Disquería Miles
Es una esquina antigua de Palermo Viejo, que podría
haber sido -y tal vez alguna vez fue- un almacén. Honduras y Gurruchaga.
Ahora está pintada de blanco y remozada, y por las ventanas se ven libros
y compacts. Al entrar suele haber música sofisticada sonando, voces femeninas
en un jazz a medias cansado y a medias sensual. La habitación más grande
es una disquería, la de al lado es una librería, y por allá, al fondo,
hay una habitación más chica en la que funciona una especie de almacén:
pastas importadas, algas para sushi, salsas, los mejores vinos, manjares
en abundancia. El nombre del negocio es "Miles", pero aunque tiene su
origen en Máils Déivis, sus dueños prefieren decir "Miles", en castellano.
La música sofisticada lucha contra un sonido molesto:
el flaco que está en la caja escucha el partido. La mina que canta sinuosamente
lucha contra el desesperado que narra las aventuras de la pelota. Es Domingo
y ya están las luces prendidas, y unas chicas que hojeaban hermosos libros
de fotografías deciden seguir viaje. "Me quedaría a vivir aquí", dice
una de ellas, saliendo, pero no han comprado nada. ¿Funciona como negocio?
Sí, dice el flaco que está en la caja, que se llama Diego Olinik y es
uno de los seis comerciantes de la zona que se asociaron para abrir este
"centro de consumo de vicios", dicho en sus mismas palabras.
Es extraño como suenan los parlantes, cuantos graves...
Claro, es un equipo impresionante, y además qué arreglos originales, el
bajista es un genio, cuanto agrega a la insulsa que parece eternamente
recostada en un sofá. No, error, es que en la casa de al lado debe haber
un grupo ensayando. Claro, si el piso está temblando... Diego, ¿ensaya
un grupo por aquí? No es eso, explica, en el sótano hay un local de venta
de equipos de audio. Se baja por una escalera y luego de pasar por una
puerta aislante se entra en una oscuridad llena de lucecitas de equipos
encendidos. El volumen de la música es gigantesco y en una pantalla grande
como el mundo se ve a los Stones en vivo. Encienden una luz y hay seis
personas tiradas en unos almohadones en el piso en estado de éxtasis rockero,
¿clientes o amigos?
El hermoso local se completa con un patio. Hay una
máquina de café y otra de gaseosas, como si fuera un lugar para estar
y no sólo para comprar. Un negocio armado por una especie de cooperativa
comercial cultural para la felicidad. Para la de ellos, pero también para
la de sus clientes. A una cuadra de la placita de Serrano, ¿será que la
belleza del barrio es fecunda y se reproduce en estas nuevas iniciativas? |