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1998 - Clarín

La sociedad se debe un debate sobre este tema,
¿no le parece, diputado?

El periodismo, los políticos y el sentido común gustan de señalar la necesidad de debatir ciertos grandes temas nacionales pendientes. Es una posición que queda bien, expresa una preocupación decente. Detrás de esa apariencia de profundidad se esconde una ilusión racionalista. Consiste en creer que las partes que conforman una sociedad, y que en ella se enfrentan, podrían llegar a un acuerdo si se sentaran a dialogar en una misma mesa, es decir, si quisieran entenderse. Como si el conflicto de una sociedad fuera más el objeto de una reflexión compartida que el de una experiencia compleja. Semejantes acuerdos sólo se logran cuando hay necesidad impostergable en las partes enfrentadas, y no basados en una mera buena voluntad. ¿Puede suponerse que el debate contribuye a obtener un punto de encuentro en estas difíciles cuestiones sociales? En todo caso es un desarrollo paralelo y no central, y las más de las veces parece ni rozar a la cuestión del conflicto. Nadie nos va a hacer creer que los políticos, por ejemplo, piensan las cosas abiertamente. Hay sobradas pruebas de que anteponen cualquier interés propio a una abierta reflexión. Nos gustaría que fuera de otra forma, pero ¿no es un poco ingenuo de nuestra parte el esperarlo?

Cuando un periodista, o alguien tal vez bienintencionado, menciona la necesidad de debatir algún tema suele enmascarar de esa forma la verdad de que no se le ocurre cómo solucionarlo, o qué decir al respecto -más que alguna vaguedad correcta que cree valiosa sin serlo-. Esto es lo que sucede más habitualmente y no es criticable, pero tampoco es un aporte. Las buenas intenciones no valen nada, son poses que abundan, y si no están acompañadas o suplidas por actos, nada significan. El ciudadano medio necesita hacerse el bueno todo el tiempo, y oscila entre manifestar preocupación o indignarse. Llamar al debate, señalar su importancia, es un gesto retórico mediante el cual la persona que lo hace recalca poseer las virtudes de la buena disposición y la apertura.

Lo más importante a entender al respecto es que creer que lo que falta es debate es desconocer que la realidad fundamental no es la yuxtaposición de ideas sino la lucha por el poder. Son las fuerzas que se buscan y se combaten las que constituyen el mecanismo de elaboración social por excelencia. Así que, pensado de otra forma, debate no falta. El debate existió siempre, es el caos que rige y fundamenta la vida social aunque sus sentidos no sean necesariamente explicitados a cada paso. Así que, a decir la palabra propia o a perderse, pero llamar al debate resuena como una posición benigna e hipócrita. Podría decirse que más que debate faltan ideas y deseos, voluntades de algo. Pero también es cierto que las hay, por ahí, dando vueltas.

 

 

 

 
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