Nuestro paradójico logro
¿Y si nuestra delicadísima situación nacional no
fuera una caída sino un logro? ¿Si algo nuestro, muy argentino, se estuviera
satisfaciendo en este momento de desastre? ¿Es posible que suceda algo
tan extraño?
¿O acaso no será que...?
No, no queremos salir de la crisis, es mentira. Decimos
que nos gustaría ser un país que funcione, pero es falso, sentimos una
poderosa atracción por el desastre. Hemos trabajado duramente para lograr
esta sensación de abismo que hoy nos tiene hipnotizados. Durante años
pusimos moneditas de angustia, escepticismo, crítica, pasividad y desconfianza
en la alcancía del fracaso y por fin lo hemos conseguido: la crisis es
nuestra criatura, nuestro bebe, estamos en la gloria.
Estamos realizando el ideal del tango, cumplimos
con el destino fijado por nuestra miserable filosofía espontánea, esa
que dice que la vida es dolor, que no se puede confiar en nadie, que ve
canallez en todas las intenciones y en todos los actos, la que cree que
el desencuentro es una verdad más grande que el amor, o que el mejor amor
es el que no se da, el que pudo haber sido, y para la que el amor realizado
es fastidio y decepción. No tenemos reparos en sentir que todo es mentira
siempre, que el mundo es esencialmente engaño e ilusión, cualquier versión
más esperanzada nos parece tonta o ingenua, y defendemos estas posiciones
miserables como si fueran nuestra tabla de salvación. Estamos enamorados
de la piedra que nos hunde, tal vez porque sentimos que hundirnos es justicia,
porque no somos capaces de sentir que querer vivir es valioso y posible,
porque no aceptamos la imagen de un sujeto feliz sin sentir que se trata
de un egoísta o un imbécil y, en cambio, el sufriente, el caído, el decepcionado,
nos parece una persona superior, meritoria. Por creerlo, producimos desgracia.
No basta con mostrarse preocupados, no sirve, tras
nuestra preocupación aparente se lee entre líneas la satisfacción del
fracaso, un cierto ardor de rara felicidad causada por todo lo que sale
mal. Vivimos en el dominio de una fe invertida: tené confianza, vas a
fracasar. No te preocupes, todo va a salir mal. El único desenlace que
nos convence, la verdad última de todas las cosas, es para nosotros la
frustración, la caída. Estamos hechizados por un destino triste. Fracasar
nos resulta tranquilizador, significa darles la razón a los mayores, a
los medios de comunicación, al sentido común, a los "inteligentes" (que
saben decir de mil maneras sutiles cómo no va a andar nada de lo que se
intente, pero no saben jamás decir cómo lograr algo valioso). Fracasar
es adherir a una verdad trascendental que queremos más en la medida en
que más nos haga sentir su rigor espantoso. Somos un país sadomasoquista,
que goza sufriendo, que se realiza no pudiendo, y esto no es una operación
del "poder". El mismo "poder" es una construcción nuestra, en gran parte
imaginaria, con la que nos gusta justificar nuestra dudosa impotencia,
la cómoda pasividad de los que se creen gloriosos y buenos por el mero
hecho ser débiles y no querer dejar de serlo.
Parece que nos gusta
Si queremos pensar y entender y si queremos, mejor
aun, revertir esta costumbre que nos arrastra al fondo del río de la vida,
tenemos que invertir las ecuaciones que damos generalmente por ciertas.
No es que estemos mal porque el país no funciona, es que el país no funciona
porque estamos mal. No es que seamos escépticos porque la realidad nacional
es muy difícil, es que la realidad nacional es muy difícil porque somos
activos militantes del escepticismo, enamorados del fracaso. No es que
estemos angustiados porque hay crisis, es que de tanto estar angustiados,
de tanto apostar a la angustia como verdad de la vida, sólo sabemos engendrar
crisis. No es cierto que la Argentina no produzca nada: producimos crisis
y desastres. Y lo peor: parece que nos gusta, que nos gusta más que cualquier
cosa, ya que no dejamos de hacerlo, no queremos creer siquiera que para
nosotros es posible vivir de otra manera.
No pensamos para inventar salidas, ni para entender.
La angustia que simula pensar en nosotros busca escarbar más profundamente
en el pozo para lograr un vacío que nos genere un vértigo mayor. Una falsa
noción de inteligencia nos paraliza: guiados por el temor o por quien
sabe qué perversión humana usamos a la conciencia para promover reparos,
temores, objeciones, quejas, decepciones, análisis tremendistas que siempre
tienen una razón aterradora para lograr un shock de angustia. Todas cosas
que nos dan apariencia de personas nobles y preocupadas, pero que no logran
nada más que redoblar la crisis. No sabríamos qué hacer con un país que
mejorara, con un gobierno que pudiera algo, con una perspectiva de avance:
por eso nos cuesta tanto lograrlo. Construimos imaginariamente y de manera
constante el mal frente al que después nos gusta resignarnos. No estamos
dispuestos a lograr ningún éxito en nuestra vida social que nos distraiga
del gran fracaso que cocinamos con devoción diariamente. La crisis es
nuestra religión, nuestro club, nuestro vicio.
Tal vez no sea así, o al menos no del todo. Esta
visión invertida, sin embargo, expone algunas verdades que a nuestro sensato
pensamiento habitual se le escapan. Es evidente que nuestra lucidez y
nuestra inteligencia tienen que ser reconsideradas, ya que no tienen demasiados
logros que exhibir. A no ser que nuestro paradójico logro sea la crisis.
¿Será?
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