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1996 - La Maga

¡Quérrrrrmossso!

Hay momentos, muchos, en los que un sujeto puede sentir que el mundo está lleno de belleza. Esta percepción no tiene que ver de manera directa con algún aspecto hermoso de la realidad -¡que herrrrmoosssso!, como dice Urdapilleta- sino con una cierta ubicación respecto de las cosas. Pleno, descansado, contento, simplemente tranquilo, el sujeto puede encontrar belleza en la suciedad de la calle Corrientes, en la música fea que sale de alguna disquería, en vestir su ropa cómoda y gastada, en la variedad que alcanza a percibir en el amuchamiento del subte o en el viento que lo despeina al salir por fin a la calle, ¿estará por llover? La felicidad de estar vivo. Mirá, hay árboles, palomas, ¡este kiosco está lleno de revistas y de colores!

En otra época esta vivencia de una felicidad inmediata, sencilla, parecía ser un indicio de estupidez. Por un juego excesivo de contrastes no parecía legítimo sentir un bienestar tan nítido y natural en un mundo plagado de injusticias. Fontova señaló el problema con su famoso verso a pesar de todo me siento bien. Aun hoy muchas conciencias abandonan este tipo de plenitudes posibles como desviaciones pequeñoburguesas -tal vez ahora se lo dice con otras palabras-, o bien no se animan a indagarlas. Porque si bien conocemos todos momentos de súbita y accesible felicidad lo cierto es que como buscamos otra cosa, superior, mejor, más sólida y completa, no nos adentramos en ese campo de sensibilidad lo suficiente como para considerarlo origen de sentido.

Todo esto para decir, simplemente, y sin dar paso a un sencillismo simplote: la conexión con la belleza de lo dado no sólo es legítima sino que se vuelve imprescindible en el trabajo del sentido, sea este un trabajo filosófico o simplemente existencial. La belleza no se muestra sólo a partir de la cualidad de dar forma a las cosas para que se adapten a lo que se pretende de ellas -lo cual ocurre en el valioso paso a la acción- sino también en la propia capacidad de sentir cualidades dadas en el mundo a cada paso.

¿Y a qué viene el asunto de la belleza? ¿Qué hay de filosófico en este planteo? Lo interesante es reconocer en el campo individual de la plenitud posible un impulso perfectamente legítimo para dar forma al camino del pensamiento. Más que legítimo, indispensable. Aprender filosofía es también educar la sensibilidad para que esta viva libremente su gusto por el mundo. Creo.

 

 

 

 
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