¿Dudar o no dudar?
La conducta mental del filósofo puede describirse como una obsesión,
como una constante recaída en la reflexión abstracta, como una debilidad
por el planteo y replanteo de cuestiones pendientes. Esa mente o conciencia
que tiene el tic de apartarse y sobrevolar, de reconsiderar los hechos
siempre desde otra perspectiva -es más, que tiene el deseo constante
de nuevas perspectivas-, piensa no porque haya elegido hacerlo sino
porque pensar le sucede, y la costumbre de rumiar el mundo puede tanto
ser sentida como una felicidad o como una maldición. La mayor parte de
las veces es ambas cosas: el placer de ordenar y encontrar puntos de apoyo
y el susto -o terror- de saberse hasta tal punto caótico y variable, sostenido
por nada.
Si lo dicho parece verosímil, habrá que admitir entonces que una cierta
incredulidad respecto del valor de la filosofía resulta más acorde con
el sentido de su propia conducta que una actitud excesivamente confiada
y fanática. La filosofía no es el campo de un saber nítido y limpio, del
que puedan esperarse resultados listos para ser utilizados por la comunidad,
sino un cálculo constante que se acecha a sí mismo haciendo difícil el
acceso al mundo concreto. Tal vez la dificultad de establecer una relación
clara entre el mundo y la filosofía tenga que ver con este problema rítmico,
con este vaivén de las ideas que continúan erosionándose más allá de lo
necesario. De ahí que debamos decir que no tiene sentido abordar este
tipo de pensamiento como quien se acerca a un saber lleno de contenidos
y que es más adecuado hacerlo como quien se sumerge en una práctica.
Porque la filosofía también puede considerarse como un género de acción
-si controla su vicio y corta por lo sano- y su acción una de las más
decisivas. El pensamiento que busca llegar a saberlo todo -misión imposible
que la filosofía se propone- suele enfrentar los problemas y los límites
que nuestra experiencia encuentra en el camino de su realización. Ese
acecho de las perspectivas y los sentidos ocultos es el avance de una
exploración digna mientras no llegue al punto de invalidar siempre sus
resultados relativizándolos una vez más. El filósofo, o el pensador, tiene
que saber dar el paso creativo: cortar con su paranoia y dar firmeza a
la vida posible.
Sin embargo, en la habitual caracterización de la duda como virtud podemos
encontrar también la protección de las actitudes de indefinición y cobardía:
¿cómo saber cuándo las preguntas son exploración legítima y cuando una
forma de no intervenir, un resguardo pseudo inteligente contra la dificultad
de vivir y equivocarse? En la intelectualidad es frecuente encontrar a
la oscuridad como hábito, como enmascaramiento de la falta de un sentido
o de la capacidad para decidir e inventar. Un pensamiento que prolonga
interminablemente su análisis es un pensamiento que se estrangula. No
hay filosofía que no se relacione de manera directa e inmediata con un
mundo amplio y con un pecho palpitante, o con dos. Porque hasta la dialéctica,
esa forma tradicional de referirse al vaivén conceptual, es básicamente
una experiencia emocional. |