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1996 - La Maga

Desahogo anticrítico

Cualquier docente lo dice: lo más importante es que los alumnos aprendan a pensar. Hasta ahí vamos bien. Y después agrega: que tengan sentido crítico. Y ahí comete un error. La crítica no es la clave del pensamiento ni el factor fundamental del sentido del mundo, ni el motor del trabajo individual, ni siquiera un valor para el progreso social. De crítica estamos inundados, pero ella no aporta. ¿Acaso no es evidente?

Está bien, la crítica puede ser un elemento importante dentro de cualquier desarrollo de pensamiento, hasta un factor fundamental, pero de ninguna manera el punto central del mismo ni su esencia. La educación debería formar para la acción, para el entusiasmo, para el amor, para la aceptación de las dificultades y de la propia diferencia. La crítica forma en cambio para el juicio distante, para la evaluación del otro, para la censura constante, para la desconfianza y la pasividad. El argentino medio es crítico, cree que desparramar su escepticismo y poner en evidencia el defecto de lo que la situación del mundo le ofrece es su más alta virtud. ¿Quién va a hacer el país que decimos querer si esa es nuestra mejor actitud? La crítica es engañosa: pareciendo ser progresista y positiva sólo consigue reproducir el mal al que dice querer combatir.

La militancia en la crítica es constante, extrema, constituye una forma de vida, se satisface descalificando las opciones posibles. Ante todo repite ese efecto: no valora lo posible, no reconoce la complejidad de la realidad, se plantea siempre como una observación realizada desde un afuera imposible, quiere todo y por supuesto no consigue nada.

Es el vicio que padece la actitud descripta como progresista: no hay pensamiento y menos aun intención de comprender y conocer. Hay en primer lugar rechazo y luego justificación de esa postura principista. ¿Qué cultura resulta de allí? Una cultura que gusta de aparentar inteligencia, pero que en lo concreto es estéril, que esconde tras su purismo una falta completa de ideas y deseos. Desde la posición crítica se disfruta del beneficio de la postura opositora: siempre parece más inteligente el que observa y no acepta, el que elude la responsabilidad de mezclarse con las cosas y de obtener lo mejor de lo posible.

La intelectualidad más común ama sentirse conciencia crítica tal vez porque le resulta muy difícil justificar de otra forma su existencia y su trabajo, pero ella podría ser también convocada a la tarea de describir el mundo en términos positivos -decir cómo es su forma y no cómo ésta falla- y a partir de ahí también a desarrollar las líneas de acción que conviertan los deseos en realidades, en la medida en que esto sea posible. Y si bien hay que reconocer que el ideal no puede de ninguna forma ser alcanzado también es cierto que la realidad posee una plasticidad mucho mayor de la que imaginamos, y que por lo tanto muchas cosas son posibles aunque no lo parezcan. Lo cierto es que no sabemos avanzar en este sentido, e ignoramos las formas en las que el despliegue de lo posible podría tener lugar, porque identificamos inteligencia con escepticismo. Pero ser escéptico y crítico no es más que una de tantas formas de impotencia. En todo caso un problema, no una virtud.

 

 

 

 
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