El mundo según los pies
Trabajo de campo. Avenida Congreso, Núñez, sábado
a la mañana. Camino mirando para abajo. Lo que hay en el piso: trozos
de carteles rasgados, un poco de telgopor, un pucho, una bolsita blanca
con basura cerrada con un nudito, caca de perro, una factura medio mordida,
más caca de perro -esta seca, de semanas atrás, tal vez-, un pedacito
de vidrio verde, una tapita de botella de agua mineral, un pedazo chico
de mampostería, una palita de helado, violeta. El agua que corre junto
al cordón -como un Paraná de este mundo pequeño-, en el semicírculo de
la esquina: un embalse hecho de hojas de plátano, un volante de compra
de antigüedades con la imagen de un cuadro viejo, un envoltorio de chicles
de menta, semillas de otro árbol, un boleto de colectivo. Cruzo la calle.
Subo al otro cordón.
Una paloma nerviosa picoteando algo. Una ramita cortada
en dos. El papel de un caramelo media hora. Una plasta de cemento y canto
rodado (los verdaderos rolling stones). Chicles pegados desde hace 4 o
20 años (se podría estudiar con método científico la antigüedad del descuido).
Una botella de gaseosa chica con la pajita todavía insertada en ella (como
si la botella hubiera muerto por su causa). La huella de la caída de un
líquido pringoso. Letras trazadas en el cemento, iniciales de quién sabe
qué individuo queriendo trascender. El mundo paralelo en el que viven
nuestros pies, nuestra base.
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