Aprendamos a construir poder
La movilización popular no es una varita mágica
con la que puedan pedirse deseos maravillosos, porque la realidad no está
regida por leyes sobrenaturales sino por mecanismos de poder. Es cierto
que el cacerolazo, las asambleas barriales, los piquetes, los "escraches"
son las manifestaciones de un estado de movilización importante e inédito
en la historia contemporánea argentina. Tal vez su principal virtud sea
la de haber superado la violencia de otras movilizaciones que, décadas
atrás, produjeron -por haber usado una vía de acción que no representaba
el deseo nacional- justo lo contrario de lo que se suponía que querían
producir. Sin embargo, algo del viejo estilo está todavía presente en
estas nuevas manifestaciones ciudadanas y es importante que sea corregido
si realmente esperamos que sirvan para la necesaria reconstrucción del
país.
Lo que debe corregirse está presente, por ejemplo,
en las consignas. El clamor popular muy rápidamente cae en formulaciones
imposibles tales como "reestatización de las empresas privatizadas", "estatización
de la banca" o, la más extrema, "que se vayan todos". No es que esas consignas
carezcan totalmente de sentido: es que no se pueden cumplir, no hay poder
capaz de sostenerlas. No es una cuestión secundaria. Podría decirse que
son manifestaciones simbólicas, pero entonces habría que decir que precisamente
el país no se construye simbólicamente, que tal vez esa tendencia a manejarse
en un universo paralelo de significaciones sin asidero es una de las cosas
por modificar. La movilización pierde fuerza al encolumnarse detrás de
imposibles; se condena al fracaso y la frustración.
La utilidad de la movilización está en directa relación
con la capacidad de generar consignas y propuestas concretas que puedan
ser objeto de una presión inteligente y decidida hasta ser logradas. La
fuerza y continuidad de esta participación naciente dependen de que encuentre
logros concretos en los que afianzarse. El cacerolazo y los "escraches"
a los bancos han obtenido energía después de la renuncia de Fernando de
la Rúa, no realizada pero sí apurada por la manifestación en la Plaza
de Mayo.
Lo espontáneo no siempre
es lo mejor
Es importante no engañarse: no fue la población la
que "volteó" a De la Rúa, fue su propia ceguera y debilidad la que cerró
cualquier vía de continuidad para su gobierno. Tal vez también convenga
recordar que el proceso militar tampoco fue derribado por la movilización
popular sino que, como en el caso de De la Rúa, cayó por el propio peso
de su impotencia y locura. O sea: el poder popular de la Argentina no
está consolidado, no es capaz de dar lugar a instituciones respetuosas
de la ley y del bien común. Nos gustaría que fuera de otro modo, pero
es así, y es necesario que veamos esta realidad con claridad. Este realismo
de aceptar la situación de fuerzas tal como en realidad se presenta es
fundamental para trazar una estrategia de crecimiento posible, para que
el principio de poder naciente sea bien encaminado.
Es responsabilidad de todos lograr amasar un poder
que sea capaz de actuar de manera efectiva por el bien común, capaz de
poner límite a los abusivos avances de poderes parciales que siempre,
en toda sociedad, hacen fuerza por lograr situaciones de privilegio. Este
poder que necesitamos consolidar debe ser también capaz, en lo inmediato,
de ejercer la presión que reclame al Gobierno y a los políticos una conducción
más justa, más respetuosa de los valores comunitarios. Claro que es satisfactorio
dar rienda suelta a la indignación o expresar los deseos más puros, pero
no se trata de eso, se trata de construir el país como la casa de todos
que decimos querer. Y para eso la inteligencia y el realismo deben primar
en todos los protagonistas de la vida social.
Otra cosa que debería ser corregida en el estado
de movilización actual es la tendencia a armar un sistema de representación
paralelo al de las instituciones estatales. La democracia argentina está
llena de defectos, pero es sobre esa estructura donde debemos actuar.
El intento de generar un sistema paralelo no va a lograr armar una realidad
institucional alternativa. Sería mucho más conveniente y efectivo actuar
sobre el sistema actual, mejorándolo. Uno de los blancos claros sobre
los que la presión ciudadana debe actuar es sobre los organismos de control
que el Estado posee, y que es de conocimiento general que no funcionan
como deben. En ese caso, sobre todo si la presión logra dar con una consigna
precisa capaz de generar adhesión, el efecto sería más certero. Es correcto
y necesario que la ciudadanía participe en la construcción de una situación
de poderes que haga posible el país, pero hay que aprender a hacerlo.
Y no siempre lo espontáneo es lo mejor. Si conseguimos darle inteligencia
al afán de lucha que hay en las calles, habremos dado un paso en la maduración
necesaria de un poder público en la Argentina.
|