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2000 - Clarín - Calles de Buenos Aires

El Obelisco ausente

Muchos han especulado acerca del efecto que causaría la ausencia repentina del obelisco. La conjetura más frecuente dice que la desaparición de ese falo desproporcionado nos dejaría en un estado de anarquía, como si el relativo orden que disfrutamos estuviera fundado por esa construcción elocuente. Los padres de la ley habrían dicho: así como hemos puesto este coso gigantesco acá podríamos haberlo puesto en tu cabeza, ciudadano, no te hagas el canchero.

Un terrorismo simbólico podría decidir suprimirlo, para provocar en el imaginario colectivo una conmoción superior a la que produciría la caída del estado. ¿No haríamos bien, ya que hemos reformado el estado, en reformar también el obelisco? ¿Y si lo hiciéramos más pequeño y funcional, tal vez móvil incluso, como para que pudiera llevarse de paseo por las provincias y comunicar así un auténtico proyecto federal?

Muchos han dicho también que es un monumento estúpido. Pero lo dicen por mero ejercicio de porteñismo, es decir, de crítica constante y desenfocada: seguro que el de Washington lo toleran bien, o que su antecedente egipcio les parece una maravilla. ¿Por qué estúpido? ¿Porque es grande, pretencioso, falocrático, bravucón, farolero? ¿O porque su diseño es sobrio y monótono? Modernos intérpretes lo consideran un gigantesco fuck you, un cínico gesto del país al mundo. Lo cierto es que la tarea ha sido abandonada y que es necesaria: hay que entender qué es el Obelisco.

 

 

 

 
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