cosas. La crisis actual evidenció un
cambio positivo, ya que pese a la gravedad de la situación no hubo
asomo de lucha armada: el idealismo enloquecido de años atrás desapareció.
Es como si nos hubiésemos dado cuenta de que no se trata de "salir
a matar malos" sino de que hay que inventar algo. Es un paso. El
otro se está dando, de manera menos espectacular pero con firmeza:
desarrollar la capacidad de canalizar la frustración y la agresividad
por el lado de la creatividad y reconciliarnos con el poder de la
mano de iniciativas políticas más interesantes. Hacernos cargo de
las situaciones.
¿Es posible que surjan iniciativas políticas más interesantes
en el corto plazo?
No veo por qué no. La pregunta va dirigida a nosotros como protagonistas,
no como analistas políticos. ¿Por qué creer siempre que nuestro
lugar es el lugar pasivo del observador? Hoy en Argentina hay un
campo para muchas cosas. Tenemos más libertad de la que somos capaces
de usar. Hay demasiadas iniciativas que permanecen en el nivel simbólico
y aun allí cabría jugar con formulaciones más certeras, con consignas
más creativas, más psicodélicas, más cercanas a la realidad y más
generadoras de vida. Cuando todos decían "qué se vayan todos", yo
proponía por la radio una consigna más acotada y más realista: "no
votemos nunca más PJ o UCR". Si coincidimos en que los dos partidos
mayoritarios son un desastre, bueno, actuemos en consecuencia. Sin
caer en el ridículo voto en blanco, la típica expresión idealista,
indignada, que favorece a las fuerzas contra las que dice combatir.
¿Es posible que la gente deje de votar a los partidos tradicionales?
Hoy estamos condenados al PJ, y a la esperanza de que con algunas
de sus figuras pueden darse pasos interesantes: ¿alguien hubiera
esperado la positiva gestión de Lavagna meses atrás? Hablar en contra
de los políticos no debe impedirnos tener una lista de personas
que sirven. No todo es hielo en la ciudad.
¿Y la UCR?
La UCR tendría que decretar su muerte. Sería muy bueno para la
Argentina que una fuerza política, tras sucesivos e importantes
fracasos, acepte su fin.
¿Elisa Carrió, Luis Zamora?
Me dan un poco de miedo. Su discurso me suena conocido y poco atrayente.
Hoy en día, antes que Carrió o Zamora yo prefiero al PJ, tiene más
realismo. Pero no lo digo porque coma vidrio -el PJ es la patología
nacional-, sino porque creo que por más que nos despierten un rechazo
visceral, el enemigo no son los políticos, el enemigo somos nosotros.
El país se arma a través de nuestra forma de vivir y ese es el campo
de trabajo.
(Para conocer más sobre la interesante Revista Plan V, dirigida
por Luis Pico Estrada: www.planv.com)
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