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2000 - Clarín - Calles de Buenos Aires

El resentimiento del taxista

La mayor parte de los ciudadanos no somos taxistas. Es una obviedad, pero está bien decirlo, ya que en muchos aspectos estamos dominados por los taxistas. Este es uno de los temas sobre los que nadie se atreve a decir la verdad, o ni siquiera lo que piensa. O si se atreve lo hace en la taciturnidad de su hogar, pero no en público. Las radios llegan a colmos de obsecuencia, porque quienes trabajan en ellas temen las represalias. Una de las características de los taxistas es la de estar muy atentos a lo que sucede en los medios de comunicación, y la de poder recordar con detalle a los que aparecen en ellos.

¿Qué hay que decir? Que son una raza prepotente y canalla, que se comportan nefastamente en las calles, despreciando el tráfico, atentos sólo a su necesidad, con un egoísmo gigantesco. Todo conductor padece la velocidad cero a la que los taxistas circulan cuando ruletean buscando su cliente, su incapacidad para ceder el paso o adaptarse al movimiento general cuando por ejemplo deben pasar por el único canal habilitado en una calle demasiado ocupada. En circunstancias así el taxista sólo piensa en sí mismo, o más aun, disfruta de tener la oportunidad de retrasar a todos los demás. Y también todo conductor padece el cancherismo y la prepotencia de los mismos cuando, una vez conseguido el cliente, apuran con bocinazos o acosan con maniobras intolerantes a los que antes retrasaban. Es una conducta evidente y guacha, intencionadamente realizada con el objeto de tomar venganza de los que no son taxistas. Es bien conocida la tendencia del que posee un pequeño poder a hacerlo sentir sobre todo el que se le ponga a tiro. Está bien, es un oficio duro e ingrato, pero también deberíamos de una vez por todas dejar de ver al taxista como al ser más desafortunado del universo laboral, porque hay trabajos más duros, cuando no algo peor: la ausencia de trabajo. Y conste que no se habla aquí de las buenas personas que trabajan de taxistas, que también los hay y en una seguidilla de suerte puede uno encontrarse con varios de ellos seguidos. Hablo del oficio en sí, del estilo con el que se ejerce, de cómo poco a poco ese yiro constante por las calles de Buenos Aires va modelando la personalidad de los conductores de taxis transformándolos en seres resentidos. Muchos piensan como yo, pero nadie se anima a decirlo públicamente.

 

 

 

 
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