El Obelisco ausente
Muchos han especulado acerca del efecto que causaría
la ausencia repentina del obelisco. La conjetura más frecuente dice que
la desaparición de ese falo desproporcionado nos dejaría en un estado
de anarquía, como si el relativo orden que disfrutamos estuviera fundado
por esa construcción elocuente. Los padres de la ley habrían dicho: así
como hemos puesto este coso gigantesco acá podríamos haberlo puesto en
tu cabeza, ciudadano, no te hagas el canchero.
Un terrorismo simbólico podría decidir suprimirlo,
para provocar en el imaginario colectivo una conmoción superior a la que
produciría la caída del estado. ¿No haríamos bien, ya que hemos reformado
el estado, en reformar también el obelisco? ¿Y si lo hiciéramos más pequeño
y funcional, tal vez móvil incluso, como para que pudiera llevarse de
paseo por las provincias y comunicar así un auténtico proyecto federal?
Muchos han dicho también que es un monumento estúpido.
Pero lo dicen por mero ejercicio de porteñismo, es decir, de crítica constante
y desenfocada: seguro que el de Washington lo toleran bien, o que su antecedente
egipcio les parece una maravilla. ¿Por qué estúpido? ¿Porque es grande,
pretencioso, falocrático, bravucón, farolero? ¿O porque su diseño es sobrio
y monótono? Modernos intérpretes lo consideran un gigantesco fuck you,
un cínico gesto del país al mundo. Lo cierto es que la tarea ha sido abandonada
y que es necesaria: hay que entender qué es el Obelisco.
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