Nuestro derecho a quejarnos
Quejarse es lindo, pero no sirve para nada. Peor,
el constante reclamo de la ciudadanía tiene un efecto inverso: termina
por consolidar y fomentar las formas que dice querer combatir. El reclamo
más típico tiene el tono del huésped de un hotel que llama a la recepción
para quejarse del mal servicio. En estos días aparece interminablemente
por radio, en las cartas de lectores de los diarios o incluso en la actitud
irritante de algunos periodistas televisivos. Así aludimos al Gobierno,
al Estado, a los políticos, a las corporaciones como entidades que no
nos atienden como merecemos. Pero el cliente del hotel paga por su habitación
y así obtiene el derecho a ser servido. ¿Por qué tendríamos nosotros como
comunidad derecho a un gobierno mejor?
Para responder esta pregunta tenemos que repensar
qué es un derecho. Un derecho existe, según la límpida visión de Nietzsche,
cuando hay en su base un poder capaz de sostenerlo. Por ejemplo, hay derechos
humanos en un país si hubo previamente una fuerza pública capaz de instalar
un poder comunitario que tuviera la fuerza para hacerlos respetar, capaz
de contener y castigar todo intento de faltar a esas premisas. Pero los
derechos no existen de por sí, por mera formulación bienintencionada.
En esa creencia vivimos, y a partir de esa creencia falsa, de esa distorsionada
percepción del funcionamiento de la sociedad, nos indignamos. No habrá
derechos de los consumidores hasta que los consumidores no seamos capaces
de organizarnos y hacer valer el peso de nuestra fuerza, que puede llegar
a ser mucha. No habrá derecho a la educación hasta que no haya un poder
ciudadano capaz de hacer valer, a la hora de elaborar el presupuesto,
una posición de fuerza que haga respetar una cifra necesaria.
¿Tenemos derecho a indignarnos? No, de ninguna manera.
Y no lo tenemos porque nuestra democracia no logró nunca constituir un
poder capaz de hacer valer los derechos de ese ciudadano que prefiere
pensarse como huésped del hotel del país. Ciudadano que, llegado el caso,
se busca otro hotel mejor, donde pueda jugar a sentirse extranjero, sujeto
digno de un país mejor que ya encontró hecho: opción legítima en lo individual,
pero al mismo tiempo prueba de impotencia colectiva.
Nuestra democracia no fue un campo de representación,
ley e intercambio abierto por un poder comunitario. Nuestra democracia
proviene de la ineficacia del poder militar para conservar el gobierno.
Nuestra democracia no es hija de un pueblo que supo legitimar su deseo
de convivencia en la legalidad y en la igualdad, es un bebé que unos delincuentes
nos dejaron en la puerta después de robarnos la casa y matar a parte de
la familia.
A una democracia débil no se le puede exigir lo que
a una democracia fuerte: es un boceto y no una obra terminada, nuestros
derechos civiles son todavía un deseo y no una realidad. ¿Debemos ser
conformistas? No, debemos concentrarnos en la tarea de fortalecer la democracia,
único camino para que los logros a los que aspiramos puedan ser realizados.
Los derechos no se conquistan por la vía de la indignación y del reclamo,
pese a que la fanfarronería del enojo guste de plantearlo así. Estas son
posiciones pasivas, que consideran que el que debe proveernos de nuestros
derechos es un poder superior. ¿Por qué habría de querer hacerlo?
Lucha de poderes
Identifiquemos ese poder superior. Tiene muchas cabezas.
¿Son tal vez las que solemos llamar "corporaciones"? Son en todo caso
los mil rostros que protagonizan las luchas de poder que arman nuestra
circunstancia. Pero cuidado: esto no es criticable. La realidad es siempre,
lo ha sido y lo será, lucha de poderes. Así funciona una sociedad, así
funciona la naturaleza (de la cual el animal hombre no queda en modo alguno
excluido) y así también lo hace la personalidad, en donde un cúmulo de
yoes simultáneos y en conflicto arman la complejidad de la vida individual.
Lo que sí es criticable es la infantil creencia de
que la realidad debería ordenarse de otra forma por el simple hecho de
que nos gustaría que fuera así. ¿No habrá llegado el momento de darse
cuenta de que entre el deseo y su realización media el trabajo para llegar
a lograrlo y, por lo tanto, la necesidad de pagar el precio implícito
en tal logro? ¿No será la hora de limitar el peso de nuestro yo quejoso,
pasivo, indignado y débil para darles más alcance a nuestros yoes más
jugados y productivos? No tenemos la democracia que queremos: ¿llamamos
indignados para quejarnos?, ¿nos vamos a otro hotel?, ¿o hacemos algo
para conseguir lo que decimos querer?
El derecho a que todos los chicos argentinos tengan
comida y educación no existe. Es un deseo. Un hermoso deseo. Uno se siente
meritorio por su mera formulación, pero no alcanza. Y no es cuestión de
opinión, son los hechos: no alcanza. Lograr los deseos requiere poner
en juego fuerzas decididas y, sobre todo, activas. Si observamos el conjunto
de las naciones, veremos que este deseo no es un logro general de la humanidad.
Los países que han llegado a concretarlo debieron hacer un largo trabajo
para conseguirlo. ¿Estamos dispuestos nosotros a hacerlo? ¿Sabemos cómo?
¿Somos capaces de aprender lo necesario, de cambiar lo que hay que cambiar,
de inventar lo que haya que inventar? ¿Somos capaces de superar la retórica
de la indignación, el placer de la queja, la facilidad para ponernos fuera
del problema, para representar el digno y dudoso papel de que "si todos
fueran como yo las cosas no andarían así"? Tampoco se trata, como a veces
solemos erradamente pensar, de recuperar estos derechos, porque en nuestro
país no existieron nunca. Hay que lograrlos por primera vez.
El reclamo, la queja, la indignación son apelaciones
a un poder paterno o materno que debería proveernos de lo que necesitamos.
Pero no se construye democracia con esta actitud de menores de edad. Si
nos planteamos la pregunta, la pregunta del momento, la más adecuada,
"¿qué hicimos nosotros para merecer esto?", la respuesta probablemente
será un correcto "nada". Un "nada" que no nos libera de responsabilidad,
sino que, por lo contrario, pone en evidencia el grado de nuestra responsabilidad.
Y no se trata de decir que somos todos culpables, porque la "culpa" es
una categoría que afecta al pasado y nos esclaviza. Tampoco se trata de
borrar las diferencias entre los que han actuado como delincuentes y los
que no lo hicimos.
La responsabilidad es nuestra categoría salvadora
porque es el único punto de apoyo sobre el cual puede basarse la construcción
comunitaria que debemos impulsar, la única salida posible. Resistirse
a la noción de responsabilidad es querer seguir reclamando, tal vez por
querer continuar con la ilusión de que existe un padre o una madre que
algún día nos va a oír y nos va a dar lo que necesitamos. O porque es
agradable descargarse y parecer bueno. Es lindo ser chico, pero no sirve
para llevar una vida plena, para conseguir trabajo, vivir un gran amor,
tener hijos, desarrollar proyectos que se hagan realidad. Hay que crecer.
¿Qué hicimos nosotros para merecer esto? Lo repito: nada. O, en todo caso,
no lo suficiente.
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