Columna sobre la encuesta
¿Qué opinan los chicos de los grandes?
Cualquier intento de comprensión de la realidad
parece estar amenazado por la existencia de una serie de lugares comunes
tremendistas. Son cosas dichas hasta el hartazgo, que pasan por ciertas
más por un acuerdo tácito basado en el temor que por un relevamiento de
la situación de los fenómenos observados. Esa serie propone creer por
ejemplo que la cultura decae, que la lectura se pierde, que el único
valor es el dinero, que nunca como ahora el hombre fue individualista
y despiadado. Que ser chico es ahora una experiencia amenazada y desvirtuada.
Cualquiera que se interne en el conocimiento de la historia puede fácilmente
desdecir estas falsedades. De la misma forma, cualquiera que intente penetrar
con cierta sutileza en la verdad de nuestra vida comunitaria puede percibir
una situación más compleja y menos amenazante.
Muchas de las creencias corrientes acerca de las
inquietudes y deseos de los más chicos son puestas en duda por los resultados
de esta encuesta. Ser modelo top no es el deseo más frecuente entre ellos,
por ejemplo, para cuando sean grandes. Los que lo desean son duplicados
en número por los que prefieren ser maestros. Casi la misma cantidad de
los que se ven tentados por el oficio de la perfección estética quiere
ser médico. Ni es tampoco la televisión su ocupación favorita, ya que
el doble de chicos prefieren jugar al aire libre, o a la pelota. La felicidad
aparece para la gran mayoría representada por la figura de la madre, seguida
a enorme distancia por la del jugador de fútbol.
En muchas de las preguntas puede leerse entre líneas
la existencia de valores tradicionales en los chicos, como si estuvieran
rodeados y asistidos por un entorno cariñoso y protector y supieran valorarlo
adecuadamente. Sin embargo, estos valores tradicionales no trazan un cuadro
conservador. Mientras el 40 por ciento de los chicos prefiere que los
padres sigan juntos, aunque ya no se quieran, para que los chicos no sufran,
la mayoría (el 35 más el 18) prefieren que se separen pero que los sigan
cuidando y queriendo. Este resultado contradice la tan instalada creencia
de que los chicos no toleran la separación de sus padres, que se los debe
preservar a toda costa, aun al precio de la infelicidad de la pareja.
Pues no creen lo mismo los chicos: la mayoría prefiere que sus padres
den la batalla por su felicidad íntima, aunque eso lleve a la disolución
de la pareja.
Para cualquiera que se proponga evaluar la calidad
y el estado de nuestra sociedad parece evidente que se está en presencia
de un gran deterioro, pero muchas cosas permiten sospechar que tal vez
no sea tan así, incluso esta voz de los chicos que la encuesta hace aflorar.
¿No habrá una trama social mucho más sana y sólida de lo que se cree,
una red afectiva y humana de base mucho más relevante que lo que el auge
de la delincuencia y la corrupción nos hace temer? ¿Será que los chicos
nos están señalando la existencia de una realidad menos devastada de lo
que los adultos gustamos imaginar? Es un alivio saberlo, la encuesta nos
dice que el enfermo no está tan grave como suponíamos. |