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I
¿Son cargadas telefónicas? Es otro experimento.
Después de tanto encarnizamiento y tanto arte no permanece inalterable
el artificio formal de la cargada, se transforma en otra cosa. ¿Qué
busca Tarufeti?
Uno de los elementos centrales es el problema
de la sumisión. El tantea el límite al cual el otro es capaz de
llegar sin rebelarse. Lo que más llama la atención en las primeras
escuchadas es que la gente se enganche tanto, es decir, que planteada
una situación en la que le ponen el pie en la cabeza no haya rebelión.
El caso más dramático de esto es el "asuma". Si el interpelado se
rebela entonces el diálogo entra en otra variante, la agresión primera
es derivada hacia el absurdo. El agredido es un boludo si no se
da cuenta de que Tarufeti rompe las reglas de la agresividad. Tarufeti
no se enoja, actúa su rol de agresivo con comodidad, primero putea
hasta llegar a provocar en el otro la violencia y una vez allí se
desmarca y responde con el absurdo, "¿de parte de quién?", pregunta,
después que le han dicho alguna barbaridad.
En el caso de la masofilaxia el elemento disparador
es el nombre del servicio. Después: "¿coger es un servicio?", Tarufeti
tantea, haciéndose el puto viejo, la familiaridad que el que atiende
tiene con estas situaciones, buscando probar si lo que dice "pasa"
o no, si el personaje que representa entra dentro que lo que para
el otro es posible o no. Y fuerza un poco la situación: "uno no
va a ir a poner el orto en cualquier parte". El personaje que pone
en escena es el de un profesor de secundaria quisquilloso, indignado,
cargado de respeto. Es un profesor o un celador que se psicotizó
y en vez de escudarse en un rol dentro de la institución educativa
asumió el peso de la realidad sobre sus hombros, como un superhéroe
desquiciado. Es muy revelador respecto del ambiente porteño el hecho
de que el personaje pase por verosímil siendo tan cagador.
Con los japoneses usa una variante infantil
del absurdo. "En Belgrano, agarrámela con la mano". Es gracioso
ver cómo la conversación se mantiene pese a la ausencia de sentido.
Ver cómo quien no habla bien el idioma pasa completamente por alto
esos elementos que no alcanza a comprender.
Otra de las cosas que hay en esta experiencia
es que Tarufeti propone como objeto nada habitual, una conversación
telefónica grabada. Está claro que el centro de la atención es la
cargada o el conflicto, pero también puede pensarse que el género
supera al caso, y que el arte así iniciado admite otras variantes,
como las admite la poesía que puede ser tanto épica como romántica.
Podrían también proponerse falsos romances, amistades instantáneas:
"no me corte, me siento solo". Siempre está en juego la actuación,
el engaño, pero incluso podrían darse variantes no burlonas.
Llama muchas veces haciéndose pasar por cliente,
razón que refuerza, en base al interés que quien atiende tiene por
vender lo suyo, la tolerancia de la que es objeto. Tarufeti hace
una exploración de la tolerancia.
¿Cómo está presente en el diálogo la tercera
persona, múltiple en este caso, el "público"? Tarufeti habla a dos
puntas: al tipo concreto que le responde en la línea y al que escucha,
voyeur como él, la grabación, su cómplice, nosotros. Hay tanta complejidad
en la situación que plantea que no es posible resumirla en una sila
mirada.
Listas para desarrollar:
Listas de efectos de la audición de Tarufeti:
te
contagia una facilidad muy expresiva de la puteada
te
da una onda de diversión ligera que puede tener una faceta
ligada
a la crueldad, pero que también tiene un carácter muy
liberador
que ayuda a desembarazarse de cosas pendientes,
poner
límites rápidamente y pasar a otra cosa. En la inmediatez
aparece
la fuerza de esta puteada que nos hace posible prescindir
de
todo y también de nosotros mismos, actuar sin tantas
consideraciones.
Lista de características del tono de Tarufeti:
Uno
puede decir cosas inverosímiles de sí mismo. Lo que ciega a los
otros son las cosas que él dice de sí mismo, que se auto basuree
sin problemas, que acepte ser puto, pelotudo, raro y estúpido. Eso
desconcierta enormemente, porque invierte el sentido de descarga
de la puteada del otro y lo anula.
Escenas arquetípicas del imaginario de Tarufeti:
la
caca, el cagado, la "inundación de soretes"
Habla despacio, con mucha calma, tiene perfectamente
agarrado el ritmo del tono real, es un supermentiroso. Todos los
supermentirosos causan fascinación. ¿Por eso gustan los actores?
¿Y las histéricas? Los actores gustan porque uno ve, puesto en escena,
un drama que no puede ver nunca en lo real sin participar, y que
allí está expuesto para la observación.
Tarufeti es amado porque hace cómplice al que
escucha la grabación de una aventura extraordinaria. Es la mirada
de un chico, también, que se satisface de participar del mundo de
los grandes haciendo el papel de uno de ellos, pero fallado. Lo
que fascina y hace amar a Tarufeti es ese primer acto de amor de
él hacia nosotros, el de hacernos participar de su transgresión,
de su atroz diversión.
Después hay que tener en cuenta el placer de
lo atroz, el placer de la crueldad, una crueldad tan finamente ejercida,
tan artística. Es tal su arte que lima y evita el efecto de sordidez
que tienen, por ejemplo, las grabaciones de Dany Martin. Se ve al
conocerlo, no parece malvado ni cagador, es alguien que se mueve
en una zona extraña. Uno se muere por saber quién hay en él, qué
persona es la que produce esos momentos, ese personaje. Tal como
pasa con los artistas que emocionan.
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