Estar bien o no estar bien
Hace pocos días me crucé, en Corrientes, a pocos
pasos de Scalabrini Ortiz, con un conocido al que aprecio, un señor de
unos cincuenta años a quien hacía mucho que no veía. Me gustó verlo, y
transformé su breve y masticado saludo al paso en una ocasión para cambiar
algunas palabras. Tuvimos el siguiente diálogo:
-¿Cómo te va?- me dijo él.
-Muy bien- le respondí.
-¿Muy bien?- me volvió a preguntar, entre asombrado
y molesto.
-Si, muy bien- le dije.
-¿En este país te va muy bien? ¡Andá a cagar!- me
respondió, yéndose.
Podemos pensar que su actitud es fruto de un malestar
personal causado por algún factor que desconocemos, y entender que estos
exabruptos los tiene cualquiera en algún momento. Pero estaríamos justificando
el maltrato, lo cual no es nunca una buena opción.
Lo más interesante del episodio es su valor ilustrativo
respecto de una cierta concepción del sentido del bienestar personal y
por lo tanto del lugar disponible en el mundo para la experiencia del
individuo y su felicidad posible. Seguramente este señor encontró ultrajante
que alguien pudiera tomarse el atrevimiento de estar muy bien, y creyó
ver en mi respuesta una posición política censurable y hasta responsable
de la falta de solidaridad reinante en el crudo intercambio social. Su
respuesta dice entre líneas: en la Argentina de hoy nadie puede sentirse
bien, y si alguien lo hace es por eso mismo cómplice de la fuerza del
mal que estrangula nuestra realidad social. Es contra esa estúpida
consideración de la realidad, contra esa pobreza política y humana contra
la que quiero apuntar algunos pensamientos en esta columna.
¿No hay posibilidades de estar bien en la Argentina
de hoy?
¿Por? ¿Porque hay problemas sociales, porque las
cosas no son como nos gustaría que fuesen? ¿Cuándo, en qué país, en qué
mundo, nos va a ser dada por fin la oportunidad de ser felices como es
posible serlo, es decir, de forma relativa y en medio del gran caos que
es una sociedad? ¿Y de qué forma ese culto de la infelicidad forma parte
de una estrategia de avance social, de trabajo favorecedor de la justicia?
¿Se supone que es producto de la lucidez, el malestar? ¿Qué todo estar
contento y disfrutar de caminar y de ver los árboles es reaccionario,
estúpido, ciego, colaboracionista, fascista?
Más bien me atrevería a decir lo contrario, que esa
felicidad posible tiene mucho más la clave del desarrollo de una realidad
mejorada que la militancia en la mala onda a la que muchos consideran
signo de lucidez. ¿Es lucidez una postura que vuelve ilegítimas las ganas
de vivir y que desfavorece la felicidad posible? Más bien creo que tal
actitud es la expresión de un resentimiento profundo y la justificación
por vía social de una incapacidad personal de producir espacios de alegría
y felicidad personal. No suelen surgir movimientos valiosos de morales
tan simples y ridículas como la que evidenció ese comentario. La búsqueda
del contento por parte del individuo es una fuerza éticamente positiva
para el bienestar del país. Y si no preguntémosle a los del Club del Trueque,
ejemplo si los hay. |