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2002 - Clarín

No todo lo que pasa en la crisis es malo

La situación es tan grave que parece inadecuado hablar de otra cosa que de esa gravedad. El problema es que esta exasperación nuestra en la crisis no es ni será origen de lo que necesitamos para crear una realidad menos crítica. Nadie se cura a través del terror de estar enfermo, y tampoco una sociedad elabora las nuevas formas que necesita para salir de sus problemas a través del constante espanto de su propia situación.

El análisis minucioso de nuestra adversa circunstancia puede aportar elementos de juicio, pero eso no basta para crear situaciones distintas. El paso de la invención o la creatividad es otro, y aunque parezca un descuido, hay que poder faltarle el respeto a la gravedad para poder salir de ella. Hay que abandonar el temor, la sacralización de la crisis, y pensar y actuar con fuerza e ilusión. No es necesario que cada oración dicha o escrita dé testimonio de la gravedad, también puede proyectarse en el mundo nuestro deseo de plenitud. No sólo es legítimo, es lo más útil.

Está claro que no puede decirse que el momento sea bueno, pero tenemos el deber de ver lo "bueno" del momento, porque de eso depende que logremos liberar las energías creativas necesarias. Llamar a algo "bueno" en un momento como éste puede parecer de una ingenuidad casi perversa, pero sí, aunque parezca sacrílego, es necesario decirlo: no todo lo que pasa es malo. Si adoptamos por un momento la perspectiva de la historia (la perspectiva correcta para comprender fenómenos sociales, que tienen un ritmo completamente distinto de los acontecimientos personales) tenemos que aceptar la presencia de elementos nuevos en nuestra situación que abren posibilidades nunca antes vividas. Cada progreso social está acompañado de un enorme número de retrocesos -esto no es argentino, es universal- y se verifica tanto en el plano personal como en el social: no hay avance que no tenga un precio alto, no hay ganancia que no se construya sobre enormes pérdidas.

No hay secretos

La ilusión de obtener beneficios sin costo es algo que como país deberíamos poder superar. Llegar a esa madurez nos haría susceptibles de un crecimiento mayor. ¿O alguien puede creer que los países que hoy dominan el escenario internacional lograron su lugar de privilegio por mera buena suerte?

En este sentido, tal vez lo más importante sea la ausencia de liderazgos claros. En primer lugar, la vía militar está completamente desactivada. No hay poder superior violento capaz de imponer un "orden" por la fuerza: nos la tenemos que arreglar civilmente. Tampoco hay un líder demagógico capaz de lograr un consenso equívoco; cada decisión política se toma hoy en el filo del cacerolazo. Y ése es tal vez el elemento más notorio: el esbozo de una participación ciudadana que logra hacerse oír. Tal vez recién ahora, y luego de llevar nuestra sociedad a un nivel de crisis en muchos sentidos nunca antes conocido, podamos por fin pasar en limpio la experiencia del último período militar y logremos una dinámica de acción como sociedad realmente productiva. Sin ésta, el país que decimos querer no logrará ser nunca realidad.

Porque el secreto venció: si queremos un país distinto lo tenemos que hacer nosotros, no puede culparse a otro, no sirve el juego de la denuncia si no está acompañado por la acción y la participación. El pasatiempo principal del argentino, la queja y el escepticismo, se muestran como lo que son: cómplices de lo peor. Esta es más la causa del mal que su consecuencia.

Es cierto que el cacerolazo no es una forma plena de participación masiva, que sus alcances pueden no ser todo lo poderosos que se querría, pero más que hacer el análisis o la crítica de esta modalidad de participación civil, es importante hoy inventar los mecanismos para perfeccionarla: es un boceto de acción, tenemos que idear formas que lo continúen, amplíen y mejoren. Toda la inteligencia, intelectual o no, que suele derramarse para el sesudo análisis de la circunstancia, o en el lucimiento narcisista en la formulación de una crítica pasional, encontraría un mejor uso en el diseño de experiencias y realidades constructivas. Es cierto que este uso de la inteligencia es menos espectacular, más dificultoso, pero el país necesita ideas y no narcisismos políticos. Lo que hay que pensar ahora es, ¿cómo se perfecciona el cacerolazo, cómo se consolida ese poder, qué puede esa fuerza, cómo hacer que pueda más? Es cierto que los políticos tienen enormes dosis de ambición y de deseo de poder personal, por eso son políticos, si no se hubieran dedicado a otra cosa. Más que decepcionarnos por sus defectos, la pregunta que conviene plantearse es ¿cómo se da lugar a una fuerza ciudadana capaz de acompañar al nuevo presidente a dar lo mejor de sí, de controlar sus pasos, si se quiere, para mantenerlo en el compromiso de construir un país y evitar que le sea posible desviarse? ¿Cómo se ayuda, cómo se interviene, en esta difícil creación comunitaria?

El temor no ayuda a pensar ni a entender; menos aún engendra fuerza para generar nuevas alternativas. Aunque parezca ingenuo, hay que aceptar que la ilusión y la creatividad son las actitudes más valiosas.

 

 

 

 
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