La mala bondad
Una de las cosas más interesantes del trabajo de la filosofía es la
investigación de los límites del pensamiento, la posibilidad de indicar
cuáles son los obstáculos que impiden la concreción del intento de comprender.
Los obstáculos para el pensamiento son muchos, y depende de la perspectiva
que se adopte la lista que se haga de ellos. Para la línea que esta columna
replantea constantemente obstáculos serían por ejemplo:
* el uso de la misma idea de la verdad como imagen única que guía
-y estrangula- la búsqueda del sentido,
* el intento constante de la conciencia de imponerse como estructura
primordial frente a las experiencias plenas -que poseen consistencia en
sí mismas, más allá de la explicitación verbal-,
* la angustia siempre implicada en el proceso de enfrentamiento
con la oscuridad que el pensamiento intenta abordar y erosionar,
* la crítica como creencia paranoica en la necesidad de producir
antes que nada el desenmascaramiento del mundo que se intenta comprender
-basada en la creencia de que el mal es eliminable-,
* y obstáculo sería también la misma idea de la filosofía, cuando
ésta gusta proponerse como el terreno por excelencia de realización del
pensamiento, desechando otras aproximaciones y deformando la estructura
emocional y subjetiva, fundamental para la producción del sentido.
Pero hay un obstáculo más para el trabajo de la filosofía, que es al
mismo tiempo un obstáculo para cualquier experiencia a realizar en nuestro
complejo mundo: la bondad.
No me refiero al deseo del bien, en tanto inevitable figura del despliegue
de la aventura del deseo personal, y ni siquiera a la voluntad de trabajo
social, en pos del mejoramiento posible de la sociedad en la que se vive.
Me refiero a la necesidad de representar un sujeto benigno de la
que la mayoría de los sujetos somos víctimas constantemente.
Es el temor a las sombras inevitables de la experiencia de ser el que nos limita al punto de requerir una versión rosa de cualquier fenómeno
y de toda actitud. La opinión pública -el sentido común, el pensamiento
íntimo y convencional- se dedica a producir un constante énfasis en el
bien, como si sobre cada sujeto pesara la sospecha de una complicidad
terrible con lo que se identifica como mal social. La idea, para decirlo
lo más claramente posible, es que la duda acerca de si somos buenos o
malos no debe ocupar el centro de nuestra actividad mental, ya que termina
obligándonos a argumentar constantemente a favor de nosotros mismos, y
de esa forma toda nuestra posible actividad reflexiva y teórica termina
siendo desechada para dar paso a la justificación narcisista de nuestra
bondad.
Y ser bueno resulta de esta forma ser chato, irreal, insensible, deshonesto.
Mejor dicho, la necesidad de representar el rol del bueno es la que nos
arrastra por esa vía ridícula, mientras que una bondad más verosímil incluiría
hasta un cierto egoísmo razonable, sin el cual ninguna vida merece ser
vivida. Está bien, no es perfectamente claro mi razonamiento, pero se
ve hacia donde va: hacia la eliminación de esa necesidad de representar
constantemente el papel de una buena persona, tan distante de la producción
del bien real, que puede a veces hasta servirse de aspectos que la ingenuidad
tildaría de malos. No sé, es para pensar. Que de eso se trataba, ¿no? |