Estudiar filosofía
La mayor parte de la gente que quiere estudiar filosofía
lo hace movida por el sano y atendible interés de obtener alguna respuesta
a sus preguntas fundamentales. Esas preguntas suelen tener una carga emocional
importante y la mayor parte de nosotros las compartimos: aluden a la muerte,
al sentido de la vida, al alma, a la relación del individuo con el conjunto
de los hombres, a la verdad y a la irrealidad de lo real, entre otros
temas. La filosofía, como disciplina y como saber estructurado -tal como
la ofrece la habitual distribución del conocimiento en campos de saber-
suele responder a estas cuestiones que anidan en la profundidad de cada
sujeto con una recorrida por distintos sistemas de pensamiento, mostrando
como cada figura importante de su historia armó un universo de conceptos
y valores estructurando una versión del mundo. Es decir, ofrece un despojado
mundo intelectual allí donde se pedía sustancia de sentido. Porque meros
conceptos sin carne ni fuerza resultan las cosmogonías resumidas para
quien parte de su personal zona de búsqueda y angustia. Sin embargo, hay
una innegable riqueza en esa tradición de sistemas y tampoco debería pedirse
a la filosofía que se defina como una terapia. Si bien la filosofía y
el psicoanálisis son ambas disciplinas elaborativas no trabajan de la
misma forma y ocupan distintas funciones y lugares en el universo social.
¿Qué se hace, entonces?
Para empezar es necesario recuperar la dimensión
dramática personal que subyace en todo pensamiento, observarlo como el
producto de otra conciencia atrapada en las circunstancias humanas que
la nuestra padece o comparte. ¿Cómo? Sin ubicar al trabajo filosófico
en el ámbito irreal de una abstracción más respetuosa de un ritual intelectual
simulador que de la carne que sustenta a ese pensamiento. Toda la historia
de la filosofía está cercada por la falsa seriedad de una tradición académica
rica en referencias y pobre en intensidad y en ideas. Es preciso abandonar
el temor de interrogar a los textos desde la ingenuidad y desde la necesidad
de una intimidad puesta en juego. Los cursos de filosofía que no aceptan
la informalidad y la espontaneidad en el diálogo pierden necesariamente
la mayor parte de su eficacia. ¿De dónde surge el impulso de representar
la inteligencia que entorpece el valioso intento de las inteligencias
por elaborar su camino? ¿Por qué es tan marcado el amor por los grandes
nombres del momento intelectual, y por qué ese amor va en detrimento del
propio lugar de pensador que intenta habilitarse?
Y lo otro que podría tomarse en cuenta, como sugerencia
para una adecuada consideración de las lecturas filosóficas, es la forma
en la que Borges solía referirse a las distintas filosofías. Su lectura
trataba a los sistemas filosóficos como si fueran obras de literatura
fantástica, es decir, como formas de expresión de una plasticidad de sentido
que la realidad derrama en todas sus facetas. En su mirada las filosofías
no están jamás cargadas por el peso mortuorio el juego trascendente de
la verdad. Si el peso de la verdad es mucho, paradójicamente, su valor
funcional como parte de una experiencia existencial es el de la rigidez
y no uno ligado al deseo. Borges restaba todo academicismo al trabajo
de la filosofía, con su movimiento lo ponía más bien en posesión de una
libertad y una liviandad enormes.
Conclusión de estos pensamientos desordenados: muchas
personas sienten que la filosofía es algo que les interesa, pero el tratamiento
habitual de esa materia -cargado de formalismos y respetos- resulta más
un obstáculo que una invitación. ¿Por qué no incentivar la experimentación
y la búsqueda de formas en la difusión de una actividad tan valiosa? Ese
proceso está en marcha, se lo ve aparecer en experiencias como la filosofía
para chicos, en el éxito de ventas de "El mundo de Sofía" y en algunas
otras, ¿no aparece acaso también en la literatura de autoayuda? Los intelectuales
la desprecian, pero ¿para qué sirven esos puristas? |