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2002 - La Nación

Aprendamos a construir poder

La movilización popular no es una varita mágica con la que puedan pedirse deseos maravillosos, porque la realidad no está regida por leyes sobrenaturales sino por mecanismos de poder. Es cierto que el cacerolazo, las asambleas barriales, los piquetes, los "escraches" son las manifestaciones de un estado de movilización importante e inédito en la historia contemporánea argentina. Tal vez su principal virtud sea la de haber superado la violencia de otras movilizaciones que, décadas atrás, produjeron -por haber usado una vía de acción que no representaba el deseo nacional- justo lo contrario de lo que se suponía que querían producir. Sin embargo, algo del viejo estilo está todavía presente en estas nuevas manifestaciones ciudadanas y es importante que sea corregido si realmente esperamos que sirvan para la necesaria reconstrucción del país.

Lo que debe corregirse está presente, por ejemplo, en las consignas. El clamor popular muy rápidamente cae en formulaciones imposibles tales como "reestatización de las empresas privatizadas", "estatización de la banca" o, la más extrema, "que se vayan todos". No es que esas consignas carezcan totalmente de sentido: es que no se pueden cumplir, no hay poder capaz de sostenerlas. No es una cuestión secundaria. Podría decirse que son manifestaciones simbólicas, pero entonces habría que decir que precisamente el país no se construye simbólicamente, que tal vez esa tendencia a manejarse en un universo paralelo de significaciones sin asidero es una de las cosas por modificar. La movilización pierde fuerza al encolumnarse detrás de imposibles; se condena al fracaso y la frustración.

La utilidad de la movilización está en directa relación con la capacidad de generar consignas y propuestas concretas que puedan ser objeto de una presión inteligente y decidida hasta ser logradas. La fuerza y continuidad de esta participación naciente dependen de que encuentre logros concretos en los que afianzarse. El cacerolazo y los "escraches" a los bancos han obtenido energía después de la renuncia de Fernando de la Rúa, no realizada pero sí apurada por la manifestación en la Plaza de Mayo.

Lo espontáneo no siempre es lo mejor

Es importante no engañarse: no fue la población la que "volteó" a De la Rúa, fue su propia ceguera y debilidad la que cerró cualquier vía de continuidad para su gobierno. Tal vez también convenga recordar que el proceso militar tampoco fue derribado por la movilización popular sino que, como en el caso de De la Rúa, cayó por el propio peso de su impotencia y locura. O sea: el poder popular de la Argentina no está consolidado, no es capaz de dar lugar a instituciones respetuosas de la ley y del bien común. Nos gustaría que fuera de otro modo, pero es así, y es necesario que veamos esta realidad con claridad. Este realismo de aceptar la situación de fuerzas tal como en realidad se presenta es fundamental para trazar una estrategia de crecimiento posible, para que el principio de poder naciente sea bien encaminado.

Es responsabilidad de todos lograr amasar un poder que sea capaz de actuar de manera efectiva por el bien común, capaz de poner límite a los abusivos avances de poderes parciales que siempre, en toda sociedad, hacen fuerza por lograr situaciones de privilegio. Este poder que necesitamos consolidar debe ser también capaz, en lo inmediato, de ejercer la presión que reclame al Gobierno y a los políticos una conducción más justa, más respetuosa de los valores comunitarios. Claro que es satisfactorio dar rienda suelta a la indignación o expresar los deseos más puros, pero no se trata de eso, se trata de construir el país como la casa de todos que decimos querer. Y para eso la inteligencia y el realismo deben primar en todos los protagonistas de la vida social.

Otra cosa que debería ser corregida en el estado de movilización actual es la tendencia a armar un sistema de representación paralelo al de las instituciones estatales. La democracia argentina está llena de defectos, pero es sobre esa estructura donde debemos actuar. El intento de generar un sistema paralelo no va a lograr armar una realidad institucional alternativa. Sería mucho más conveniente y efectivo actuar sobre el sistema actual, mejorándolo. Uno de los blancos claros sobre los que la presión ciudadana debe actuar es sobre los organismos de control que el Estado posee, y que es de conocimiento general que no funcionan como deben. En ese caso, sobre todo si la presión logra dar con una consigna precisa capaz de generar adhesión, el efecto sería más certero. Es correcto y necesario que la ciudadanía participe en la construcción de una situación de poderes que haga posible el país, pero hay que aprender a hacerlo. Y no siempre lo espontáneo es lo mejor. Si conseguimos darle inteligencia al afán de lucha que hay en las calles, habremos dado un paso en la maduración necesaria de un poder público en la Argentina.

 

 

 

 
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