La sociedad se debe un debate sobre este tema,
¿no le parece, diputado?
El periodismo, los políticos y el sentido común
gustan de señalar la necesidad de debatir ciertos grandes temas nacionales
pendientes. Es una posición que queda bien, expresa una preocupación decente.
Detrás de esa apariencia de profundidad se esconde una ilusión racionalista.
Consiste en creer que las partes que conforman una sociedad, y que en
ella se enfrentan, podrían llegar a un acuerdo si se sentaran a dialogar
en una misma mesa, es decir, si quisieran entenderse. Como si el conflicto
de una sociedad fuera más el objeto de una reflexión compartida que el
de una experiencia compleja. Semejantes acuerdos sólo se logran cuando
hay necesidad impostergable en las partes enfrentadas, y no basados en
una mera buena voluntad. ¿Puede suponerse que el debate contribuye a obtener
un punto de encuentro en estas difíciles cuestiones sociales? En todo
caso es un desarrollo paralelo y no central, y las más de las veces parece
ni rozar a la cuestión del conflicto. Nadie nos va a hacer creer que los
políticos, por ejemplo, piensan las cosas abiertamente. Hay sobradas pruebas
de que anteponen cualquier interés propio a una abierta reflexión. Nos
gustaría que fuera de otra forma, pero ¿no es un poco ingenuo de nuestra
parte el esperarlo?
Cuando un periodista, o alguien tal vez bienintencionado,
menciona la necesidad de debatir algún tema suele enmascarar de esa forma
la verdad de que no se le ocurre cómo solucionarlo, o qué decir al respecto
-más que alguna vaguedad correcta que cree valiosa sin serlo-. Esto es
lo que sucede más habitualmente y no es criticable, pero tampoco es un
aporte. Las buenas intenciones no valen nada, son poses que abundan, y
si no están acompañadas o suplidas por actos, nada significan. El ciudadano
medio necesita hacerse el bueno todo el tiempo, y oscila entre manifestar
preocupación o indignarse. Llamar al debate, señalar su importancia, es
un gesto retórico mediante el cual la persona que lo hace recalca poseer
las virtudes de la buena disposición y la apertura.
Lo más importante a entender al respecto es que creer
que lo que falta es debate es desconocer que la realidad fundamental no
es la yuxtaposición de ideas sino la lucha por el poder. Son las fuerzas
que se buscan y se combaten las que constituyen el mecanismo de elaboración
social por excelencia. Así que, pensado de otra forma, debate no falta.
El debate existió siempre, es el caos que rige y fundamenta la vida social
aunque sus sentidos no sean necesariamente explicitados a cada paso. Así
que, a decir la palabra propia o a perderse, pero llamar al debate resuena
como una posición benigna e hipócrita. Podría decirse que más que debate
faltan ideas y deseos, voluntades de algo. Pero también es cierto que
las hay, por ahí, dando vueltas. |