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1996 - La Maga

La mala bondad

Una de las cosas más interesantes del trabajo de la filosofía es la investigación de los límites del pensamiento, la posibilidad de indicar cuáles son los obstáculos que impiden la concreción del intento de comprender. Los obstáculos para el pensamiento son muchos, y depende de la perspectiva que se adopte la lista que se haga de ellos. Para la línea que esta columna replantea constantemente obstáculos serían por ejemplo:

* el uso de la misma idea de la verdad como imagen única que guía -y estrangula- la búsqueda del sentido,

* el intento constante de la conciencia de imponerse como estructura primordial frente a las experiencias plenas -que poseen consistencia en sí mismas, más allá de la explicitación verbal-,

* la angustia siempre implicada en el proceso de enfrentamiento con la oscuridad que el pensamiento intenta abordar y erosionar,

* la crítica como creencia paranoica en la necesidad de producir antes que nada el desenmascaramiento del mundo que se intenta comprender -basada en la creencia de que el mal es eliminable-,

* y obstáculo sería también la misma idea de la filosofía, cuando ésta gusta proponerse como el terreno por excelencia de realización del pensamiento, desechando otras aproximaciones y deformando la estructura emocional y subjetiva, fundamental para la producción del sentido.

Pero hay un obstáculo más para el trabajo de la filosofía, que es al mismo tiempo un obstáculo para cualquier experiencia a realizar en nuestro complejo mundo: la bondad.

No me refiero al deseo del bien, en tanto inevitable figura del despliegue de la aventura del deseo personal, y ni siquiera a la voluntad de trabajo social, en pos del mejoramiento posible de la sociedad en la que se vive. Me refiero a la necesidad de representar un sujeto benigno de la que la mayoría de los sujetos somos víctimas constantemente.

Es el temor a las sombras inevitables de la experiencia de ser el que nos limita al punto de requerir una versión rosa de cualquier fenómeno y de toda actitud. La opinión pública -el sentido común, el pensamiento íntimo y convencional- se dedica a producir un constante énfasis en el bien, como si sobre cada sujeto pesara la sospecha de una complicidad terrible con lo que se identifica como mal social. La idea, para decirlo lo más claramente posible, es que la duda acerca de si somos buenos o malos no debe ocupar el centro de nuestra actividad mental, ya que termina obligándonos a argumentar constantemente a favor de nosotros mismos, y de esa forma toda nuestra posible actividad reflexiva y teórica termina siendo desechada para dar paso a la justificación narcisista de nuestra bondad.

Y ser bueno resulta de esta forma ser chato, irreal, insensible, deshonesto. Mejor dicho, la necesidad de representar el rol del bueno es la que nos arrastra por esa vía ridícula, mientras que una bondad más verosímil incluiría hasta un cierto egoísmo razonable, sin el cual ninguna vida merece ser vivida. Está bien, no es perfectamente claro mi razonamiento, pero se ve hacia donde va: hacia la eliminación de esa necesidad de representar constantemente el papel de una buena persona, tan distante de la producción del bien real, que puede a veces hasta servirse de aspectos que la ingenuidad tildaría de malos. No sé, es para pensar. Que de eso se trataba, ¿no?

 

 

 

 
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