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1997 - La Maga

Estudiar filosofía

La mayor parte de la gente que quiere estudiar filosofía lo hace movida por el sano y atendible interés de obtener alguna respuesta a sus preguntas fundamentales. Esas preguntas suelen tener una carga emocional importante y la mayor parte de nosotros las compartimos: aluden a la muerte, al sentido de la vida, al alma, a la relación del individuo con el conjunto de los hombres, a la verdad y a la irrealidad de lo real, entre otros temas. La filosofía, como disciplina y como saber estructurado -tal como la ofrece la habitual distribución del conocimiento en campos de saber- suele responder a estas cuestiones que anidan en la profundidad de cada sujeto con una recorrida por distintos sistemas de pensamiento, mostrando como cada figura importante de su historia armó un universo de conceptos y valores estructurando una versión del mundo. Es decir, ofrece un despojado mundo intelectual allí donde se pedía sustancia de sentido. Porque meros conceptos sin carne ni fuerza resultan las cosmogonías resumidas para quien parte de su personal zona de búsqueda y angustia. Sin embargo, hay una innegable riqueza en esa tradición de sistemas y tampoco debería pedirse a la filosofía que se defina como una terapia. Si bien la filosofía y el psicoanálisis son ambas disciplinas elaborativas no trabajan de la misma forma y ocupan distintas funciones y lugares en el universo social. ¿Qué se hace, entonces?

Para empezar es necesario recuperar la dimensión dramática personal que subyace en todo pensamiento, observarlo como el producto de otra conciencia atrapada en las circunstancias humanas que la nuestra padece o comparte. ¿Cómo? Sin ubicar al trabajo filosófico en el ámbito irreal de una abstracción más respetuosa de un ritual intelectual simulador que de la carne que sustenta a ese pensamiento. Toda la historia de la filosofía está cercada por la falsa seriedad de una tradición académica rica en referencias y pobre en intensidad y en ideas. Es preciso abandonar el temor de interrogar a los textos desde la ingenuidad y desde la necesidad de una intimidad puesta en juego. Los cursos de filosofía que no aceptan la informalidad y la espontaneidad en el diálogo pierden necesariamente la mayor parte de su eficacia. ¿De dónde surge el impulso de representar la inteligencia que entorpece el valioso intento de las inteligencias por elaborar su camino? ¿Por qué es tan marcado el amor por los grandes nombres del momento intelectual, y por qué ese amor va en detrimento del propio lugar de pensador que intenta habilitarse?

Y lo otro que podría tomarse en cuenta, como sugerencia para una adecuada consideración de las lecturas filosóficas, es la forma en la que Borges solía referirse a las distintas filosofías. Su lectura trataba a los sistemas filosóficos como si fueran obras de literatura fantástica, es decir, como formas de expresión de una plasticidad de sentido que la realidad derrama en todas sus facetas. En su mirada las filosofías no están jamás cargadas por el peso mortuorio el juego trascendente de la verdad. Si el peso de la verdad es mucho, paradójicamente, su valor funcional como parte de una experiencia existencial es el de la rigidez y no uno ligado al deseo. Borges restaba todo academicismo al trabajo de la filosofía, con su movimiento lo ponía más bien en posesión de una libertad y una liviandad enormes.

Conclusión de estos pensamientos desordenados: muchas personas sienten que la filosofía es algo que les interesa, pero el tratamiento habitual de esa materia -cargado de formalismos y respetos- resulta más un obstáculo que una invitación. ¿Por qué no incentivar la experimentación y la búsqueda de formas en la difusión de una actividad tan valiosa? Ese proceso está en marcha, se lo ve aparecer en experiencias como la filosofía para chicos, en el éxito de ventas de "El mundo de Sofía" y en algunas otras, ¿no aparece acaso también en la literatura de autoayuda? Los intelectuales la desprecian, pero ¿para qué sirven esos puristas?

 

 

 

 
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