Rapidísimo, de Héctor Larrea
Al entrar en el universo sonoro de Héctor Larrea
pasa como cuando uno va al Tigre, se respira un aire del pasado. No es
una crítica, es una constatación, los tiempos siempre estuvieron mezclados
y esa mezcla es parte de la riqueza del mundo. En la puerta de la radio
hay un chico raro pidiendo autógrafos. Sale Santo Biasati y el chico lo
palmea mostrándole un afecto que no pega con su gesto severo.
La puerta del estudio está abierta y circula gente
todo el tiempo. Hablan, se ríen, comentan. Se pide silencio, se cierra
la puerta, y al minuto se abre otra vez, entran, hablan, se ríen, comentan.
Son los columnistas que esperan su turno, pero que al esperar integran
ese ambiente que después al ser escuchado desde la calle se percibe como
una situación muy viva. Sobre una mesa en el fondo hay una virgen. No
una nena, una virgen religiosa, extendiendo sus manos como señalando la
evidencia, inmaculada, en una cajita clara protegida por un vidrio.
Larrea está elegante. Pantalón gris, zapatos negros
brillosos, camisa celeste, de esos celestes distinguidos que colocan al
torso en una envoltura de buen gusto. Su pelo encaneció un poco más, pero
su porte no afloja, es el de un hombre fuerte, de sonrisa entradora. Larrea
es una especie de tío universal, de tío de todos.
Su voz firme, clara, un poco exaltada, permite fijar
la realidad en una forma quieta, que ayuda a que las cosas no se pongan
raras, a que los fantasmas de cada uno no se derramen y entorpezcan la
vida. Larrea, la radio en general, funciona como un tranquilizador de
ambientes. Junto a él una locutora que parece haber existido siempre -no
por su edad, sino por su estilo-, Liliana Bejarano. Juntos hacen una pareja
de voces tan característica que daría la impresión de que el programa
no necesitara nada más. Es un ambiente logrado, lleno de risas sólo a
medias contenidas, de chistes sonsos, de familiaridad completa. Todos
fuerzan un poco la risas, las subrayan, pero sin embargo no son risas
inauténticas. Provienen de la excitación del aire, de personas sensibles
a ese llamado.
En el estudio el sonido de las voces son como un
paisaje. Es todo tan porteño, es tanta la evidencia de realidad que se
produce cuando esas voces fuertes irrumpen que parece que se vieran fotos
de la ciudad. Se sienten los taxis con la radio prendida, las casas en
las que esas voces resuenan desde hace tantos años. La ciudad está impregnada
de Larrea, tanta onda dibujada por su voz llegó a plasmarse en las paredes
como un barniz. Es algo fuera del tiempo, un fenómeno natural, como la
lluvia.
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