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1999 - Revista 3 Puntos

Cine Cosmos, ciclo del mediodía

Lunes 12:30 del mediodía. Avenida Corrientes, Cine Cosmos 70, perdón, Cosmos a secas. Se proyecta una película polaca de 1967, "El valle de las abejas", de Frantisek Vlacil. En la calle el tráfico se arrastra, los colectivos 60 pasan con lentitud, como si estuvieran dormidos. Las veredas están repletas, los kioscos henchidos de publicaciones, los floristas atareados preparan los ramos. A cien metros del cine hay una cola de más de media cuadra de jóvenes que buscan trabajo. Es un día gris y hace mucho frío. Adentro de la sala alrededor de 25 personas comienzan a ver las imágenes en blanco y negro.

La historia transcurre en el medioevo, es lenta y densa, los personajes son hermanos de una orden religiosa severísima, y someten sus cuerpos a privaciones y tormentos. ¿Quiénes son estas personas que acuden a la función del mediodía del cine Cosmos? ¿Amantes de la orden del cine? Hay un viejo medio pelirrojo con un sobretodo largo, hay un pibe con cara rara, como si él mismo saliera de la película polaca. Hay una pareja mayor bastante arropada. Es gente que trata a Buenos Aires como si fuera Nueva York, una ciudad con una oferta cultural tan grande que hasta ofrece refinados ciclos de cine en pleno mediodía con una entrada de dos pesos.

Consultado, el señor de la boletería cuenta que la cantidad de público es variable, y que no responde a la expectativa que pueda despertar la película sino a otros misteriosos factores. Grandes películas se enfrentan a una sala casi vacía, mientras que películas desconocidas pueden contar de pronto con más de cincuenta personas. El ciclo comenzó en Enero y va a continuar sin límite. Semejante emprendimiento es casi un servicio público, una especie de asistencia cultural a los espíritus más ávidos.

La película es tremenda, fuertísima, maravillosa. La época es aun más dura que la nuestra, con una pobreza y una violencia que pone los pelos de punta, y el ritmo de la historia comunica esa extraña mezcla de santidad y sordidez en la que se pierden los personajes. Como tantas veces, se sale del cine iluminado, trastornado por el silencio de ese medioevo polaco. Y al salir sigue la ciudad en pleno movimiento, con la avenida lenta y los colectivos casi anclados en el tráfico. No hay silencio, no hay polacos -bueno, alguno siempre hay-, no hay órdenes medievales ni espadas con cruces, pero nadie puede decir que no haya una aventura de la que uno es protagonista. ¿Será buscando esa sugestión que estos espectadores se sumergen a mediodía en una sala de cine en pleno centro de Buenos Aires?

 

 

 

 
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