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1996 - La Maga

Estar bien o no estar bien

Hace pocos días me crucé, en Corrientes, a pocos pasos de Scalabrini Ortiz, con un conocido al que aprecio, un señor de unos cincuenta años a quien hacía mucho que no veía. Me gustó verlo, y transformé su breve y masticado saludo al paso en una ocasión para cambiar algunas palabras. Tuvimos el siguiente diálogo:

-¿Cómo te va?- me dijo él.

-Muy bien- le respondí.

-¿Muy bien?- me volvió a preguntar, entre asombrado y molesto.

-Si, muy bien- le dije.

-¿En este país te va muy bien? ¡Andá a cagar!- me respondió, yéndose.

Podemos pensar que su actitud es fruto de un malestar personal causado por algún factor que desconocemos, y entender que estos exabruptos los tiene cualquiera en algún momento. Pero estaríamos justificando el maltrato, lo cual no es nunca una buena opción.

Lo más interesante del episodio es su valor ilustrativo respecto de una cierta concepción del sentido del bienestar personal y por lo tanto del lugar disponible en el mundo para la experiencia del individuo y su felicidad posible. Seguramente este señor encontró ultrajante que alguien pudiera tomarse el atrevimiento de estar muy bien, y creyó ver en mi respuesta una posición política censurable y hasta responsable de la falta de solidaridad reinante en el crudo intercambio social. Su respuesta dice entre líneas: en la Argentina de hoy nadie puede sentirse bien, y si alguien lo hace es por eso mismo cómplice de la fuerza del mal que estrangula nuestra realidad social. Es contra esa estúpida consideración de la realidad, contra esa pobreza política y humana contra la que quiero apuntar algunos pensamientos en esta columna.

¿No hay posibilidades de estar bien en la Argentina de hoy?

¿Por? ¿Porque hay problemas sociales, porque las cosas no son como nos gustaría que fuesen? ¿Cuándo, en qué país, en qué mundo, nos va a ser dada por fin la oportunidad de ser felices como es posible serlo, es decir, de forma relativa y en medio del gran caos que es una sociedad? ¿Y de qué forma ese culto de la infelicidad forma parte de una estrategia de avance social, de trabajo favorecedor de la justicia? ¿Se supone que es producto de la lucidez, el malestar? ¿Qué todo estar contento y disfrutar de caminar y de ver los árboles es reaccionario, estúpido, ciego, colaboracionista, fascista?

Más bien me atrevería a decir lo contrario, que esa felicidad posible tiene mucho más la clave del desarrollo de una realidad mejorada que la militancia en la mala onda a la que muchos consideran signo de lucidez. ¿Es lucidez una postura que vuelve ilegítimas las ganas de vivir y que desfavorece la felicidad posible? Más bien creo que tal actitud es la expresión de un resentimiento profundo y la justificación por vía social de una incapacidad personal de producir espacios de alegría y felicidad personal. No suelen surgir movimientos valiosos de morales tan simples y ridículas como la que evidenció ese comentario. La búsqueda del contento por parte del individuo es una fuerza éticamente positiva para el bienestar del país. Y si no preguntémosle a los del Club del Trueque, ejemplo si los hay.

 

 

 

 
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