Desahogo anticrítico
Cualquier docente lo dice: lo más importante es que los alumnos aprendan
a pensar. Hasta ahí vamos bien. Y después agrega: que tengan sentido crítico.
Y ahí comete un error. La crítica no es la clave del pensamiento ni el
factor fundamental del sentido del mundo, ni el motor del trabajo individual,
ni siquiera un valor para el progreso social. De crítica estamos inundados,
pero ella no aporta. ¿Acaso no es evidente?
Está bien, la crítica puede ser un elemento importante dentro
de cualquier desarrollo de pensamiento, hasta un factor fundamental, pero
de ninguna manera el punto central del mismo ni su esencia. La educación
debería formar para la acción, para el entusiasmo, para el amor, para
la aceptación de las dificultades y de la propia diferencia. La crítica
forma en cambio para el juicio distante, para la evaluación del otro,
para la censura constante, para la desconfianza y la pasividad. El argentino
medio es crítico, cree que desparramar su escepticismo y poner en evidencia
el defecto de lo que la situación del mundo le ofrece es su más alta virtud.
¿Quién va a hacer el país que decimos querer si esa es nuestra mejor actitud?
La crítica es engañosa: pareciendo ser progresista y positiva sólo consigue
reproducir el mal al que dice querer combatir.
La militancia en la crítica es constante, extrema, constituye una forma
de vida, se satisface descalificando las opciones posibles. Ante todo
repite ese efecto: no valora lo posible, no reconoce la complejidad de
la realidad, se plantea siempre como una observación realizada desde un
afuera imposible, quiere todo y por supuesto no consigue nada.
Es el vicio que padece la actitud descripta como progresista: no hay
pensamiento y menos aun intención de comprender y conocer. Hay en primer
lugar rechazo y luego justificación de esa postura principista. ¿Qué cultura
resulta de allí? Una cultura que gusta de aparentar inteligencia, pero
que en lo concreto es estéril, que esconde tras su purismo una falta completa
de ideas y deseos. Desde la posición crítica se disfruta del beneficio
de la postura opositora: siempre parece más inteligente el que observa
y no acepta, el que elude la responsabilidad de mezclarse con las cosas
y de obtener lo mejor de lo posible.
La intelectualidad más común ama sentirse conciencia crítica tal vez
porque le resulta muy difícil justificar de otra forma su existencia y
su trabajo, pero ella podría ser también convocada a la tarea de describir
el mundo en términos positivos -decir cómo es su forma y no cómo ésta
falla- y a partir de ahí también a desarrollar las líneas de acción que
conviertan los deseos en realidades, en la medida en que esto sea posible.
Y si bien hay que reconocer que el ideal no puede de ninguna forma ser
alcanzado también es cierto que la realidad posee una plasticidad mucho
mayor de la que imaginamos, y que por lo tanto muchas cosas son posibles
aunque no lo parezcan. Lo cierto es que no sabemos avanzar en este sentido,
e ignoramos las formas en las que el despliegue de lo posible podría tener
lugar, porque identificamos inteligencia con escepticismo. Pero ser escéptico
y crítico no es más que una de tantas formas de impotencia. En todo caso
un problema, no una virtud. |