¿Aceptar la muerte?
a Juan Manuel
Zorraquín
¿Aceptar la muerte es darle una cualidad especial
a la vida, quererla, apreciarla al punto de ver su terrible verdad, trazar
la línea que distingue los hechos relevantes de los otros, o hacerlo es
más bien echarse encima un peso intolerable, una sombría conciencia que
entorpece todo movimiento, restarle a las cosas la consistencia que les
viene de esa pretendida eternidad sin la cual el sentido tal vez no sería
posible? ¿O en realidad la muerte no es nunca aceptable, porque aunque
se lo intente no se alcanza nunca su comprensión, porque los hechos fundamentales
de la vida -procreación, ligazón que la prepara, nacimiento, deseos, muerte-
no son material de una comprensión sino de una experiencia, y esa experiencia
además no se maneja, no se decide, no se inventa, sino que se realiza
casi sin saber, o apenas sabiendo una versión que intenta justificar lo
que no se ha comprendido jamás? ¿O lo que impide aceptarla es que aceptarla
es recibirla, hacerle lugar en el propio cuerpo, darle calce, dejar que
las células y los órganos dejen de evitarla y comiencen incluso a reclamarla,
dando un paso tan resuelto que en su resolución libera, no del cuerpo
sino de la pesada carga de evitarla, de desconocerla, del trabajo de cegarse
ante su presencia en cada día?
¿O es mejor ser rebelde frente a ella, hacerse el
héroe, resistirse, porque en esa bravuconada de imposible éxito hay igual
una entereza que nos autosugestiona, alejando de nosotros la debilidad
que nos pide rendirnos y dándonos en cambio un fulgor de estatuas, una
mirada de cretinos que desconocen y por eso pueden vivir? ¿Pero acaso
vivir es hacer fuerza, insistir en estar, empecinarse, hacer énfasis en
sí mismo, o vivir es entregarse a todo, o a algunas cosas, realizar la
muerte al concretar los momentos y los gestos que dan forma a la vida
y eliminan el vacío de las posibilidades infinitas? ¿Hay distintos fenómenos
reunidos en la palabra muerte, siendo algunas muertes una renuncia, otras
una llegada, otras un reposo, otras un logro, otras una actuación, otras
una sorpresa, otras una dulzura reconciliante, una placidez nunca conocida,
un alucinado deseo de sumirse en una madre imaginaria, receptora, reciclante?
¿Es posible, es pensable, es sentible, una muerte
que no se presente como terror sino como horizonte o como qué, de qué
forma debe encararse, concebirse, resolverse, qué términos convienen para
intentar manejarla, la muerte de uno, la de los otros, la de todos? ¿Es
un final inevitable, es un acto creador disimulado en el terror, es un
vacío que rellena, una amenaza, un deseo, la única certeza, una despedida
superior a toda fuerza, un deterioro paulatino, una cancelación súbita,
un cerramiento de aluminio, una escafandra hacia la nada, un bloqueo exterminante,
un vuelo desenfrenado, un ritual inevitable, una ola que estalla y lame
la arena, qué arena, qué playa, de qué futuro, para qué? |