Coppola en Buenos Aires
En el escenario del Alvear hay un gran sofá rojo
y dos silloncitos grises. El público hace recordar una frase de Alberto
Ure: Los argentinos que creen en el cine. Un flaco le explica a
su amigo una escena de alguna película haciendo el gesto de la cámara.
Es fácil y muy útil. Aquí va la descripción para el que no lo sepa: palma
hacia arriba, índice y medio extendidos y abiertos, anular y meñique replegados,
sostenidos por el pulgar; se señala con el espacio libre entre índice
y medio. En un palco el pérfido y su novia guitarrista: ¿por qué se tiende
al resentimiento frente a la gente con poder, aun cuando hacen cosas buenas?
Estamos plagados de actos reflejos, y no siempre son valiosos.
Se aplaude reclamando el comienzo. En la última fila
de la platea Mirta Busnelli se sienta y se para mil veces. La gente de
cine son como intelectuales pero un poco más glamorosos. Hay otras opiniones: ¿Querés que te diga la verdad?, le dice un flaco a una chica de
pelo largo y boca sutil, la gente de cine no me cae bien, están siempre
queriendo mostrar que tienen mucha onda. ¿O será que la tienen?
Aparece el presentador en el escenario. Dice que
está nervioso, que tenían la confirmación hace un mes pero no se animaban
a difundir la noticia porque no se lo podían creer. Entra Coppola. Aplausos,
la sala de pie. Barba canosa, camisa turquesa bajo el traje gris verdoso.
Corbata roja. Se aclara que puso como condición que el encuentro durara
media hora. Las preguntas fueron hechas por críticos de cine. Coppola
se sienta, agradece y hay nuevos aplausos. Dice que está muy contento
por haber venido. Que el festival invitó a su hija Sofía y que él vino
como su chaperón. Risas, aplausos. Cada cosa que dice recibe aplausos,
como si fuese un bebé retrasado y no un artista completo. Y también trajo
a su hijo Román, dice, pero a Román nadie lo aplaude.
¿Qué dijo? Muchas cosas, con buen criterio. Esas
cosas que dicen los creadores volcados al trabajo y no a la especulación.
Recomendó a los cineastas en formación hacer obras de teatro de un acto,
para aprender a trabajar con actores y tener la posibilidad de observar
una audiencia. Dijo que todas las películas que hizo las consideró experimentos
para obras futuras. Que siempre está aprendiendo, que lo que se sabe del
cine es una porción mínima de lo que puede saberse. Que lo más importante
que aprendió con los años es a tener confianza en sus instintos e ideas.
Que las cosas por las que se critica a un artista son las mismas por las
que suele ser recordado tiempo después.
En determinado momento hubo un error del traductor.
Coppola mencionó al pasar su película Apocalipse now y el traductor
no alcanzó a entender y dijo algo parecido. Para qué. El público se regocijó
en escarniar al traductor. Otro de esos actos reflejos que el sujeto corriente
lleva en sí: el tarascón crítico. ¿Acaso un traductor no puede equivocarse?
¿No puede estar nervioso? Esos actos reflejos chotos brillaban por su
ausencia en la actitud clara de Coppola. Contó que muchas de sus películas
fueron hechas por encargo, trabajos. Que para él era raro que se lo recordara
principalmente por El Padrino, que fue uno de esos encargos. Que
cuando le encargan un trabajo trata de encontrarle algo que le guste del
proyecto, y que la vez que más le había costado fue con Peggy Sue,
hermosa película si las hay. Repitió: lo más importante que aprendí es
a confiar en mí mismo sin que me importe la crítica.
En la sala sin luz, el flaco que detestaba a la gente
de cine dejó de hacerse el indiferente y pasó un brazo por los hombros
de la chica de pelo largo. Terminada la media hora Coppola propuso responder
algunas preguntas que le hiciera la sala. Uno le preguntó, con la indignación
vibrándole en la voz, sobre el premio a Elia Kazan. Coppola explicó: él
había leído su autobiografía, en la que Kazan explica la situación que
había vivido en ese difícil período, la explicación lo había satisfecho
y había votado a favor del premio. Aplausos y silbidos, pocos. Respondiendo
a otra pregunta explicó que para él hacer una película era como hacer
una salsa, que había que tener paciencia y revolver durante mucho tiempo.
En el final subieron al escenario Darío Lopérfido
y Andrés Di Tella a entregarle una distinción del Gobierno de la Ciudad
como visitante ilustre. Pocos aplausos y chiflidos ya más intensos. ¿Por
qué protestan, si la ciudad en la que viven decide agasajar a un visitante
que ellos mismos reverencian? Lo traen y lo tratan bien, ¿también está
mal eso? |