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1998 - Diario Perfil

Amor y Moria

En su emisión del 9 de Julio el talk show que conduce Moria Casán estuvo dedicado al caso de una mujer golpeada que recurrió a una cámara oculta para producir la prueba que es de esperar hará que la justicia preste la debida atención a su hasta ahora desoída demanda. La preocupación de Moria por estos casos es digna de elogio y no se agota en el programa de la fecha: su producción está trabajando en la creación de un refugio para mujeres golpeadas, problema muy instalado en la sociedad argentina. La extensión misma del problema debe ser la responsable de que las denuncias realizadas por Hilda en las comisarías no dieran resultado: es fácil imaginar que dentro de la población de las policías nacionales deben militar enorme número de hombres golpeadores, reacios a aceptar hacerse eco del reclamo de una mujer humilde. Correcta y elogiable fue también la intervención del abogado Jorge Scaglia, que colabora en forma ad honorem con la resolución del caso de Hilda. Pero si bien es necesario ajustarle las tuercas al mecanismo judicial, que no provee a las mujeres víctimas de los golpes de sus hombres los mecanismos suficientes para que ellas puedan defenderse (bienvenido sea el uso de cámaras ocultas), también es necesario iluminar el núcleo fundamental del problema, que en el programa comentado permaneció oculto, y que creo podría formularse así: ¿cómo desactivar el componente psicológico que ata a una mujer al hombre que la destruye, que le impide abandonarlo o ponerle freno efectivo, que la hace perderse en el silencio? Porque los golpes, no nos engañemos sobre esto, necesitan en estos casos mayor complicidad de la persona agredida de la que a primera vista podemos observar. No sería correcto reproducir en el caso de las mujeres golpeadas el criterio de falta de responsabilidad que inunda al sentido común cuando tiene que abordar cualquier tipo de problemas. No se trata de decir "si le pega por algo será", o "seguro que le gusta", sino de penetrar en el trasfondo de las conductas autoritarias para captar la conducta complementaria que arma el juego desde la posición de la víctima. Siempre es más fácil encontrar un culpable que comprender la propia participación en el fenómeno que nos desagrada, pero el éxito de la tarea depende de la posibilidad de dar este último paso.

En el programa de Moria no siguieron el falso camino de la culpabilización descomprometida, pero vale la pena seguir el desarrollo paso a paso. Cuando la señora Hilda comenzó a contar su caso, con claridad y detalladamente, Moria se impacientó. Ella preguntaba por el primer golpe, e Hilda contaba los primeros años felices del amor que la había unido a Miguel. Moria interpretó que el relato de Hilda tomaba ese camino como una forma de eludir la denuncia, y es probable que algo de razón tuviera (aunque su apuro sonaba un poco enfático), pero lo que no hay que dejar de lado es que esas relaciones son básicamente relaciones afectivas, amorosas aunque parezca raro llamarlas así, y que el motivo de esos golpes anida en esa historia que la mirada judicial no toma en cuenta. Está bien que no lo haga, no es de su competencia, y también está bien que Moria se empecine en producir mecanismos de defensa operativos para estas mujeres que sin duda los necesitan. Pero tal vez la misma tarea de ofrecerles protección requeriría que se incluyan en la elaboración que el programa ofrece esos sutiles factores anímicos, afectivos, que hacen que la humillación y la violencia encuentren su lugar en las relaciones familiares. No nos equivoquemos: la justicia debe intervenir, pero no es un problema judicial.

Más allá de la tentación de acusar de sensacionalista al programa y al medio con el que se intenta agilizar en el tratamiento de estos casos (la cámara oculta), es necesario captar el servicio que la televisión está ofreciendo a su público fiel. Funciona como iniciativa humanitaria y además funciona como espectáculo, ¿qué problema hay? Necio sería negar la utilidad de los muchos casos en los que la televisión ofrece algo más que espectáculo con el argumento de que su secreto objetivo es la mera ganancia económica: eso es producto de una mirada estrecha y no de una comprensión profunda. La emisión de Amor y Moria del 9 de Julio retoma la idea de la independencia que la fecha festeja de la mejor manera posible: en los hechos concretos, ofreciendo formas para producir el paso a la independencia de un enorme número de mujeres y hombres trabados en una violencia dolorosa.

 

 

 

 
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