Teoría del rompecabezas
Uno puede tardar en advertirlo, pero la multiplicidad de intereses,
experiencias y gustos que conforman nuestro mundo personal son piezas
de un todo que parece haber sido desarmado y mezclado intencionalmente.
Nacer es comenzar el juego, y al ir viviendo vamos identificando las partes
que corresponden a esa existencia desarticulada que es la nuestra, buscamos
trabajosamente qué lugar corresponde a cada una de esas piezas y tratamos
de hacerlas encajar produciendo sobre todo equívocos y adecuaciones torpes.
En principio no sabemos siquiera si la pieza que encontramos en nuestro
caos personal pertenece o no al conjunto que debe armarse, y muchas veces
una confusión nos hace tomar por propias piezas que no lo son. Al avanzar
en la tercera década, o al llegar casi a su final -es decir, rondando
los treinta años-, empieza a percibirse que el abundante caos vivido está
destinado a armarse, los movimientos aparentemente arbitrarios comienzan
a mostrar la figura hacia la que tendían sin que nosotros lo supiéramos.
En determinado momento aparece una pieza de particular importancia -una
persona, una ocupación, o hasta una idea- y ésta logra hacer orbitar alrededor
suyo varias otras piezas hasta entonces inconexas e irresueltas.
¿Todo está destinado a encajar? No. Hay resto. Hay piezas que se revelan
definitivamente como ajenas a la figura personal, piezas que llegaron
a ser consideradas de posible inclusión a causa de compromisos y forzamientos,
piezas en las que se ha tal vez insistido mucho sin lograr nunca dotarlas
de un sentido que las hiciera funcionar dentro del conjunto y que deben
dejarse caer. Son tal vez parte del rompecabezas de otro, y quedaron entremezcladas
con las nuestras sin que pudiéramos evitarlo. Tal vez ese otro puso esas
piezas en nuestro montón con la esperanza de que nosotros pudiéramos integrarlas,
ya que ha fracasado en su intento de hacerlo y busca pasar la deuda a
un caos vecino.
Lo que sí encaja en última instancia es el sentido del movimiento general,
esa gran espiral de búsqueda del ajuste posible y perfecto de todas las
fichas esparcidas. La sabiduría, o la salud, podría ser pensada como la
facultad de advertir la necesidad o la gratuidad que liga cada una de
las piezas con el conjunto personal, y la felicidad como el sentimiento
de encajar una pieza e ir viendo como el conjunto comienza a funcionar,
el placer de ver cuajar una pieza más dentro del conjunto de las ya ordenadas.
Terminada -o avanzada- la construcción del rompecabezas aparece la imagen.
Esa imagen cifra el destino personal y no evita el vaivén de la incertidumbre
subjetiva, por más que aporta un nivel de integración y logra muchas eficacias
funcionales en el camino de la plenitud y la satisfacción. La facultad
de la vacilación, que nos lleva hacia el encuentro con lo desconocido,
y que antes permitía la búsqueda de las piezas y el intento del ensamblado,
se dedica ahora a los problemas que plantea el todo aparecido como imagen
u organismo completo. Un nuevo nivel de búsqueda aparece, el que busca
desplegar las posibilidades del organismo difícilmente conformado. No
se termina nunca con la casa. |