Bodypiercing
Es uno de esos temas que invitan a la guitarreada
teórica. Las psicopedagogas pueden ver en el bodypiercing un signo de
la degradación moral de nuestro tiempo, los vanguardistas pueden aludir
a una superación del cuerpo burgués, la proposición de una estética "jugada".
Para comprender el bodypiercing creo que hay que evitar endurecer ese
juego de interpretaciones. ¿Para dónde agarrar?
La referencia a las costumbres tribales de modificación
del cuerpo parece imponerse. Pero habría que ser cauto con esa relación,
ya que en una cultura indígena tal tipo de adornos es parte de la tradición
y en nuestro caso en cambio un desafío a la misma. El auge del bodypiercing
parece una continuación del auge del tatuaje. Pero el tatuaje es irreparable,
tiene el sentido de asumir para siempre una decisión, de comprometerse
a cargar con determinado símbolo de por vida. El bodypiercing es distinto,
parece un guiño invitante a cierta perversión sexual, como si quien lo
practica confesara abiertamente pero en clave atreverse a jugar con el
dolor, o a una relación corporal en la que el daño se incorpora como atractivo.
Una sensualidad que se jacta de ir hasta el extremo, pero ¿el extremo
de qué? En ambos casos, el del tatuaje y el del bodypiercing, son recursos
mediante los que una persona avanza en el camino de inventarse a sí misma.
En muchos casos parece ser el intento de representar una posición atrevida,
osada. También puede ser una forma de tratar de vivir este tiempo único,
tan moderno y reciente, que se resiste a convertirnos en hombres y mujeres
distintos. También, legítimamente, puede ser la búsqueda de la belleza
corporal, adaptándose a la saludable modificación de los valores estéticos
sometidos a ese paso del tiempo inevitable. En todo caso, al intento de
interpretación que se hace en líneas generales, hay obligatoriamente que
agregarle el eje del caso individual: es seguro que distintas personas
se hacen bodypiercing por distintos motivos y buscando distintas cosas.
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