Visiones de la mujer
Todos hemos aparecido en el mundo a través del cuerpo
de una mujer. Es una obviedad, pero es también un hecho impresionante.
La mujer es la sede del ser, la Houdini de la existencia. El truco está
en su interior, ella es la que manipula la llave mágica de la vida. Nosotros
aportamos, sí, un poquito. El poquito aportado cobra sentido luego, cuando
se desarrollan las etapas que avanzan hacia la madurez, es decir, a lo
largo de todo el crecimiento de la criatura resultante, pero lo cierto
es que miramos desde afuera, y en cierta manera desde lejos (a veces desde
demasiado lejos) al proceso de todos los procesos. Hay que resignar mucho
narcisismo viril y saber postergarse en lo esencial para acompañar en
el rol segundón que nos toca, o para entender, superado el desengaño,
que tampoco somos tan superfluos, ya que en definitiva para que las cosas
salgan bien debemos hacer aportes amorosos indispensables.
En psicoanálisis se dice que es el hombre el encargado
de poner la ley. Sí, ponerla, como si fuera un aderezo para la
ensalada o peor, un órgano sexual. El hombre pone la ley cuando le dice
al hijo o a la hija: pará con tu demanda infinita que acá estoy yo, la
que llamás mamá es también mi mujer y no sólo tu madre, y la necesito
mía. La ley la pone hacia los dos lados, hacia el lado del recienvenido,
que querría muchas veces que el molesto protector masculino no existiera,
y hacia el lado de la madre, a la que también hay que límitar en su desmedido
amor de crianza porque corre el riesgo, dada su abundancia, de malograrse.
La ley se pone porque lo que se pone es un límite. El límite estructura.
El límite arma. El límite deshace el imperio de la ilusión, que se prolonga
como el sueño de un todo y un siempre. Le muestra al nene o nena que es
un ser que deberá crecer, y a la enamorada madre que su producto no le
pertenece sino que es un ser en sí mismo. ¿Es la mujer un ser de impulsos
abundantes que tolera mal el límite y la medida? Sabemos que no. Podríamos
verla como siendo en su afectividad sin reparo la encargada de la dimensión
irracional y expansiva del universo humano, pero también es ella, muchas
veces, más capaz de ley y de límite que su par masculino. La ley, para
el hombre, -siempre entendida desde este punto de vista de límite y reconocimiento
de realidades que someten pero ordenan (la poda del mundo)- es la que
le permite mermar el de otra manera excesivo idealismo masculino, ese
que desconoce la forma de la realidad, que lo hace extraviarse en los
absurdos vericuetos viriles de la historia, la especulación filosófica
y la guerra.
Gracias a la maternidad que está en su destino, la
mujer madura más fácil y más rápidamente que el hombre. Está más pegada
a las cosas concretas, porque su cuerpo mismo engendra al otro y porque
al hacerse cargo de la minuciosa y constante atención que ese nuevo ser
exige llega a reconocer el territorio de la realidad de manera lo más
eficiente posible. La mujer está más directamente relacionada con la forma
objetiva del mundo. El hombre vuela, y en su vuelo muchas veces se pierde
y se va. La mujer madura porque debe hacerlo dadas la dinámica de su propio
despliegue, ella debe reconocer cómo son las cosas ¿Cómo son? La nueva
personita llora y quiere comer, necesita ser cambiada, necesita atención,
constante. No florece sin amor, no avanza, no prospera sin un cuidado
permanente. Estos procesos la llevan a tener que vencer su posible inercia,
su fiaca, la humana tendencia espontánea hacia el extravío o la dejadez,
y ponerse al servicio de algo que tiene sus reglas más allá de toda intervención
imaginaria. El ser concreto patalea y pide, o exige, y hay que dejar la
realidad imaginada para volcarse a la verdad de las necesidades impostergables.
Muchas mujeres (y también muchos hombres) se resisten
frente a la idea de que el hecho de la procreación sea considerado tan
importante en la vida femenina. Piensan que al hacerlo estamos descuidando
el hecho de que ellas están para mucho más que eso. ¿Les parece poco?
¿O esta visión un poco feminista es ya caduca y hemos aprendido a reconciliarnos
con el tema y a entender que ese hecho es por mucho de una trascendencia
y un valor imposible de superar? ¿Es cierto que la cultura humana ha ido
acercándose al reconocimiento de esta verdad enriquecedora?
Spinetta dice en una canción que la mujer tiene "un
ojo que mira al magma". Es una visión al estilo Castaneda, autor de la
saga en la que el indio yaqui Don Juan despliega una interpretación del
mundo muy antigua y particular, y muy distinta de la nuestra. Ese ojo
que mira hacia abajo es aquel por donde el laboratorio femenino de la
creación recibe -como dijimos- el detalle masculino con el que luego ella
hace la difícil tarea de producir una persona. Pero es un ojo, parece,
que está al mismo tiempo atento a la sustancia bullente que la tierra
encierra, cargándose de un impulso y una determinación profunda. Como
si la mujer estuviera siempre atenta a ese caldo central del planeta,
su núcleo enterrado e hirviente, y recibiera de allí sensaciones y certezas
que los hombres no logramos percibir. La idea postulada, presentada en
la frase citada en términos poéticos, es que la mujer posee una relación
particular con la existencia, distinta de la masculina, y que esa relación
es de alguna manera más básica, lo que la haría poseedora de una percepción
dotada de una densidad valiosísima . El ojo que su propio cuerpo es ve
la existencia de una forma especial y poderosa. Supongamos que esto nos
llevara a sostener que la mujer es más animal que el hombre. Ser más animal
no significaría de ninguna manera estar más bajo en la escala evolutiva,
ni carecer de dotes refinadas, señalaría más bien una diferencia que debemos
pensar como una distinta forma de ser, como si en la gama de vibraciones
o de magnitudes ontológicas de consistencia ocupara una dimensión de otro
tipo. La mujer es entonces tal vez la que nos permite entender lo animal
humano, la que nos pone frente a los ojos el carácter orgánico de todas
nuestras complejidades, y la que nos enfrenta con la oportunidad de corregir
una racionalidad que muchas veces no sabe acotarse y encontrar su justo
lugar. La mujer sería así una especie de maestra de la existencia, o en
todo caso, la que expresa una forma humana a la que debemos estar siempre
auscultando para ajustar la mirada, tanto para el intento humano de conocer,
como para el de vivir lo más felices posibles como individuos.
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