Cine Cosmos, ciclo del mediodía
Lunes 12:30 del mediodía. Avenida Corrientes, Cine
Cosmos 70, perdón, Cosmos a secas. Se proyecta una película polaca de
1967, "El valle de las abejas", de Frantisek Vlacil. En la calle el tráfico
se arrastra, los colectivos 60 pasan con lentitud, como si estuvieran
dormidos. Las veredas están repletas, los kioscos henchidos de publicaciones,
los floristas atareados preparan los ramos. A cien metros del cine hay
una cola de más de media cuadra de jóvenes que buscan trabajo. Es un día
gris y hace mucho frío. Adentro de la sala alrededor de 25 personas comienzan
a ver las imágenes en blanco y negro.
La historia transcurre en el medioevo, es lenta y
densa, los personajes son hermanos de una orden religiosa severísima,
y someten sus cuerpos a privaciones y tormentos. ¿Quiénes son estas personas
que acuden a la función del mediodía del cine Cosmos? ¿Amantes de la orden
del cine? Hay un viejo medio pelirrojo con un sobretodo largo, hay un
pibe con cara rara, como si él mismo saliera de la película polaca. Hay
una pareja mayor bastante arropada. Es gente que trata a Buenos Aires
como si fuera Nueva York, una ciudad con una oferta cultural tan grande
que hasta ofrece refinados ciclos de cine en pleno mediodía con una entrada
de dos pesos.
Consultado, el señor de la boletería cuenta que la
cantidad de público es variable, y que no responde a la expectativa que
pueda despertar la película sino a otros misteriosos factores. Grandes
películas se enfrentan a una sala casi vacía, mientras que películas desconocidas
pueden contar de pronto con más de cincuenta personas. El ciclo comenzó
en Enero y va a continuar sin límite. Semejante emprendimiento es casi
un servicio público, una especie de asistencia cultural a los espíritus
más ávidos.
La película es tremenda, fuertísima, maravillosa.
La época es aun más dura que la nuestra, con una pobreza y una violencia
que pone los pelos de punta, y el ritmo de la historia comunica esa extraña
mezcla de santidad y sordidez en la que se pierden los personajes. Como
tantas veces, se sale del cine iluminado, trastornado por el silencio
de ese medioevo polaco. Y al salir sigue la ciudad en pleno movimiento,
con la avenida lenta y los colectivos casi anclados en el tráfico. No
hay silencio, no hay polacos -bueno, alguno siempre hay-, no hay órdenes
medievales ni espadas con cruces, pero nadie puede decir que no haya una
aventura de la que uno es protagonista. ¿Será buscando esa sugestión que
estos espectadores se sumergen a mediodía en una sala de cine en pleno
centro de Buenos Aires? |