|
Estimado Alexander
Aunque no te conozco me voy a permitir tratarte
informalmente, porque nosotros, los argentinos, es muy raro que
tratemos a alguien de Ud, y en todo caso el tipo de comunicación
que vamos a tener me parece que va a funcionar mejor si prescindimos
de las formalidades. Te cuento dos o tres cosas de mí, a ver si
puedo trascender la existencia textual y volverme un poco más real
a tus ojos. Me llamo igual que vos, Alejandro, y también al igual
que vos estoy iniciando el extraño camino de ser padre. Mi hijo,
Andrés, nació el 3 de Septiembre, y mientras te escribo está junto
a mí, en el piso, sobre una colchoneta llena de colores. Vivo en
Buenos Aires, cumplí ayer 43 años, soy filósofo y escritor, y estoy
casado con Ximena, una hermosa y muy amorosa mujer, que es psicóloga
y tiene 32 años.
He sido convocado por ikvader para escribirte
una serie de cartas sobre el tema de ser padre en la Argentina,
lo que creo que te puede interesar, ya que tu esposa Máxima es de
mi misma nacionalidad y que el cruce o suma de culturas que se da
de manera espontánea en una relación amorosa se facilita en la medida
en que cada uno de los cónyuges comprenda el universo cultural,
social y afectivo del cual el otro proviene. Siendo que están uds
por ser padres, ¿no sería interesante que tuvieras un amigo argentino
varón, de una generación cercana a la tuya, para que te exprese
su forma de ver las cosas y te cuente qué es lo que la parte argentina
de tu niño espera de su padre holandés?
Argentina, como ya sabrás perfectamente, es
un país conformado por gente venida desde muy distintos lugares
del mundo, de lo que no resulta una personalidad homogenea. Por
eso no puedo explicarte cómo se comporta el argentino, dado que
hay muchos tipos de personas y muchos estilos de crianza mezclados,
siendo el criterio propio de cada familia el que termina por dar
forma a lo que sucede en cada hogar.
No te voy a dar consejos, porque estoy apenas
unos meses más avanzado que vos en el camino de la paternidad, y
tampoco te voy a abrumar contándote demasiadas cosas. Pero
me gustaría que sepas para empezar una sola cosa, y es que es muy
frecuente que los hombres argentinos tengamos mucho contacto físico
con nuestros hijos, expresando el cariño de una manera directa a
través de una cercanía corporal. Según cuentan los que estudian
estas cosas, parece que es una buena manera para que los recién
llegados adquieran seguridad y confianza en sí mismos, para que
logren percibir el cuerpo familiar (y más tarde también el cuerpo
social) como una extensión del cuerpo materno del que han salido.
Será nuestra parte italiana, o nuestra parte judia, o nuestra parte
latina, lo cierto es que el cuerpo del padre suele ser para el hijo
recién nacido como una especie de refugio, de montaña viviente destinada
a darle solidez. La madre es para el bebé, sobre todo en el principio,
el centro del universo, pero el padre puede representar una zona
de “suburbios” tranquilos, firmes, confiables, y puede de esa forma
alentarlo a adquirir autonomía y consistencia propia más allá de
esa mamá amada. Esa misma voz y presencia paterna que ayuda y conforta
a la madre en las dificultades del embarazo y de los primeros momentos,
se prolonga luego en un horizonte de seguridad que el mismo bebé
siente como un alimento esencial. Un alimento que no le entra por
la boca, pero que lo envuelve, lo sostiene, lo contiene y lo forma.
Desde otro punto de vista también hay que decir que ese contacto
físico constante es una ocasión para que el amor increíble que se
siente por ese bebito propio vaya también creciendo al expresarse,
se vaya formando y desplegando de manera de lograr establecer una
corriente de comunicación fluída, lo cual será seguramente saludable
y motivo de felicidad en ambos involucrados. Cuando tengo a mi hijo
acostado sobre mí, o cuando lo abrazo e intento consolarlo, siento
que ese cuerpito mínimo y vulnerable me necesita, pero también que
yo lo necesito a él, que es un desprendimiento valiosísimo de mi
propia vida, y que me es imprescindible continuar ese abrazo de
manera de prestarle parte de mi fortaleza para ayudarlo a crecer.
Ese contacto físico es como una conjugación verbal, probablemente
una de las más fundamentales del lenguaje humano de los cuerpos:
un bebito y un adulto que se completan a través de espontáneos y
fortísimos lazos de un amor desconocido y surgido en un instante.
Su debilidad es un llamado a mi fuerza, un llamado para que esta
se haga presente y también para que termine de concretarse en estas
emociones nuevas.
Sé muy pocas cosas de vos y de Máxima, pero
todas van en un mismo sentido: que son gente sencilla, agradable,
con los pies en la tierra. Mi admiración por Holanda (en cuya hermosa
capital pasé unos días hace unos años) me hace suponer que el de
uds debe ser un hogar refinado y lleno de vida. Quiero decirte desde
ya que les deseo lo mejor, que el pimpollo (o pimpolla) por venir
sea una oportunidad para el florecimiento de los tres.
En unos días te escribo nuevamente. Un amistoso
y masculino abrazo, con el afecto de
Alejandro Rozitchner
|