El fin del mundo
Lo más grave en relación con el fin del mundo no
es su inminencia -el ritmo natural de las esferas no repara en nuestras
cifras redondas-, sino que vaya a suceder realmente algún día. Hagamos
lo que hagamos, hablemos con quien hablemos, consigamos la cooperación
de quién consigamos, lo cierto es que dentro de algunos millones de años
el sistema solar va a colapsar. Los detalles son muchos y poseen una dimensión
espeluznante, pero uno de ellos basta: la estrella que llamamos sol, antes
de apagarse, aumentará su tamaño hasta el punto de incluir en su perímetro
la órbita que ahora ocupa la tierra. Y ni hablar de las temperaturas previas
a ese hecho: el que esté en el planeta va a padecer un final mega operístico,
derritiéndose junto con su familia en lo que antes fue el fresco sótano
de su casa de campo.
No queda claro el por qué, pero lo cierto es que
la imaginación de ese final remoto causa sensaciones más graves que las
de la muerte personal, y eso que ya es bastante horroroso encontrarse
en uno de esos momentos de conciencia en los que la certeza del final
propio es rotunda: hay que levantarse, prender la luz, salir del cine,
encender la tele. Allí tampoco es la inminencia lo peor, sino la certidumbre
ineludible de que nada puede hacerse para cambiar ese hecho lamentable.
Dicen que Leonardo, Da Vinci claro, dijo al morir: "preferiría seguir..."
Lo mismo decimos o diremos todos, aunque no tengamos tantas cosas que
hacer como el gran maestro.
La imaginación del fin del mundo puede ser atenuada
con la fantasía de la colonización de otros planetas, externos a este
sistema solar. El hombre habrá escapado ya de esta atmósfera y sentirá
por otros mundos lo que hoy siente por los barrios. Pero hay algo peor:
el universo mismo es finito, y allí sí, no habrá adónde ir. Dicen los
que saben que esa finitud de las cosas es lo que las hace valiosas. ¿Será
por eso que se nos despierta el tremendismo apocalíptico frente a la llegada
del 2000, como una manifestación de amor por el caótico mundo que no nos
sacia? Tal vez es un juego colectivo, esto de tener miedo y tomarnos de
las manos para descubrir que el final no llegó -aun- pero que linda manito
tengo yo agarrada: ¿quieres tomar una caña conmigo? Anda, vamos... |