NOTAS PARA TRATAR DE ENTENDER A TARUFETI -O

TANGALANGA- (1986)

 

Tangalanga

 

Este texto fue escrito hace ya mucho tiempo, cuando aun no habían sido editado los cds de Tangalanga, y debe su origen a la fascinación total que producían las grabaciones en el grupo de amigos que las escuchábamos decenas de veces. Alguna de las ideas del texto que siguen fueron citadas en el prólogo de alguno de los libros que hace también muchos años publicó Planeta con los textos de las llamadas del artista. No es una comprensión completa del fenómeno abordado, son apenas unas notas para el muy interesante trabajo de análisis que semejante obra merece.

Hacé click aquí para escuchar un audio de Tarufeti

 

 

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I

¿Son cargadas telefónicas? Es otro experimento. Después de tanto encarnizamiento y tanto arte no permanece inalterable el artificio formal de la cargada, se transforma en otra cosa. ¿Qué busca Tarufeti?

Uno de los elementos centrales es el problema de la sumisión. El tantea el límite al cual el otro es capaz de llegar sin rebelarse. Lo que más llama la atención en las primeras escuchadas es que la gente se enganche tanto, es decir, que planteada una situación en la que le ponen el pie en la cabeza no haya rebelión. El caso más dramático de esto es el "asuma". Si el interpelado se rebela entonces el diálogo entra en otra variante, la agresión primera es derivada hacia el absurdo. El agredido es un boludo si no se da cuenta de que Tarufeti rompe las reglas de la agresividad. Tarufeti no se enoja, actúa su rol de agresivo con comodidad, primero putea hasta llegar a provocar en el otro la violencia y una vez allí se desmarca y responde con el absurdo, "¿de parte de quién?", pregunta, después que le han dicho alguna barbaridad.

En el caso de la masofilaxia el elemento disparador es el nombre del servicio. Después: "¿coger es un servicio?", Tarufeti tantea, haciéndose el puto viejo, la familiaridad que el que atiende tiene con estas situaciones, buscando probar si lo que dice "pasa" o no, si el personaje que representa entra dentro que lo que para el otro es posible o no. Y fuerza un poco la situación: "uno no va a ir a poner el orto en cualquier parte". El personaje que pone en escena es el de un profesor de secundaria quisquilloso, indignado, cargado de respeto. Es un profesor o un celador que se psicotizó y en vez de escudarse en un rol dentro de la institución educativa asumió el peso de la realidad sobre sus hombros, como un superhéroe desquiciado. Es muy revelador respecto del ambiente porteño el hecho de que el personaje pase por verosímil siendo tan cagador.

Con los japoneses usa una variante infantil del absurdo. "En Belgrano, agarrámela con la mano". Es gracioso ver cómo la conversación se mantiene pese a la ausencia de sentido. Ver cómo quien no habla bien el idioma pasa completamente por alto esos elementos que no alcanza a comprender.

Otra de las cosas que hay en esta experiencia es que Tarufeti propone como objeto nada habitual, una conversación telefónica grabada. Está claro que el centro de la atención es la cargada o el conflicto, pero también puede pensarse que el género supera al caso, y que el arte así iniciado admite otras variantes, como las admite la poesía que puede ser tanto épica como romántica. Podrían también proponerse falsos romances, amistades instantáneas: "no me corte, me siento solo". Siempre está en juego la actuación, el engaño, pero incluso podrían darse variantes no burlonas.

Llama muchas veces haciéndose pasar por cliente, razón que refuerza, en base al interés que quien atiende tiene por vender lo suyo, la tolerancia de la que es objeto. Tarufeti hace una exploración de la tolerancia.

¿Cómo está presente en el diálogo la tercera persona, múltiple en este caso, el "público"? Tarufeti habla a dos puntas: al tipo concreto que le responde en la línea y al que escucha, voyeur como él, la grabación, su cómplice, nosotros. Hay tanta complejidad en la situación que plantea que no es posible resumirla en una sila mirada.

Listas para desarrollar:

Listas de efectos de la audición de Tarufeti:

te contagia una facilidad muy expresiva de la puteada

te da una onda de diversión ligera que puede tener una faceta
ligada a la crueldad, pero que también tiene un carácter muy
liberador que ayuda a desembarazarse de cosas pendientes,
poner límites rápidamente y pasar a otra cosa. En la inmediatez
aparece la fuerza de esta puteada que nos hace posible prescindir
de todo y también de nosotros mismos, actuar sin tantas
consideraciones.

Lista de características del tono de Tarufeti:

Uno puede decir cosas inverosímiles de sí mismo. Lo que ciega a los otros son las cosas que él dice de sí mismo, que se auto basuree sin problemas, que acepte ser puto, pelotudo, raro y estúpido. Eso desconcierta enormemente, porque invierte el sentido de descarga de la puteada del otro y lo anula.

Escenas arquetípicas del imaginario de Tarufeti:

la caca, el cagado, la "inundación de soretes"

Habla despacio, con mucha calma, tiene perfectamente agarrado el ritmo del tono real, es un supermentiroso. Todos los supermentirosos causan fascinación. ¿Por eso gustan los actores? ¿Y las histéricas? Los actores gustan porque uno ve, puesto en escena, un drama que no puede ver nunca en lo real sin participar, y que allí está expuesto para la observación.

Tarufeti es amado porque hace cómplice al que escucha la grabación de una aventura extraordinaria. Es la mirada de un chico, también, que se satisface de participar del mundo de los grandes haciendo el papel de uno de ellos, pero fallado. Lo que fascina y hace amar a Tarufeti es ese primer acto de amor de él hacia nosotros, el de hacernos participar de su transgresión, de su atroz diversión.

Después hay que tener en cuenta el placer de lo atroz, el placer de la crueldad, una crueldad tan finamente ejercida, tan artística. Es tal su arte que lima y evita el efecto de sordidez que tienen, por ejemplo, las grabaciones de Dany Martin. Se ve al conocerlo, no parece malvado ni cagador, es alguien que se mueve en una zona extraña. Uno se muere por saber quién hay en él, qué persona es la que produce esos momentos, ese personaje. Tal como pasa con los artistas que emocionan.

 

 

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II

En cierta forma ese mayor ir al choque que ha desarrollado últimamente Tarufeti es un perfeccionamiento o un desnudamiento de su arte. La prueba es increpar al otro para ver su reacción. Ver si se deja maltratar o si reacciona. No creo que se trate de una competencia, como parecen sentir algunos cuando dicen por ejemplo que el fisicoculturista "lo cagó". El juego es ver cómo el otro se enreda en justificarse, en no sacarse de encima a un tipo que llama para joder.

El tema de la verosimilitud es así: cuanto más tarda el otro en descalificar a Tarufeti, es decir, en darse cuenta de que la intención del tipo no está centrada en lo que dice explícitamente sino en burlarse de él, más pelotudo será. Tarufeti arriesga, sube el tono, se pone muy inverosímil, y el otro sigue, sin darse cuenta. Ahí lo que se descubre es lo pelotuda que es la escucha habitual, la manera sumisa en la que acepta todo. La verosimilitud se pone en duda alrededor de lo sexual, de la caca, de la violencia de los insultos, de la introducción de palabras o hechos inexistentes.

El arte de su simulación es el de parecer un porteño perfectamente convencional, un señor algo mayor, que vacila pero habla con corrección y parece estar bien intencionado. El ritmo tranquilo, impávido, de sus palabras, reproduce a la perfección el tono normal de quien se expresa y piensa al mismo tiempo lo que va diciendo. No hay modo de sospechar que el que habla no es una persona sino un personaje, de que no es lo explícito lo que guía el diálogo.

Busca el choque, Tarufeti, se pone en la posición contraria a la de su interlocutor cualquiera sea esta. Cambia incluso de posición en medio de la conversación, sin que el otro lo note.

Se ve sobre qué poco descansa la autoridad, una voz masculina que increpa hace retroceder a muchos, aunque se plantee desde el absurdo.

Están también los que responden, los que buscan responder a la violencia con violencia, y en ese caso Tarufeti, que jamás se calienta, se complace en hacer subir el voltaje del otro. Allí el juego es ya sacarlo completamente de sí. Las puteadas que se le dirigen son triunfos, lo benefician, lo riegan. El juego va variando según la conversación tome un rumbo u otro.

El tipo de referencias circunstanciales, "un primo hermano mio que vive en Bahía Blanca", son rasgos que crean un efecto de verdad muy convincente. En esas líneas se escribe la "poesía" de Tarufeti, la de crear verosimilitud y un mundo corriente, para su intención solapada.

Tarufeti corre a todo el mundo por el lado de la decencia, pero con una inmoralidad tal que contradice su supuesta intención. Otra de las variantes por las que Tarufeti viola el límite de lo creíble es la de la homosexualidad. El personaje que representa reúne las características de una gran moral, por su voz de señor mayor, por su vocabulario, por sus valores ("Ud está en un país en el que todo el mundo tiene que leer los diarios", "los chicos no tienen que ver películas de sexo"), pero en su defensa de la moral es capaz de ser el más amoral de todos.

Otra de las variantes en las que su talento se aplica es en la elección de los nombres. Nombres arquetípicos, personajes de la porteñez mítica.

Los primeros "mierda" o "carajo" que desliza en el diálogo son generalmente dichos sin ningún apasionamiento, anzuelos a la pesca del otro. Si el otro no dice nada es un sometido, y la apuesta se redobla, y si dice algo es conducido a un terreno cada vez más inestable en el que todo cambia de signo con la velocidad del rayo. Muchos no perciben el lugar en el que están parados, no se dan cuenta, increíblemente, de que Tarufeti está representando. ¿Tal vez porque ellos también hacen un papel, porque representan sin solidez el papel de un ser hecho cuando son apenas una apariencia de tal?

El panorama de Tarufeti: galería de personas fuera de sí, con una falsa moral, que confrontada con la inmoralidad de Tarufeti no se diferencia.

Otro ítem: el cuerpo en la obra de Tarufeti. Rodillas que se dan vuelta, rengos de rodilla, pijas muy importantes.

 

 

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III

La voz de un señor mayor, de un señor muy respetable, que dice las palabras muy cargadas, de manera muy sensual y muy espesa. Esa voz es la carta principal el lo que se refiere a la composición de una escena verosímil. La otra es el uso de determinaciones muy precisas, que alejan toda posible sospecha.

Atender el teléfono y encontrarse con esa voz es una situación muy sugestiva. Uno piensa en otra cosa, él señala muy hábilmente una realidad y el interpelado se coloca en ella sin sombra de duda.

El primer problema, el problema moral, ¿voy a hacerme yo como oyente cómplice de esta maldad, voy a divertirme viendo como cagan a otro? Hay muchas maneras de verlo. Uno puede decir que en realidad es una actitud justiciera, que Tarufeti sólo llama a quién se lo merece, pero no es cierto. Este argumento suena a intento de disminuir el problema al ubicar a Tarufeti en el lugar del bien, como si fuera un vengador anónimo. Esto es simplista e hipócrita. No porque su lugar sea el contrario, el del mal, sino porque la aventura no es comprensible en términos morales. Tarufeti no es bueno ni malo, es un artista, un talento para provocar un fenómeno que atrapa, fascina y divierte a la mayor parte de las personas que escuchan sus casettes.

De todas formas, si en algún terreno moral hay que ubicarlo es sin duda en el del mal. Y no porque él le haga mal a la gente. Aun el más sacado en el transcurso de una puteada violenta lo único que hizo fue identificar un enemigo y desahogarse un poco.

En esas coordenadas en las que está planteado un diálogo de Tarufeti registra una comunicación establecida fuera del código de comunicación convencional. ¿Cuál es la importancia de esto? No que la forma convencional sea puesta en evidencia como hipócrita, sino que presenciamos un contacto tan íntimo como un contacto amoroso o sexual. Las conversaciones de Tarufeti despiertan el interés que despierta toda intimidad descubierta, y la posibilidad de ver lo que no se suele ver.

¡El aspecto educativo! Conozco mucho más Buenos Aires y lo que es ser una persona desde que escucho a Tarufeti, percibo un matiz y un valor en las palabras de las conversaciones telefónicas y en general en todo diálogo con otra persona completamente nuevo desde que escucho a Tarufeti. Ese matiz es también una cualidad a ejercer, una cosa que puedo usar, una manera de oír al otro y de saber de él a través de la manera en que habla.

Esto tiene que ver con que después de escuchar muchas veces conversaciones grabadas reales y muy expresivas esa misma experiencia produce como efecto una percepción completamente distinta, más trabajada, de lo que es una conversación y una voz que habla.

Tarufeti es, desde todo punto de vista, un fascinado por la conversación, que se divierte en ella y la produce entonces como objeto separado, como objeto de una experiencia completamente nueva.

Es cierto que otros que escuchan conversaciones grabadas son los que intervienen un teléfono, o los actores, la gente de tv y cine, que tiene que escuchar una misma escena cientos de veces.

Lo que sorprende es que es un señor serio que es a la vez un Jaimito exagerado. Jaimito 50 años después. El efecto fascinador es el de "uno en otro". El niño que es un genio, la sirvienta que se vuelve millonaria, el sapo que es un príncipe, el señor serio que es en realidad un nene tramposo. Este mecanismo de metamorfosis es clave en el sentido literario.

 

 

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