El honor y los jóvenes
El honor se ha perdido. La mala conciencia con la
que el sentido común suele abordar la comprensión de los cambios de la
sociedad -es decir, el temor y el conservadurismo que determinan o abortan
esa comprensión- hace que la transformación de la moral sea percibida
como una peligrosa crisis de valores, más como una pérdida de la moral que como la metamorfosis inevitable de la misma. Una sociedad no
puede quedarse sin moral, porque moral no quiere decir más que sistema
de valores, y estos existen siempre -aunque no sean concientes- como ejes
orientativos y estructurantes de la experiencia de vivir.
¿Por qué creer siempre que el paso del tiempo desvirtúa
esa experiencia? ¿Por qué insistir constantemente con la glorificación
de un pasado ya imposible de retomar y no buscar la forma de un presente
vivible y deseable? ¿Será porque no sabemos ver y porque nos cuesta abandonar
las formas de pensar que van muriendo, porque -en definitiva- aplicamos
un pensamiento viejo a una situación nueva y no sabemos decir desde una
perspectiva propia lo que estamos viviendo?
Los jóvenes no piensan ni creen en la idea del honor,
y lo cierto es que cada vez menos gente parece dispuesta a tomarlo en
serio. ¿Qué es el honor? Un valor muy atento a la apariencia, una noción
servidora del neurótico "qué dirán", un valor de contención y de altivez
y no de búsqueda y de intimidad. Un valor dispuesto a crear el desencuentro
entre los seres, o por lo menos un valor que responde a las limitadas
posibilidades morales de las relaciones de otra época. El honor pone entre
las personas la distancia de la representación (es decir, de trabajar
una imagen para conformar la mirada de otro), se conjuga con el deber
y no con el querer. Pertenece a la serie de valores escolares, huele a
impostura moral, a militar (con todo lo que eso quiere decir entre nosotros),
a himno nacional, a patria (y no al realismo mayor de la idea de "país"),
a duelo a muerte por no tolerar el roce de la diferencia. El honor como
aspiración de un individuo lo lleva a obturar muchas preguntas y cuestiones,
es el valor de ser férreo consigo mismo, de no flaquear, de no mostrar
fisuras, es decir, de ser irreal. Un individuo de honor debe redondearse
a sí mismo con más firmeza de la que la realidad de vivir parece verdaderamente
permitir.
La pérdida de la noción de honor como valor no debe
por lo tanto ser percibida como una pérdida lamentable. Ridículo sería
negarle a otro tiempo histórico la coherencia de su estilo propio y suponer
que no habría una necesidad que daba forma a la moral que se vivía entonces.
Pero ridículo sería también no percibir en la idea del honor la virtud
de un mundo ido, no sentir que la palabra no designa ya nada valioso.
¿Es la nuestra entonces una realidad deshonrosa?
No, ahora importan otras cosas y de otra manera. Ahora hay otros valores,
mejores. (Los mismos valores pueden ser valorados, ya que son productores
de realidad, dan origen a experiencias que enriquecen o empobrecen a los
individuos). La pérdida de los viejos valores, la famosa "crisis" de valores,
no es más que la aparición de otros valores, tal vez mucho más valiosos
por ser los agentes de una sensibilidad y una realidad que nos resulta
más propia, más adecuada a nuevas necesidades y nuevos deseos. La otra
posibilidad sería la de retomar la idea del honor y redefinirla, diciendo
por ejemplo que hoy el honor no es el del buen nombre sino el que aparece
en una relación de amistad y de confianza, pero en ese intento de conciliar
la terminología de tiempos distintos suelen perderse diferencias importantes,
diferencias que valdría más la pena reconocer y promover. Olvidemos el
honor, como lo estamos haciendo. Busquemos las palabras que designan esos
otros nuevos valores que arman el mundo que decimos querer vivir. Una
juventud sin honor no es necesariamente una juventud caída, sino una que
hace foco en cosas más importantes. |