La difícil aceptación de lo dado
Suele pasar con las personas, constantemente. Las vemos contradecir
con sus actos lo que habíamos supuesto de ellas. La realidad gusta de
someternos a esta experiencia, a la del fracaso de nuestra imagen, a la
evidencia de nuestra imperfecta representación. Solemos culpar al mundo,
en parte porque la convención social se estructura a partir de la común
tendencia a sostener y validar la ficción de una serie de imágenes que
nos preservan de las verdades que no podemos tolerar. Pero es sensacional
realizar el movimiento contrario: aceptar el daño de esa desilusión como
un avance en el reconocimiento de la dificultad de una realidad infinitamente
más rica de lo que podemos aceptar o suponer.
¿Cuáles son las verdades que no se toleran? La básica ausencia de sentido
de la existencia, la absoluta falta de una justificación y de un orden
posible al que hacer retornar nuestro compartido y cotidiano caos. Lo
cierto, lo verdadero, es que este caos, este desorden, esta injusticia,
este mundo retobado, es la única opción. Participamos del caos al intentar
lograr un orden que detenga el avance corrosivo del salvajismo de las
cosas, pero el intento está destinado a fracasar constantemente.
De todas formas, si tomamos en cuenta el efecto funcional de este intento
de orden, si consideramos las ventajas de lograr establecer un orden parcial
y falso, puede decirse que nuestra representación, nuestra querida imagen,
no fracasa. Que nos ayuda a vivir, a establecer un campo de luz y estabilidad
allí donde de otra forma no podríamos ni salir a la calle.
Sin embargo es correcto quitarle méritos a nuestra ingenuidad, a esa
especie de romanticismo meritorio que nos hace creer que somos mejores
y distintos que los más crueles actuantes del caos porque nuestra imaginación
arma representaciones de calma, de mutua comprensión, de eficiencia, en
definitiva, de un mundo del que se ha logrado expurgar la violencia. Meras
representaciones condenadas a una existencia imaginaria y a hacernos aun
más dura la emergencia de una realidad distinta.
¿Qué le pasa a una conciencia que decide aceptar la realidad y la inevitable
existencia del caos y de la violencia del mundo? Se angustia, se siente
mal, se enferma, pero también, con suerte -si logra la azarosa bendición
de ser consistente- accede a mayores posibilidades de plenitud, asiste
a una realidad infinitamente más interesante que la realidad domada de
la representación, logra un grado mayor de intervención y de eficacia
para sus propios actos, reconcilia -en la medida de lo posible- el latir
de su propio cuerpo violento con el pulso difícilmente aceptable de ese
mundo difícil, incomprensible y despiadado. |