Te escucho
Aunque muchos no lo sepan, Luisa Delfino continúa
saliendo al aire con su programa "Te escucho", en la trasnoche del viernes,
por ATC. Es fácil criticarla, es un lugar común para cualquier persona
que se quiera pensante. Por eso mismo, gracias a lo establecido de la
opinión, es una buena oportunidad para volver a mirar su programa y hacerlo
poniendo en cuestión el prejuicio arrastrado, para confirmarlo o para
desactivarlo.
Es cierto que no se trata de un fenómeno arrebatador,
su rating promedio del último viernes fue de 0.7, es decir, unos setenta
mil televidentes. El número no es significativo en el contexto de la televisión
nacional, pero es relevante si se lo considera como una cantidad de personas
que están interesados en esa experiencia. ¿Qué experiencia? No es claro,
tal vez la de sufrir y buscar desahogo (o la de desahogarse por interpósita
persona, puede ser), o la de ver la variedad humana, el infinito mundo
de historias que es la realidad. También uno se asoma a ese increíble
mundo de historias y soledad en el programa de Galán, el problema es el
mismo en ambos casos: no se sabe si es interesante o intolerablemente
dramático. ¿Las dos cosas a la vez? Hay quien ve esos programas para divertirse
con la miseria ajena, pero eso parece sólo posible basado en la miseria
propia.
Podría decirse que esas historias de gente muy necesitada,
esas soledades y esos peores conflictos de nuestro mundo, aparecen también
en los noticieros, pero lo que se revela en el programa de Luisa es la
dimensión personal de la vivencia cuando la persona ya no da más y acude
en busca de una ayuda que tal vez nunca creyó necesitar. La mayor parte
de las veces el desastre narrado es más bien la historia de una vida,
la carencia fundamental de quien consulta, que una catástrofe objetiva,
algo que haya sucedido y pueda registrarse como un hecho o una noticia.
Una de las objeciones que se le suele hacer a su
programa es que ella aconseja a quienes la llaman, que dice a los demás
lo que tienen que hacer, y que actúa de psicóloga sin serlo. Es falso.
Ella intenta más bien confrontar a la persona con sí misma, buscando alumbrar
lo que dice entre líneas tal vez sin saber. Llegado el momento en que
siente que el llamado sobrepasa su rol lo pasa a un psicólogo en línea
privada. No sabemos qué sucede entonces, pero no tenemos por qué creer
que se trata de algo malo. Es un servicio ofrecido con buena intención.
¿O vamos a sospechar también de eso? ¿Vamos a decir
que ella lo hace buscando el espectáculo? Es cierto que su narcisismo
es patente, pero ¿quién que trabaja en la tele no se nutre del mismo sentimiento?
Es difícil explicar por qué Luisa Delfino llega a tener un programa de
este tipo, pero es fácil entender que para muchos puede resultar un medio
para ponerse en contacto con algún tipo de asistencia. Se pone en marcha
el viejo y consagrado efecto de ser escuchado: al hablar uno teje y desteje,
elabora. ¿Siempre? No, hay hablares repetitivos, compulsivos, sin fin.
Algunos oyentes sacarán provecho de esas charlas, ¿vamos a despreciarlos
criticando el programa? No parece una actitud inteligente.
¿Entonces Luisa es una genia? No es necesario erigirla
en ídola, aunque debe serlo para la mucha gente que ha acudido a ella
(el hecho de que su rating no sea notorio no quiere decir que no haya
contado con decenas de miles de televidentes y consultores).
La televisión es un medio entre otros, el programa
de Luisa un programa entre otros, la gente que lo usa gente que también
conforma el gigantesco entramado social en el que todos nos movemos. El
hecho de que un programa muestre un sector nunca demasiado mostrado de
la sociedad en la que vivimos, y que ofrezca un servicio accesible a determinadas
experiencias existenciales no parece ser motivo para despreciar a nadie.
Y la asistencia que ofrece no es bobalicona, al menos
en lo que el cronista pudo apreciar. Ella no consuela a las personas que
llaman, las trata con cierta rudeza, no se hace la buena, intenta ayudar
pero sin dorarle la píldora a nadie y sin intentar que nadie se ahorre
su propio conflicto. Es una línea mucho más sabia que la conmiseración
que suele abundar en la televisión de hoy.
Conclusión: volver a verlo es verlo desde un nuevo
momento y tal vez ver cosas nuevas. Es un programa interesante. |