El sentido de la vida
Debe ser de las respuestas que la cultura humana
más querría tener, el santo grial, el eslabón perdido, la pieza del rompecabezas
que no aparece por ningún lado. Lo cierto es que la pregunta por el sentido
de la vida es tan amplia que podría ser bochada por su misma generalidad,
por considerar que el intento de responder algo tan abarcativo en un solo
movimiento es ya un intento condenado. En realidad, si ponemos la pregunta
en su contexto correcto, que es el de una vida que se pregunta y no
el de un problema abstracto general, se trata de una pregunta que
tiene lugar en determinados momentos del despliegue de una personalidad.
Es una pregunta que sirve a ese despliegue. Puede surgir en momentos de
angustia, o en momentos de cambios profundos (¿son lo mismo, siempre?),
puede ser el planteo de alguien que intenta desmarcarse del ámbito de
la religión o de quién busca justificación para entregarse a éste con
tranquilidad de conciencia, el planteo de quién vio de cerca a la muerte
y vuelve a considerar su vida con mirada nueva, la expresión de alguien
que vivió momentos importantes y quiere pasar en limpio las consecuencias.
Lo primero que sería conveniente hacer con la pregunta
es ubicarla entonces en su contexto adecuado, es decir, en el de una
sensibilidad que se elabora y se busca a través de este planteo. Es
decir, no es una pregunta que busque ni admita una respuesta única, general,
abarcativa de todos los casos, sino una pregunta que es parte de la cocción
de la sopa personal, una producción individual no arbitraria destinada
a ejercer de horizonte y ayuda de la aventura de vivir.
Sentir el sentido
Decir esto equivale a postular que cada vez que se
hable de sentido debe anteponerse a esta palabra la partícula LO. No se
trata de EL sentido sino de LO sentido. No solemos captar ese matiz de
la palabra sentido, pero es una expresión que alude de manera directa
a la sensibilidad, al sentir, a ese cúmulo constante y desordenado con
el que damos consistencia al mundo en nuestro cuerpo. El sentido es una
construcción personal ligada a determinaciones históricas y colectivas,
si se quiere, pero recolectadas para armar juego siempre desde una perspectiva
dramática real, es decir, individual. El sentido es una construcción personal
que se arma con todo lo que la sensibilidad del cuerpo que se pregunta
es capaz de producir y tejer. El sentido es una construcción que hace
el sujeto en función de lo que siente, es una imagen de sí proyectada
como horizonte de realidad.
De todas formas es bueno tener en cuenta que la pregunta
por el sentido de la vida conlleva un intento de eliminar la relativización.
No es un intento necesariamente maligno, es la esperanza de trazar unas
coordenadas válidas para toda vida, un eje que sirva de parámetro común
y logre eliminar o reducir al menos todo lo que resulta problemático en
el día a día de la existencia. Si descubriéramos la respuesta (EL sentido
de la vida) tendríamos un metro patrón para examinar y zanjar tanto la
diferencia conflictiva entre personas como todo tipo de oscuridades en
la experiencia de la vida. Parece que la afirmación de la vida siempre
requiere que la respuesta se estructure como verdad, y me cabe la duda
de si esa verdad puede ser afirmativa y relativa al mismo tiempo. Es posible
que para poder sentirse bien parado sea necesario considerar que la visión
propia haya dado con una clave de la vida misma y no simplemente con una
clave personal. Si bien también es cierto que saberla personal ayudaría
a permitir su implementación y también a poder afirmar deseos (o sentidos)
personales, que no deben cargar con el peso de ser responsables de todo,
que es lo que pasa cuando a la pregunta por el sentido de la vida no le
caben respuestas personales o parciales, respuestas amables que señalen
el sentido de la vida que cada uno es y no tanto el de la vida general,
que en definitiva no es nadie.
No queda otra, hay que sacar a la pregunta de esa
generalidad y sus tentaciones y plantearla en relación con la sensibilidad
que es la única capaz de elaborar ese sentido. La pregunta por el sentido,
abordada de esta forma, es en el fondo la pregunta por el deseo, por la
forma en la que ese deseo -siempre personal- se va a plantear como horizonte
social, o en el mejor de los casos, como horizonte personal. Cuando se
trata de una pregunta ligada a la experiencia concreta que intenta construir
a partir de ella debería ser reformulada como ¿Cuál es el sentido de mi vida? o en todo caso como ¿cuál es el sentido para mí de la vida
en general?
También existe el sentido
sin enunciados
Incluso es posible que ni siquiera pueda darse una
respuesta individual satisfactoria, que no exista ni pueda existir en
un sujeto una redondez explícita capaz de aparecer frente a tal pregunta
como respuesta. Y esto no querría decir de ninguna manera que el sujeto
es incapaz o tosco, sino tal vez lo contrario. Cuando el sentido se tiene,
se posee, la pregunta por él es posible que no aparezca. Sería una ingenuidad
y una falsedad decir que no se es un espíritu profundo si uno no se plantea
la pregunta por el sentido de la vida, porque el planteo puede darse aun
sin palabras (suele darse más de esa forma que de ninguna otra) y estar
presente en la problematicidad de una experiencia que vive sus sentidos
ligados productivamente a las cosas. La pregunta se expresa entonces en
los problemas y vivencias de la misma experiencia de vivir, envuelta o
codificada en los hechos, las emociones y las sensaciones. Se trata tal
vez de un sentido que se elabora en personajes o formas más que en conceptos.
La pregunta por el sentido es una pregunta planteada
y replanteada, en ciertos individuos dados a la conciencia y surge cada
vez que deben redefinirse los escenarios de esa vida. Es un catalizador
o elemento auxiliar que permite perfilar, a través de formulaciones generales
o metafísicas, deseos proyectados como realidad, armar escenarios para
la acción y pasión del sujeto. No tiene respuesta final adecuada, es una
pregunta pancito hecha para empujar los hechos de la experiencia de vivir
en determinada dirección necesaria. Una pregunta pretexto para cobijar
intentos de vida a través de las muchas respuestas posibles. No importa
tanto la respuesta que se dé sino el que se dé una respuesta y que esta
resulte útil, que permita mover la experiencia que moverse quiere.
Nadie elige su sentido
También es necesario entender que el sentido no es
una elección, es un resultado. La pregunta por el sentido de la vida,
que como vimos es relativa al sentido de la vida que uno encarna, es una
indagación sobre elementos dados en la propia sensibilidad que no pueden
ser alterados a voluntad. No puede una persona decidir que el sentido
de la vida es el de ayudar si su pasión personal es el poder, ni puede
hacerse creyente quien no encuentra verosímil la existencia de Dios, etc.
La pregunta por el sentido es así una pregunta por una verdad personal,
por lo fundamental en uno, por el principio organizador de la propia experiencia
de vivir.
"Ah, ¿estudiaste filosofía? ¿Cuál es el sentido de
la vida, che?"
Es un chiste pero también es cierto. Cuando alguien
se entera que su interlocutor es filósofo (es decir, que estudió filosofía)
suele surgir el tema del sentido de la vida como si se estuviera en presencia
de alguien capacitado para abordarlo. El sentido de la vida es percibido
como una de esas cuestiones fundamentales pero de tan básicas impensables,
no se sabe si un vicio de rebuscados o una cosa tan seria que lo más sensato
es eludirla. En realidad la capacidad para abordar la pregunta tiene más
que ver con la capacidad de vivir, de expresarse y descubrir en los hechos,
que en una voluntad abstracta o reflexiva.
La vida preguntándose por la vida, eso es la pregunta
por el sentido de la vida. Pero la vida no es un acto de conocimiento
sino una experiencia de ser. Hay que entender que la pregunta por el sentido
es parte de una vida, la expresión de un sujeto recreándose y no una pregunta
de la que pueda esperarse una orientación general ni una verdad última
sobre todo lo existente. En la medida en que esa pregunta pretende dar
con tal principio general es una pregunta que viene fallada, que condena
a dar vueltas interminables o bien a concluir una respuesta que va a actuar
como trampa para la diferencia posible, para la variedad de los vivos,
restringiéndonos a una opción como principio abstracto a aceptar sin vueltas.
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