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Asomarse al paisaje mental de Juan a través
de sus pinturas es hacer un viaje al pasado. Nos lo imaginamos niño
y desprotegido. No porque no tuviera una familia cariñosa
-que la tuvo y se le nota- sino porque las cosas están solitas,
porque las paredes son blandas y los postes si están derechos
sufren y si no se bandean desesperadamente. Seguro debió
sentir la angustia de los distintos, si bien pudo superarla y hacer
de ella el tipo particular de felicidad invitante que le vemos aflorar
en su forma de ser.
Podríamos postular que en su caso, siendo él mismo
una obra de arte, sus pinturas resultan secundarias, o que el objetivo
de toda su pintura es hacer de él un poco más Juan
Acosta de lo que era antes, pero no queda claro por qué pintar
lo ayuda en esa operación. Tal vez porque Juan es un artista
poli rubro (no corresponde decir polifacético porque él
es en sí mismo un antídoto contra todo snobismo) o
porque en sus noches de criatura insomne en vez de soñar
para adentro prefiere soñar para afuera.
Es una pintura a la que se le ve el mate y la galletita. No tiene
rastros de sustancias nocivas y lujuriosas. Se siente el pasto,
el baldío, el suburbio espiritual del que Juan proviene y
al que intenta conducirnos a todos. Juan es el chico raro de la
clase se dejó llevar, que hizo una vida de bardo sutil y
bienintencionado, y gracias a eso logró que su amor por las
imágenes pudiera expresarse con total ingenuidad.
Juan dice que él copia a los pintores que admira. El no
pinta cosas, él pinta pinturas, el encuentra a las cosas
en las pinturas de otros y las asimila como si fueran suyas, siente
que los otros pintores son sus amigos y lo invitan a pasar a sus
pinturas, de donde él se lleva imágenes para utilizar
en las suyas propias. ¿O será que en su misticismo
cariñoso logró realmente lo que otras vías
más densas de camino devocional encuentran tan difícil,
participar de la realidad divina a partir de estar contento? Puede
ser que por eso su pintura sea sencilla, porque el programa de su
crecimiento es el de regarse como un malvón, el de cebarse
en ronda de amigos, el de reflejar una soledad solucionada a la
que nos invita como a una solución a medida de todos.
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