Exposición Dalí en la Rural
Es tanto el valor que la seriedad de la cultura
le asigna a algunos nombres y a algunas obras, que la posibilidad de colocarse
frente a una tela o una escultura de uno de estos grandes llega a ser
vivida como un contacto con algo superior. "El cuadro estuvo frente a
él, fue pintado por él, y ahora yo estoy frente al cuadro: ¡justo donde
estuvo él!" Dalí: el nombre resuena con la grandilocuencia pavota de sus
miradas, esa que se ve en las decenas de fotos incluidas en la muestra.
Ese valor atribuido a una obra, esa experiencia casi sagrada de contactar
con un objeto que resulta casi una reliquia -"son" reliquias del
arte de nuestro propio siglo- debe ser la base sobre la que una exposición
de este tipo puede cobrar una entrada de 6 pesos.
Algo así les debía pasar a los muchos que asistieron
el viernes a la inauguración de la exposición "Dalí Monumental". "No
vino nadie, está Perez Celis", dijo el productor de CQC, a la caza
de alguna personalidad a la que escrachar, perdón, entrevistar. Es imaginable
la frustración de esos movileros, estaban frente al entrevistado perfecto
pero este no les daba las más mínima bola: Dalí. Fue una de esas inauguraciones
en las que hay tanto para tomar y comer que después el cronista se siente
en falta si no dice cosas lindas del evento. Había un sinfín de promotoras,
esas muchachas cuyo tipo de belleza es como el de las azafatas, lindas
a medio camino, la segunda selección de la belleza. ¿La primera son las
modelos? Son las sencillas chicas lindas que no promueven sino su misma
vida.
No se trata de cuestionar el lugar que Dalí ocupa
en la historia del arte, sino de insinuar que su mayor talento no fue
plástico sino pensante. Al menos esa fue la opinión de una de sus más
extrañas esculturas, dicha en susurros tras la abundancia de champán,
o de ese vino tan de moda como feo de gusto (etiqueta roja). La cabeza
de animal mitológico preguntó: "¿han leído los libros de Salvador?
Demuestran mucho más talento y penetración y verdad que la mayor parte
de sus pinturas y grabados. Dalí es un gran escritor, un escritor genial,
un pensador original y profundo, y además una vida vivida de una forma
única. Yo soy sólo una de sus formas". En su vientre abierto había
una langosta estacionada.
Una opinión tan poco común merece ser investigada.
En el libro de Alain Bosquet, llamado "Entrevistas con Salvador Dalí",
se lee: "El lado pintor es en mí el menos importante. Lo que cuenta es
la estructura casi imperialista de mi genio". Esta autoconciencia nada
modesta es una de sus características más llamativas, pero no es su cualidad
fundamental. En otra página Bosquet le pregunta si no le molesta que los
jóvenes no conozcan su pintura -el libro es del 66-, a lo que Dalí responde:
"Es a usted al que le molesta eso. A mí lo que me da placer es que mucha
gente común, que no entiende nada, pueda decirme Hola, salvador. Me importa
poco que se me tome por un pintor, un hombre de la televisión, o un escritor.
Lo principal es que haya un mito Dalí, incluso incomprendido, e incluso
enteramente falso. Soy un personaje extraordinario, inclasificable. Eso
alimenta y reafirma el queso gruyere total de mi personalidad".
¿La exposición es un aporte al arte o un negocio?
La pregunta tiene lugar junto a un rinoceronte adornado como para ser
la cabalgadura de un rey, o junto a un Cristo que se ve tridimensional
mediante un truco de espejos. En el contexto Dalí "negocio" no es una
mala palabra, ni impide el arte. "Mi ética excepcional es infalible. Vivo
allí donde hay más dinero. Vivo en América porque estoy en medio de una
cascada de cheques que llegan como una diarrea", explica Dalí. Y cuando
Bosquet le pide opinión sobre una tela que considera poco "divina", su
Cena, Dalí responde: "Mi estrategia funcionó: me dije que iba a pintar
telas más populares que cualquier otra en el mundo. Fue una performance
maravillosa. Diría incluso que ese cuadro es mil veces mejor que toda
la obra de Picasso reunida". Y para que no queden dudas acerca de la claridad
de su conciencia: "Soy un gran cortesano, y me especializo, como todos
los cortesanos, en lamer el culo de todos las personas importantes y de
todos los reyes, comprendidos Rafael y Velazquez".
Tal vez la muestra no tenga las mejores obras de
Dalí, ni transmita con plenitud su espíritu. Tal vez sea una muestra a
medio camino, que se presta más a la contemplación idolátrica que a la
iluminación daliniana. No importa, son los lógicos malentendidos que despierta
los frutos de una sensibilidad tan única como valiosa. Pero sobre todo:
hay que leerlo. |