Si lo sabe cante, cante con Galán
En el pasillo un cartelito dice: Al público que
viene a cantar: Estos temas han sido cantados más de una vez. Y está
la lista. Sugerimos cambiar de canción. Las tres secretarias salen
de su camarín, avanzan unos metros y entran al estudio. Son las 12:26,
la tribuna entera les grita. Hay gente hasta el techo. Se anuncia la llegada
de Galán, Ro-ber-to, Ro-ber-to. Entra y hay una ovación. La gente está
contenta de verdad. Hay música y el show ya empezó, pero todavía no estamos
al aire. Un segundo más y ahora sí, empieza el programa. Un gordo con
un aire a Rada (Lucho Pintos) hace gritos típicos. Galán está más allá
de todo, con un calma no ya profesional sino espiritual. En uno de los
lados del estudio Alicia, su joven y atractiva mujer, coordina el programa.
Participante número uno. Roberto, de Beccar. Va a
cantar un tango, dedicado a su familia. Seguro que canta mejor, pero ahora
está nervioso. Galán, parado a un costado, lo mira. En lo más intenso
de la canción hay aplausos. La banda es una suma de músicos recauchutados,
con sacos venidos de anteriores trabajos. Participante número dos: Maria
Fernanda y Lito, no videntes. Él, canoso y pequeñito; ella con un brazo
enyesado. Pide que los traten como a cualquier otro. Aplausos. Dedican
la cueca a otra ciega, Daiana, a todos los de Pilar, y al público. Cuando
pa Chile me voy, cantan. Un campanazo subraya los finales de los temas.
Participante número tres. Para mi mamá que me está mirando, para Celia,
para la remisería de Larrea y para el intendente de Zárate. Va a cantar Rosa, Rosa. Se lanza en una mímica frenética similar a la de Sandro,
pero todos sus gestos parecen como si ventilara su miembro. Casi no canta,
pero hace un show de poseso. Por sus movimientos recuerda a Steve Martin.
Las secretarias se sienten llamadas y bailan con él. Campanazo. Al corte
con La Bamba.
Se dicen los premios. El ganador se lleva 500 pesos,
el segundo se lleva una plancha, un canario con su jaula, una cena para
dos y algo más. Vuelve el aire. Los participantes se suceden, hasta llegar
al sexto. Estoy muy contento de estar de nuevo aquí después de 17 años.
Galán se asombra. El tipo saca la medalla que prueba que ganó una vez,
cuando el programa estaba en Canal 11. Va a cantar Volver. Se lo
dedica a su familia y a sus compañeros del Aeropuerto de Ezeiza. Canta
y las secretarias ondulan a un costado. Y volver, volver, voooolveer.
Tiene un vozarrón, se presiente que es el ganador. Volver a tus brazos
otra vez (¿se lo dirá a Galán?), no sé perder... (pobre si
pierde). O-tra, o-tra, o-tra. Al corte. Un tipo vende bebidas.
Una señora de 115 años habla con las secretarias. El gordo sortea gorras.
El baterista se para y se arregla el pantalón.
El relato podría seguir detalladamente y sería interesante
hasta el final. A un concursante, que dedicó su tango a sus compañeros
municipales, le acercaron al bandoneonista para orientarle el oído,
según dijo Galán. Otro hablaba en versito. Si tomamos un vermouth /
que no falten las papafritas / vaya todo mi amor / a esta tribuna bonita.
No cantó, pero hizo un show completo, sanateando en inglés. Desde arriba
de la tribuna, el número tres, el que hacía de Sandro, lo seguía, poseído
por el demonio de la danza. De cara el bajista se parecía a Miguel Grinberg,
la misma barba melancólica. La participante número 13, de González Catán
cantó Destello, porque no sé lo que me pasa con ese tango.
En cada corte la gente se sacaba fotos con las chicas o con Galán.
El tono de Galán es de una sobria autoridad. Galán
dice: ésta es la fiesta de todos los días, y ver a la gente
hace que no haya nada que agregar. Empataron el participante seis con
el diez, que cantó un valsecito entrador, menos virtuoso pero igualmente
efectivo.
Viendo este programa se aprenden muchas cosas, de
la televisión, del canto, y también de la realidad en que vivimos. Hasta
es posible que el chivo y el saludo hayan nacido a la sombra de Galán.
El éxito histórico del programa se debe a una intuición de su conductor,
pero también a la pasión popular por el karaoke. Los participantes son
gente que le creyó a la esposa o a los amigos que cantaban bien y se mandaron.
Si observáramos atentamente a estos amateurs descubriríamos el trasfondo
de los profesionales: la misma mímica dramática, el mismo amor incondicional
por la tribuna, caricaturizados.
Como televisión, se puede decir que es el pasado,
pero como en el caso de las tribus primitivas, un pasado que está vivo
y goza de buena salud. En general se podrían decir muchas cosas críticas
e ingeniosas, pero al salir del estudio se tiene la sensación de poseer
una clave nueva y fundamental para entender a la gente que circula por
la calle. ¿Eso no es valioso?
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