Amor y Moria
En su emisión del 9 de Julio el talk show que conduce
Moria Casán estuvo dedicado al caso de una mujer golpeada que recurrió
a una cámara oculta para producir la prueba que es de esperar hará que
la justicia preste la debida atención a su hasta ahora desoída demanda.
La preocupación de Moria por estos casos es digna de elogio y no se agota
en el programa de la fecha: su producción está trabajando en la creación
de un refugio para mujeres golpeadas, problema muy instalado en la sociedad
argentina. La extensión misma del problema debe ser la responsable de
que las denuncias realizadas por Hilda en las comisarías no dieran resultado:
es fácil imaginar que dentro de la población de las policías nacionales
deben militar enorme número de hombres golpeadores, reacios a aceptar
hacerse eco del reclamo de una mujer humilde. Correcta y elogiable fue
también la intervención del abogado Jorge Scaglia, que colabora en forma
ad honorem con la resolución del caso de Hilda. Pero si bien es necesario
ajustarle las tuercas al mecanismo judicial, que no provee a las mujeres
víctimas de los golpes de sus hombres los mecanismos suficientes para
que ellas puedan defenderse (bienvenido sea el uso de cámaras ocultas),
también es necesario iluminar el núcleo fundamental del problema, que
en el programa comentado permaneció oculto, y que creo podría formularse
así: ¿cómo desactivar el componente psicológico que ata a una mujer al
hombre que la destruye, que le impide abandonarlo o ponerle freno efectivo,
que la hace perderse en el silencio? Porque los golpes, no nos engañemos
sobre esto, necesitan en estos casos mayor complicidad de la persona agredida
de la que a primera vista podemos observar. No sería correcto reproducir
en el caso de las mujeres golpeadas el criterio de falta de responsabilidad
que inunda al sentido común cuando tiene que abordar cualquier tipo de
problemas. No se trata de decir "si le pega por algo será", o "seguro
que le gusta", sino de penetrar en el trasfondo de las conductas autoritarias
para captar la conducta complementaria que arma el juego desde la posición
de la víctima. Siempre es más fácil encontrar un culpable que comprender
la propia participación en el fenómeno que nos desagrada, pero el éxito
de la tarea depende de la posibilidad de dar este último paso.
En el programa de Moria no siguieron el falso camino
de la culpabilización descomprometida, pero vale la pena seguir el desarrollo
paso a paso. Cuando la señora Hilda comenzó a contar su caso, con claridad
y detalladamente, Moria se impacientó. Ella preguntaba por el primer golpe,
e Hilda contaba los primeros años felices del amor que la había unido
a Miguel. Moria interpretó que el relato de Hilda tomaba ese camino como
una forma de eludir la denuncia, y es probable que algo de razón tuviera
(aunque su apuro sonaba un poco enfático), pero lo que no hay que dejar
de lado es que esas relaciones son básicamente relaciones afectivas, amorosas aunque parezca raro llamarlas así, y que el motivo de esos golpes anida
en esa historia que la mirada judicial no toma en cuenta. Está bien que
no lo haga, no es de su competencia, y también está bien que Moria se
empecine en producir mecanismos de defensa operativos para estas
mujeres que sin duda los necesitan. Pero tal vez la misma tarea de ofrecerles
protección requeriría que se incluyan en la elaboración que el programa
ofrece esos sutiles factores anímicos, afectivos, que hacen que la humillación
y la violencia encuentren su lugar en las relaciones familiares. No nos
equivoquemos: la justicia debe intervenir, pero no es un problema judicial.
Más allá de la tentación de acusar de sensacionalista
al programa y al medio con el que se intenta agilizar en el tratamiento
de estos casos (la cámara oculta), es necesario captar el servicio que
la televisión está ofreciendo a su público fiel. Funciona como iniciativa
humanitaria y además funciona como espectáculo, ¿qué problema hay? Necio
sería negar la utilidad de los muchos casos en los que la televisión ofrece
algo más que espectáculo con el argumento de que su secreto objetivo es
la mera ganancia económica: eso es producto de una mirada estrecha y no
de una comprensión profunda. La emisión de Amor y Moria del 9 de
Julio retoma la idea de la independencia que la fecha festeja de la mejor
manera posible: en los hechos concretos, ofreciendo formas para producir
el paso a la independencia de un enorme número de mujeres y hombres trabados
en una violencia dolorosa. |