Tenedores libres
Ya el nombre de este tipo de restaurantes parece
un llamado revolucionario. La frase podría representar la aspiración utópica
por excelencia, el leit motiv de un mundo sin hambre, en donde cada tenedor
sea libre de pinchar lo que se le antoje. Desde hace ya unos cuantos años
nuestra ciudad se ha visto inundada por locales de este tipo, con gran
aceptación. ¿Por qué? Para empezar creo que el éxito se basa en la sensación
de extrema disponibilidad que tiene el comensal frente a tantas fuentes
ofrecidas. Debe ser el momento en que el porteño se siente más cerca del
rol de emperador romano que tanto hubiera disfrutado. Frente a la estrechez,
la real o la temida, ese universo de bandejas sumisas resulta un conjuro
eficaz, al menos por un rato. Luego tendríamos que computar también la
abdicación de los mozos, que pasan a cumplir un rol secundario, de reparto
de bebidas y recogida de platos usados. El mozo ha sido derrocado de su
antiguo lugar de poder, y el poder lo tiene un poco más el cliente, lo
cual es siempre saludable. Por último habría que señalar otro aspecto,
que no debe ser subvaluado: el de poder realizar las mezclas imposibles
en el servicio tradicional. Pescados mezclados con carnes vacunas, postres
con entradas, bocados japoneses junto a lujurias italianas, un crisol
de razas y sabores que sólo la desinhibición total de los tenedores ha
hecho posible. Nuevas libertades, que hace un tiempo no hubiéramos sabido
siquiera imaginar.
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