Minifaldas: sinceridad del deseo
Las minifaldas deben ser entendidas como una exposición
del deseo, como un canto a la vida y a la vitalidad deseante de los argentinos,
como un elemento de vida, de crecimiento y de conciencia, representan
una afirmación de la sensualidad de vivir sostenida de manera firme en
las calles de la ciudad.
Hace unos años reinaba la histeria. Ahora la histeria
ha disminuido, recluyéndose en edades tempranas y en algunos casos patológicos.
Las minifaldas no representan la histeria, sino la exposición del deseo,
un brasilerismo de las argentinas que debemos aplaudir. El cuerpo disfrutado
y disfrutable, minifalda y tajo, escotes, remeritas livianas, caminar
libre y autoconocimiento: el deseo es parte fundamental de la vida. No
hay por qué pensarlo con mala conciencia como si fuera una promesa no
cumplida. Esas promesas se cumplen, y más se van a cumplir en la medida
en que no creamos que las minifaldas son muestras de histeria. La histeria
es la justificación de los temerosos y los neuróticos, una forma de disminuir
el impacto del deseo y sus consecuencias, el pretexto para no vivir lo
que se quiere vivir.
En este plano el avance de la sociedad argentina
es claro. Unas décadas atrás la anorgasmia femenina era un problema extendido.
La desmilitarización paulatina que vivimos, la globalización y su moral
más libertaria han profundizado el sentido de una transformación que asociamos
con el hippismo de unas décadas atrás. Son ya muchos años de minifaldas
en Argentina, y la labor formativa, educativa, de esa costumbre está muy
saludablemente instalada entre nosotros. Conclusión: no me parece adecuado
relacionar minifaldas y tajos con histeria. Creo al contrario que se trata
básicamente de una saludable tendencia de mostrarse, de un impulso antimojigato,
de una sinceridad del deseo.
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