Los destinos de la ópera
Los escenarios hablan por sí mismos, y tal vez no
haya diferencia más grande entre lugares que albergan espectáculos públicos:
la empinada y violenta cancha de Boca y el delicado pero dominante Teatro
Colón. Mercedes Sosa es una artista popular y no llama la atención el
verla en un espacio de este tipo, pero con Pavarotti, estrella de uno
de los más refinados géneros musicales, la cosa es distinta. En la tribuna
de la cancha de boca un empleado de "Control", un enorme físicoculturista
con un handy en la mano, termina de comerse un helado palito, relamiéndose
como un chico crecido. Ya actuó Mercedes Sosa con su banda y con ella
también un coro de trajeados, que parecía una visión, suspendido en una
especie de cielo angélico dentro del escenario. Estamos en la pausa. Estas
tribunas, que los días de fútbol están abarrotadas de fanáticos, de hombres
en clave de fútbol, son hoy recorridas por gente de lo más tranquilas,
hombres pacientes, mujeres y niños, mucha tercera edad. Llama la atención
ver tanta mansedumbre en un entorno generalmente tan sacado. Mercedes
Sosa vuelve al escenario y presenta a Pavarotti: "Un ser humano que canta",
dice, y entra el urso. No es fácil captarle la onda a Pavarotti. En su
actuación fue profesional, intenso, sorprendente, emotivo. Es difícil
saber qué le pasa a él, ¿qué significará para una gloria de la ópera internacional
adentrarse en el público popular, salir al mundo, difundir, enriquecerse,
perderse o encontrarse, superarse, redimirse? Meterse en semejantes cuestiones
es poner el pie en arenas movedizas, pero oyéndolo cantar -parece que
grita pero no, nunca el más mínimo esfuerzo para sacar una voz grande
como la cancha entera- es común planteárselas.
El momento tuvo sus facetas graciosas, que provinieron
de pensar que a Pavarotti también se lo podría contratar para que gritara
los goles. Y que ese reflector que desde el otro lado de la cancha lo
iluminaba podría también usarse en los partidos nocturnos para seguir
a Palermo o al mellizo. Por suerte a nadie se le ocurrió que Pavarotti
cantara "Dale tu mano al indio", como algunos alarmistas creyeron. Mercedes
Sosa cantó con sencillez y sentimiento y eso bastó para no desentonar
con el vozarrón dramático de Pavarotti. Las dos canciones que hicieron
a dúo fueron sobrias y hermosas.
El domingo a las 17hs actuó en el Colón el tenor
José Cura, el joven argentino que triunfa en los escenarios operísticos
del mundo, haciendo el Otello de Verdi. El teatro estaba lleno. El espectáculo
duró más de tres horas. Cuatro actos de media hora cada uno y entre ellos
aproximadamente 20 minutos de descanso. No estaba la gente fina que uno
puede imaginar si no frecuenta el ámbito. Algunos, tal vez, pero sobre
todo mucha gente normal, muchos jóvenes. El Colón es un teatro llamativo,
por lo hermoso, pero también por ser un teatro en el que desde algunas
butacas el escenario no se ve. Hubo espectadores tan inclinados hacia
el vacío que resulta llamativo que a lo largo de su historia no haya tenido
el Colón más accidentes que la bombonera. Tal vez no ver sea mejor, porque
es un teatro para escuchar, y tanto es así que cualquier tos resuena en
la sala como un exabrupto. Eso genera una atmósfera de intimidad, en la
que el sonido es de una delicadeza increíble. Hubo hermosos momentos de
música, y para apreciarlos no había que ser un entendido en ópera ni nada
parecido. La ovación que cerró el espectáculo fue emocionante. El público
adoró a los cantantes, y no sólo a Cura, sino también a la cantante Verónica
Villarroel, que hacía de Desdémona, esposa de Otello. La obra empieza
como si ya estuviera terminando, con el coro fuera de sí, y casi todo
el trayecto de la tremenda historia es de una intensidad completa. Sinopsis:
Otello mata a su esposa loco de celos y luego se entera de su inocencia.
Todo era un invento del cagador de Iago, un plan para arruinar a Otello.
Cuando este se entera de su error se mata sobre el cadáver de su
amada.
¿Qué es la ópera, música de dibujos animados, una
grasada culta, un melodrama mitológico, una ridiculez que se vuelve pasión,
la bailanta espiritual, una dramaticidad absoluta e inconsciente, una
ridiculez hermosa? ¿Qué es? Posiblemente lo que haga atractivo a Pavarotti
para un público tan amplio es que a través suyo consigue un atajo para
penetrar en esta música refinada y emotiva. Sin negar las condiciones
excepcionales de su voz, es posible que por esta vía mucha gente disfrute
de algo que creía destinado a otros: el mundo de la música clásica, música
de aventuras. |