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1998 - Diario Perfil

Te escucho

Aunque muchos no lo sepan, Luisa Delfino continúa saliendo al aire con su programa "Te escucho", en la trasnoche del viernes, por ATC. Es fácil criticarla, es un lugar común para cualquier persona que se quiera pensante. Por eso mismo, gracias a lo establecido de la opinión, es una buena oportunidad para volver a mirar su programa y hacerlo poniendo en cuestión el prejuicio arrastrado, para confirmarlo o para desactivarlo.

Es cierto que no se trata de un fenómeno arrebatador, su rating promedio del último viernes fue de 0.7, es decir, unos setenta mil televidentes. El número no es significativo en el contexto de la televisión nacional, pero es relevante si se lo considera como una cantidad de personas que están interesados en esa experiencia. ¿Qué experiencia? No es claro, tal vez la de sufrir y buscar desahogo (o la de desahogarse por interpósita persona, puede ser), o la de ver la variedad humana, el infinito mundo de historias que es la realidad. También uno se asoma a ese increíble mundo de historias y soledad en el programa de Galán, el problema es el mismo en ambos casos: no se sabe si es interesante o intolerablemente dramático. ¿Las dos cosas a la vez? Hay quien ve esos programas para divertirse con la miseria ajena, pero eso parece sólo posible basado en la miseria propia.

Podría decirse que esas historias de gente muy necesitada, esas soledades y esos peores conflictos de nuestro mundo, aparecen también en los noticieros, pero lo que se revela en el programa de Luisa es la dimensión personal de la vivencia cuando la persona ya no da más y acude en busca de una ayuda que tal vez nunca creyó necesitar. La mayor parte de las veces el desastre narrado es más bien la historia de una vida, la carencia fundamental de quien consulta, que una catástrofe objetiva, algo que haya sucedido y pueda registrarse como un hecho o una noticia.

Una de las objeciones que se le suele hacer a su programa es que ella aconseja a quienes la llaman, que dice a los demás lo que tienen que hacer, y que actúa de psicóloga sin serlo. Es falso. Ella intenta más bien confrontar a la persona con sí misma, buscando alumbrar lo que dice entre líneas tal vez sin saber. Llegado el momento en que siente que el llamado sobrepasa su rol lo pasa a un psicólogo en línea privada. No sabemos qué sucede entonces, pero no tenemos por qué creer que se trata de algo malo. Es un servicio ofrecido con buena intención.

¿O vamos a sospechar también de eso? ¿Vamos a decir que ella lo hace buscando el espectáculo? Es cierto que su narcisismo es patente, pero ¿quién que trabaja en la tele no se nutre del mismo sentimiento? Es difícil explicar por qué Luisa Delfino llega a tener un programa de este tipo, pero es fácil entender que para muchos puede resultar un medio para ponerse en contacto con algún tipo de asistencia. Se pone en marcha el viejo y consagrado efecto de ser escuchado: al hablar uno teje y desteje, elabora. ¿Siempre? No, hay hablares repetitivos, compulsivos, sin fin. Algunos oyentes sacarán provecho de esas charlas, ¿vamos a despreciarlos criticando el programa? No parece una actitud inteligente.

¿Entonces Luisa es una genia? No es necesario erigirla en ídola, aunque debe serlo para la mucha gente que ha acudido a ella (el hecho de que su rating no sea notorio no quiere decir que no haya contado con decenas de miles de televidentes y consultores).

La televisión es un medio entre otros, el programa de Luisa un programa entre otros, la gente que lo usa gente que también conforma el gigantesco entramado social en el que todos nos movemos. El hecho de que un programa muestre un sector nunca demasiado mostrado de la sociedad en la que vivimos, y que ofrezca un servicio accesible a determinadas experiencias existenciales no parece ser motivo para despreciar a nadie.

Y la asistencia que ofrece no es bobalicona, al menos en lo que el cronista pudo apreciar. Ella no consuela a las personas que llaman, las trata con cierta rudeza, no se hace la buena, intenta ayudar pero sin dorarle la píldora a nadie y sin intentar que nadie se ahorre su propio conflicto. Es una línea mucho más sabia que la conmiseración que suele abundar en la televisión de hoy.

Conclusión: volver a verlo es verlo desde un nuevo momento y tal vez ver cosas nuevas. Es un programa interesante.

 

 

 

 
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