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1996 - La Maga

Filosofía basura

También se podría pensar que la filosofía es una especie de basurero, de lugar en el que se depositan los residuos tóxicos del sentido. Al suponerse que el pensamiento en su conducta filosófica (porque la filosofía es básicamente una de las conductas del pensamiento) debe ser capaz de asumir el peso del absoluto y de resumir en una mirada general la totalidad problemática que aborda el conocimiento, se espera de ella una tarea tal vez imposible. Se piensa que la filosofía es la encargada de captar y explicitar el sentido del fenómeno global de la vida, de responder a las preguntas más amplias y más vagas -¿para qué vivimos, qué es bueno, dónde está la verdad?- pero, ¿por qué creer que una formulación explícita, que una versión conciente y racional, que una serie de oraciones, deben ser capaces de enfrentarse con el misterio y de resolverlo?

La filosofía sería el lugar al que van a parar aquellas cuestiones tan generales, abstractas -y angustiadas-, y en donde ellas se sistematizan viciosamente, dando lugar a un pensamiento que cree poder lo que en verdad un pensamiento no puede. Por eso podría decirse que la filosofía es una especie de basurero, entonces, porque ella está plagada de intentos esforzados por responder preguntas imposibles, expresando más una incapacidad de aceptar las reglas de juego del mundo que el intento de revelarlo. La toxicidad de esos residuos proviene de dar lugar a posiciones forzadas, de querer resumir lo irresumible y aclarar lo que no puede ser aclarado: son tóxicos porque explican falsamente y nos comprometen con la nada.

¿Quiere decir que la filosofía carece de sentido, que no existe, o que es inútil? Podría querer decir también que, como de hecho sucede en algunos de sus movimientos más recientes, en la filosofía se trata de resolver de manera satisfactoria esa encrucijada, esa exigencia imposible de la que parte, y de volcar hacia una experiencia de pensamiento real y no metafísico o ritual a las conciencias que se acercan a ella. Porque pensar sí tiene sentido, aunque los desarrollos que la filosofía propone muchas veces parezcan ser más bien operaciones destinadas a hacer pedazos la vida que piensa más que a sostenerla.

El paso más importante que debe realizar una experiencia filosófica para constituirse en una experiencia rica es, paradójicamente, el de señalar sus límites. Esto puede parecer inadecuado, como si se tratase de una autoanulación, pero se trata más bien del reconocimiento del cauce sensible y carnal de la experiencia de vivir como el factor principal del misterio que se busca desentrañar. La vida debe vivirse, y la comprensión tiene sentido mientras sirva a esa experiencia, pero no al revés: no se vive para entender, se entiende para vivir. ¿Será así, realmente? ¿Y cómo debería actuar una filosofía que se pusiese al servicio del inexplicable absurdo de la vida, en vez de tratar de conseguir una claridad imposible? ¿Sería una especie de literatura, de sondeo artístico? Además, y aunque parezca extraño, la respuesta a aquellas preguntas generales se ordena con este renunciamiento.

 

 

 

 
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