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La presencia de la idea de integración
en la convocatoria de este Coloquio obedece seguramente al intento
de responder al actual fenómeno de exclusión social
-también aludido como marginalidad-, y a la necesidad
de limitar la costumbre nacional de desgastarnos en enfrentamientos
excesivos que no reconocen intereses comunes. Ambas formas de abordar
el término "integración" son valiosas y
apuntan a objetivos actuales, pero me propongo mirar al término
de desde otro punto de vista.
Voy a proponer observar a la integración no como la suma
o reconciliación de los sectores sociales sino como la oportunidad
de producir un efecto en cada uno de ellos. Voy a tratar a la integración
como a una operación del pensamiento y la sensibilidad, una
operación en la comprensión y en la gestión
concreta de la vida.
Algunas de las ideas que surgen desde este punto de vista. pueden
resultar extrañas. El rol del filósofo es precisamente
el de decir cosas raras pero interesantes, el de proponer miradas
que resulten fértiles a la hora de generar enfoques nuevos.
Las formas de pensar que solemos cultivar deben ser reexaminadas:
sabemos que no han logrado lo que queríamos. Una necesaria
conclusión sobre la experiencia intelectual de los años
pasados sería la de señalar la urgente necesidad de
volver a mirar, de producir descripciones nuevas de los fenómenos,
generar ideas que ordenen el campo de nuestros objetivos de manera
más eficiente.
Integrar el mal
a) Buenas intenciones
Quiero empezar señalando dos aspectos en relación
con la necesidad de integrar el mal. El primero de ellos plantea
el tema de las buenas intenciones. Podríamos comenzar a abordarlo
con la siguiente pregunta: si ha habido y hay buenas intenciones
por doquier, ¿por qué tantas cosas han salido mal?
Debemos superar una de las limitaciones de nuestro pensamiento,
la necesidad de situarnos constantemente en el campo de la benignidad
y lo políticamente correcto. ¿Por qué eso sería
una limitación? Es una moral de jardín de infantes.
En su ignorancia e inmadurez es una buena muestra de la falta de
integración. Es el resultado de planteos maniqueos para los
que el mal proviene siempre de las acciones de otro. Pero no sólo
es tosca esta moral desde el punto de vista de la incapacidad de
autoobservación, también lo es al condenarnos a representar
sólo uno de los aspectos de la vida, como si fuéramos
ositos cariñosos sobre los que el mundo proyectara sus problemas
y no tuviéramos nosotros también nuestras asperezas
o nuestros poderosos y no siempre respetuosos deseos.
Producir integración requiere integrar la personalidad,
salirnos del espontáneo rol de santos desde el que solemos
hablar para dejar a todos los demás en el rol de demonios.
Hay que eliminar las falsas figuras de santos y demonios. De otra
forma quedamos estrangulados por nuestras buenas intenciones, siendo
nosotros sus primeras víctimas, atados a un imposible rol
de pura bondad. Y lo peor: con ello perdemos el sostén real
para cualquier acción deseada (porque para ello es necesario
ser una persona y no un fantasma), perdemos la capacidad de pensar
profundamente. La posibilidad de reconocer los conflictos reales
en su densidad y complejidad legítima nos abandona.
La vida no es una emanación del bien puro, ni un fenómeno
esencialmente benigno. No puede ser sencillamente encausada a través
de buenas intenciones. Hay que integrar por lo tanto los datos de
un conocimiento más realista, integrar los límites
a lo posible.
b) Pensamiento crítico
El segundo de los aspectos que creo interesante abordar en relación
con la cuestión del mal es la del pensamiento crítico.
La perspectiva no integrada respecto del mal es la que aparece en
la idea de que la inteligencia es fundamentalmente pensamiento crítico.
La crítica es una de las partes o funciones del pensamiento,
pero no la más importante. La crítica, cuando ocupa
el lugar central de la conciencia, la anula. En contra de ese tipo
de lucidez al cual nosotros, argentinos, hemos apostado tanto, es
necesario crear otra versión del pensamiento, una que integre
el mal en vez de ponerlo fuera. La crítica, pareciendo ser
intolerante con el mal en realidad lo homenajea de manera constante,
y lo hace más poderoso.
Un pensamiento más integrado requiere que su movimiento
dominante sea el del entusiasmo y el deseo, que entienda que el
mal no puede no existir y que son más efectivos los pasos
parciales y creativos que la intolerancia hecha costumbre. La crítica
como forma de pensamiento genera una forma de vida poco integrada
e ignorante, pese a su apariencia de lucidez y sofisticación.
Integrar la pobreza
En una sociedad como la nuestra, en la que hay tanta mala conciencia
en relación con la riqueza, en la que por el contrario la
pobreza ha sido vista probablemente durante siglos como una prueba
del bien, es más que lógico que la producción
de riqueza se enfrente con una cantidad de obstáculos inimaginable.
Pero hay que hacer una aclaración: la pobreza no es un fracaso
en la producción de riqueza sino el resultado de una intencional
(aunque probablemente no advertida, o inconsciente) producción
de pobreza. La autoresponsabilidad nos pide ser capaces de pensarlo
de esta forma: así como cada individuo vive lo que es capaz
de generar para su propia vida y produce su felicidad o produce
su infelicidad (es decir, el padecimiento es también un producto,
un extraño logro), de la misma forma un país o una
sociedad genera su propia situación a través de sus
actos, de sus pensamientos, de sus valores y costumbres.
Argentina produce muchas cosas, y algunas muy valiosas, pero también
produce, de manera sorprendente y casi como un desafío a
toda comprensión, una enorme cantidad de pobreza e infelicidad,
al parecer una cantidad similar a las cosechas de soja que tan asombrados
y orgullosos nos tienen. Abordar a la pobreza como nuestra producción
es una manera de poder enfocarla con nuevos ojos, con ojos mucho
más capacitados para la posibilidad de desmontarla. Pensar
a la pobreza como una producción es una manera integrada
de considerar a la pobreza. Una forma no integrada es la forma habitual,
en la que se la considera meramente un fracaso en el camino de la
superación y las buenas intenciones. No es así, hay
un trabajo del mal, de nuestra cara oculta -oculta por no pensable,
por inaccesible a una conciencia meramente "buena", inaccesible
para una conciencia crítica- que a través de mecanismos
y valores que debemos aprender a desentrañar, desea
pobreza, siente que la pobreza es digna, siente un compromiso
con la vida pobre, caída, imposibilitada, ve al pobre con
bueno ojos, trata con sospecha y rechazo al que posee riqueza, y
por lo tanto produce pobreza.
Integrar el límite
Integrar la consideración realista de que los países
son fundamentalmente ingobernables, aceptar que la realidad debe
ser justamente caracterizada como algo que supera la racionalidad
de nuestros intentos de ordenarla, es paradógicamente volvernos
más perfectos como artistas de lo social. Aceptar el límite
inevitable, ser capaz de verdadero conocimiento y entender que la
justicia absoluta no es posible, que el estado perfecto de bienestar
no es una meta accesible, que la paz completa -en una sociedad o
en las relaciones de las sociedades entre sí, o incluso en
el individuo- no es más que una bonita aspiración
irrealizable implica integrar lo que solemos dejar afuera (la verdad)
y alcanzar un nivel superior en el camino de hacer diseño
de sociedades.
La verdad de la exhuberancia indomable de la vida no es una verdad
que deba necesariamente ser aceptada con resignación, como
una fatalidad que nos encierra. Por el contrario, esta verdad nos
libera. Libera para empezar las fuerzas reales de nuestro deseo.
Libera a las fuerzas sociales mismas, a las que también debemos
pensar como movidas por deseos específicos pero a las que
solemos abordar con una mirada que busca domarlas, buscando menos
entender qué son que decir cómo deberían ser,
proyectando sobre ellas la sombra permanente de una negatividad
que les pesa y les quita fuerza. Libera nuestro pensamiento y lo
dota de una verosimilitud nunca antes alcanzada, de la que puede
surgir con un brio nuevo la tan buscada creatividad. La creatividad
pensada en forma realista, dicho sea de paso, debe integrar su inexpurgable
cuota de destructividad, sin la cual no llega a ser posible jamás.
Integrar el logro
Hay que integrar también el bien, y ser capaces de entender
qué es lo que la sociedad argentina sí pudo y cuáles
han sido sus avances. La violencia política ha desaparecido.
En medio de una de las crisis más grandes de nuestra historia
a nadie se le ocurrió balear a un senador corrupto o asesinar
a un periodista crítico.
Lo que suele llamarse de manera crítica el individualismo
de nuestro momento histórico debería computarse como
un avance en el reconocimiento del escenario real de la vida concreta.
Somos individuos que deseamos nuestro bien personal y esto no es
un límite a la construcción de sociedad sino por el
contrario la base para la generación de riqueza, bienestar
y felicidad. Frente a aquella juventud que se jugaba la vida por
sus ideales y daba muerte y se daba muerte a sí misma creyendo
que hacerlo era una acción gloriosa, debemos preferir esta
juventud que enfrenta las dificultades de vivir con recursos más
artesanales y valiosos, que no está dispuesta a morir, que
prefiere jugar su vida en escenarios de vida y plenitud posible
y no a través de ideales de muerte y heroísmo. Nuestra
libertad espiritual, que podemos captar como libertad de prensa
pero que es en general libertad de expresión, de pensamiento,
de tolerancia mutua, es también un signo valiosísimo.
Se dirá que de todas estas circunstancias provienen innumerables
conflictos, que son realidades problemáticas. Es verdad que
es así, pero es aquí donde debemos aplicar también
el recurso mental de la integración: el conflicto es parte
y no defecto.
Integrar complejidad
La integración tiene que ver con la superación de
las antinomias, es cierto, pero no como ejercicio de buena voluntad
y tolerancia, sino como aumento de la complejidad de la mirada.
Para ejemplificar esto voy a usar una serie de casos, en los que
una opción es suplantada o superada por una conjunción
de partes. Para decirlo con claridad formal, en las frases en las
que dividimos las aguas con una "o", debemos sumarlas
con una "y". Ejemplos:
1) ¿Soy egoista o soy una persona que aporta valor a su
comunidad?
Soy egoista y soy una persona que aporta valor a su comunidad.
2) El peronismo, ¿es una especie de mafia o es un movimiento
de profunda raíz popular?, ¿podemos esperar de él
nuevos líderes capaces de una sorprendente maduración
o repetirá su acostumbrada creación de caudillos corruptos
y paternalistas?
El peronismo es una especie de mafia y un movimiento de profunda
raíz popular. Podemos esperar de él nuevos líderes
capaces de soprendentes maduraciones y la repetición de su
acostumbrada creación de caudillos corruptos y paternalistas.
3) Argentina, ¿debe su crisis a una incapacidad propia,
a su inmadurez profunda, a sus dificultades internas para la organización
productiva, o sus graves problemas se deben a la acción de
inescrupulosos intereses internacionales?
Argentina debe su crisis a su incapacidad propia, a su inmadurez
profunda, a sus dificultades para la organización productiva
y sus graves problemas también se deben a la acción
de inescrupulosos intereses internacionales.
4) Los ideales de la opinión pública, la forma quejosa
e ignorante en la que esta considera a la realidad política,
¿se deben a que prefiere no ver su responsabilidad o a que
es su forma tosca de aspirar a algo mejor?
Los ideales quejosos de la opinión pública tienen
su origen en que esta prefiere no ver ni pensar u responsabilidad
y esa es su forma tosca de aspirar a algo mejor.
Como se prueba en estos ejemplos, el uso de la suma de las opciones
enfrentadas suele entregarnos la imagen de una realidad más
verdadera, con su real ambivalencia, y si bien este tipo de planteos
por un lado agrega dificultad por otro nos entrega un mapa fiel
de la situación, frente al cual queda a nuestro cargo ser
capaces de trazar estrategias útiles.
Integrar al individuo
Es necesario integrar al individuo como núcleo fundamental
del movimiento de la realidad. Solemos hacerlo objeto de una visión
desangelada, considerándolo una instancia moralmente incorrecta.
Sólo parcialmente aceptamos esa figura de la existencia,
reclamando la primacía de figuras colectivas que resulten
más rápidamente benignas. El individuo es sospechoso
porque no resulta clara su utilidad, y sus modos fácilmente
son catalogados de egoistas. Constantemente le pedimos al individuo
su rendición, su renuncia en el altar del bien colectivo,
le pedimos que abdique, a través de imágenes de sacrificio
o deber, para reemplazarlo con el escenario de una sociedad de funcionalidad
perfecta. Pero lo cierto es que la fuerza social creativa e interesante
no es la clase, el sector, el grupo, es el individuo. Aun cuando
la clase, el sector, el polo social, sean modos de interacción
vital de valor estos deben ser siempre considerados como conjuntos
de individuos. Colocar a la solidaridad como valor principal es
falsear las condiciones de vida, y así no se genera sociedad.
La ley es más valiosa que la solidaridad. Es la ley la que
aglutina, y la exigencia, no las buenas intenciones. Una sociedad
no puede estructurarse en base a la contención de la naturaleza
individual del fenómeno humano, en base a la negación
de su motor básico, la ambición individual. El idealismo
no puede llegar a tanto.
Integrar la exigencia
Es necesario integrar la exigencia a la asistencia. Debemos pensar
un exigencialismo que acompañe al actual asistencialismo,
que si bien es una política humanitariamente comprensible
es también la semilla de futuras pobrezas. Hay que poder
ayudar pero hay que poder exigir. La exigencia, el deber, la ley,
son las verdaderas ayudas, o son al menos la pata faltante en la
ayuda tal como solemos espontaneamente concebirla.
Integrar la moral
Esto no quiere decir ponernos más morales que antes, intento
que solemos pronunciar con voces cada vez más serias y falseadas.
Quiere decir producir otra moral, abrirla a otras fuerzas, dejar
de declamar que los valores han muerto para entender cuál
es el camino actual de los mismos, en dónde está su
verdadera vida.
Es necesario suplantar a la moral de los derechos por una moral
del entusiasmo y la acción. La moral de los derechos, que
parte del principio de que todos debemos conocer nuestros derechos
y hacerlos respetar es una moral falsa. El derecho es sólo
una demostración de buenas intenciones si no está
sostenido por un poder en su base. No se trata de producir derechos,
formulaciones formales, se trata de producir fuerza, poder, algo
que sostenga aquello que enunciamos débilmente como derechos.
La moral de los derechos (crítica, frustrada, llena de buenas
intenciones y con la boca cargada de reproches) debe ser superada
por una moral de las ganas de vivir, de la afirmación de
lo posible, que incluso afirma de manera más eficaz los mismos
derechos sin quedar fijada en aludirlos de manera maníaca.
Los derechos dan lugar a una actitud del tipo "a mí
me tienen que dar lo que me corresponde". En su lugar es urgente
colocar una moral de responsabilidad y generación de recursos,
de esfuerzo y trabajo, de afán de logro y ambición
cargada de buena conciencia.
Integrar los conflictos
Para finalizar quiero decir lo siguiente: es importante que reconozcamos
que la sociedad argentina está viva. No pese a los
conflictos que vive, sino en ellos. La exhuberancia de la vida se
manifiesta como producción de formas siempre conflictivas,
y en ese constante brotar salvaje de formas indomables tenemos la
fuente de la vitalidad de la cual debemos servirnos para el difícil
trabajo de diseño de experiencias e iniciativas.
Muchas gracias, buenas noches.
Alejandro Rozitchner
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