CONFERENCIA EN LA YOUNG PRESIDENTS ORGANIZATION

 

 

La organización llamada YPO (Young Presidents Organization, cuyo slogan es “mejores líderes a través de la educación y el intercambio de ideas”) me invitó a dar una conferencia. Su título fue “El entusiasmo como guía existencial”. En este texto se reproduce un fragmento de las preguntas que me hicieron tras mi exposición.

Tangalanga

 

¿El entusiasmo se divide en dos categorías, como entusiasmo positivo y negativo?

No lo sé, pero tomemos a tu pregunta como la proposición de que hay un entusiasmo positivo y un entusiasmo negativo. Si queremos desarollar la idea podríamos decir por ejemplo que la angustia es un entusiasmo negativo. Así, hay una producción de angustia, muchas veces intencional aunque inconsciente, en relación con determinados temas, precisamente para no poder avanzar en ellos.
“Yo me angustio mucho si encontré el amor de mi vida porque, como estoy de novio con una mujer que en realidad no me apasiona y a la que tendría que dejar, siento que ese entusiasmo por el nuevo amor es pecaminoso o indebido. Entonces, la angustia me frena de dar el paso de la consecución de mi entusiasmo.” Eso sería una pasión inútil, digamos, un entusiasmo negativo. Entusiasmo que se transforma en positivo si por el contrario me decido a seguir mi querer y deshacer el noviazgo para avanzar en la nueva relación.
Por otro lado, en el tema social, por ejemplo, podría pensarse la idea de que el entusiasmo político es un fenómeno nefasto, que conduce a la exaltación de las masas, que es un fenómeno no deseable. Y allí podríamos preguntarnos, ¿existe un entusiasmo político positivo, vital, productivo? Si no existe habría que inventarlo.
Otros entusiasmos negativos que podemos pensar serían los del vicio, una adicción, por ejemplo.

Así, puede pensarse que el entusiasmo es un medio, un recurso. Lo bueno o lo malo es el fin o el ideal al que lleguemos.

A mí me parece que, precisamente, lo importante del entusiasmo es que es un fin en sí mismo, es decir, que es el entusiasmo mismo el que te da la felicidad, no que ella deriva del fin al que el entusiasmo se dirige.
El otro punto que yo tomaría de dicha noción es que el entusiasmo, efectivamente, no garantiza de ninguna manera la realización del bien. Es por eso que podemos decir que el entusiasmo no es moral. Si nosotros nos centramos de una manera demasiado obsesiva en el tema del bien no podemos ni vivir ni pensar. Porque cada cosa que pensemos va a tener que cumplir con el requisito de ser útil y buena, y cada cosa que vivamos va a tener también que ser útil y buena, y todos sabemos que la vida no es así.
Muchas veces el bien requiere cierto uso del mal para producirse, especialmente en términos políticos. Una adecuada organización política requiere una administración del mal y no una negación del mismo. A mí me parece que la negación del mal nos lleva precisamente a gobiernos excesivamente racionales, fascismos o comunismos, en donde se supone que ideas racionales deben dominar el plan general de la sociedad. En esas teorías el mal no debe existir, pero al mismo tiempo se producen unas cantidades de mal superlativas. Nunca se produce tanto mal como cuando no se acepta que el mal existe.
Por el contrario, si uno acepta la relatividad propia de la existencia y sabe que en la vida uno va a tener que tolerar ciertas cantidades de mal y ciertas cantidades de bien, paradójicamente se termina por dar lugar a experiencias mucho más positivas que si uno se pone intransigente.
Yo no creo que el problema de la Argentina, por ejemplo, sea que somos demasiado tolerantes con el mal. Por el contrario, yo creo que somos demasiado idealistas, que somos poco capaces de entender cómo es la realidad.

De todas maneras, da la sensación de que el estar paralizado por la máscara de ser bueno, impidiera el estar entusiasmado.

Efectivamente, si uno se ubica en una posición muy moral, está poniendo una barrera en contra del entusiasmo. Uno tiene que ser un poco más flexible moralmente, tiene que relativizar, o bien refinar, los valores, para ser capaz de entusiasmarse. El entusiasmo, en este sentido, es una emanación del deseo personal; y el deseo personal no es la realización del deber en la Tierra.

¿El entusiasmo es intrínseco o tiene que ver con el contexto?

Las dos cosas. Hasta tal punto no nos podemos delegar del contexto, que no hace falta siquiera recuperarlo por vía de consciencia. Es decir, a mí lo que me molesta un poco de la teoría de la memoria es que yo creo que la historia está presente en nosotros de una manera inexorable y está presente en nuestro deseo actual. Entonces, no es necesario recuperarla como un hecho de consciencia.
Si hoy en día nosotros tenemos ciertos deseos, en ellos está presente nuestra historia. Por lo tanto, me parece que recuperar la historia por vía racional y de consciencia es obturar el trabajo de esos deseos presentes que la incluyen y transforman, que la continuan y la hacen ser.
De esta manera, creo que en la sociedad argentina no es útil volver a reflotar temas que de alguna manera han sido elaborados durante 20 años de democracia, como si no hubiera pasado nada, bajo el pretexto de que es importante la memoria, cuando en realidad más bien se trata con ese recuerdo de recrear una situación conflictiva y de reproducir el temor y el horror.
Es decir, a mí la idea del supremo valor de la memoria no me parece aceptable, la historia está presente en el deseo. De la misma manera que si uno es una persona buena o positiva no tiene necesidad de hacerse el bueno todo el tiempo, vale más olvidarse un poco de los temas morales y avanzar en la vida, y eso va a ser mucho más productivo, más interesante, que hacer hincapié en los valores como tema y preocupación explícita.
Es más, yo creo que quienes más hacen hincapié en los valores son precisamente los más dudosos moralmente. El individuo moralmente seguro no está hablando del tema de los valores todo el tiempo. ¿Quiénes son los que dicen “los valores, los valores, los valores”? No son los sectores más benignos, más positivos.

¿Esto no deriva en una posición muy individualista?

Sí. Pero el individualismo bien pensado no es un defecto sino una virtud, un aporte necesario al mundo social.

¿Cómo se logra con el entusiasmo el bien común si cada uno se entusiasma con algo que se propone por su lado y para seguir ese entusiasmo debe dejar de lado los valores que supuestamente tiene?

Yo planteo todo lo contrario. Con el entusiasmo encarnás dichos valores. Justamente, yo creo que lo que necesita una sociedad no es que el individuo se olvide de sí mismo para plegarse al trabajo comunitario, sino que la comunidad se realiza precisamente cuando el individuo se afirma a sí mismo.
Así, considero que encarnás los valores de una manera más profunda cuando no te dejás de lado. Y vos fijate qué interesante que es precisamente el ejemplo de las parejas. Cuando uno es un ser deseante es cuando logra un contacto mayor con otra persona. Es decir, uno no se pone de novio o se casa por hacerle un bien al otro, o porque la sociedad necesita a la familia. Uno se casa porque está entusiasmado, ligado amorosamente a ese otro ser. Es decir, yo creo que el encuentro social es el encuentro en el deseo, no es el encuentro dejando de lado en el deseo.

Podemos trabajar con dos esquemas. Un esquema es el de una sociedad racional, en donde los sujetos limitan su capacidad de entusiasmo y de deseo en pos del bien común, suponiendo que el bien común se produce por límite del deseo personal. Entonces, en vez de que haya libre competencia, tratás de regular todo con una noción de un Estado fuerte, de manera tal que todo esté controlado por la racionalización del bien encarnada en el estado.
Eso produce fascismo, comunismo o economías muy controladas que generan pobreza. Yo creo que, por el contrario, si uno alienta la producción del individuo, si uno deja que el individuo desee y se entusiasme libremente, eso genera lazos sociales mucho más sólidos y genera riqueza en la sociedad. Yo creo que estamos acostumbrados a pensarlo mal, a creer que nuestro aporte a la sociedad tiene que ver con negarnos a nosotros mismos. Por el contrario, considero que el aporte del individuo a la sociedad es precisamente afirmarse de una manera tajante. Alguien podría decir, “bueno, pero entonces agarro una ametralladora y salgo a la calle a matar”. Pero, ¿es ese su deseo? No. Se trata de falsos ejemplos.

 

 

 

 

 

 

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