Falso valor del idealismo
Nuestra sociedad ha visto resurgir últimamente temas
ligados a la década del 70, y se vuelve evidente que nos resulta difícil
salir de las perspectivas ya sabidas. ¿No deberíamos avanzar en las ideas
con las que nos pensamos? ¿Puede decirse algo nuevo, distinto, algo que
transforme y reacomode estos planteos recurrentes?
Los desaparecidos no son héroes, son víctimas. Y
no todos, o no de la misma manera. Hubo entre ellos un número, probablemente
menor, de personas que optaron por la lucha armada y que murieron en su
ley. Hubiéramos preferido, y hubiera sido más justo, un tratamiento legal
de esa violencia, pero de haber sido posible tal nivel de justicia probablemente
la misma lucha armada no hubiera resultado tentadora. Los guerrilleros
mataban, muchas veces con cobardía o increíble desprecio, y murieron con
igual atrocidad.
Otro número, seguramente más importante, fue presa
de las fuerzas delictivas y miserables de nuestras fuerzas armadas de
entonces. Esta gran masa de desaparecidos no guerrilleros fue también
víctima de los malos movimientos de la misma lucha armada, que trabajó
juntamente (muchas veces, sabemos ahora, lo hizo incluso con secreta complicidad)
con los militares, para producir el horror. De ninguna manera hay que
quitarles responsabilidad a estos últimos. Que se los juzgue es, por supuesto,
correcto y deseable.
Pero hay otro aspecto que parece sacrílego examinar,
y es el valor del idealismo de entonces. Suele pensárselo como expresión
de una juventud superior, pero bien mirado se puede describir ese idealismo
exactamente como lo contrario. No es tan meritorio ofrendar la vida por
la causa: es más meritorio participar en causas que piden más bien nuestra
vida que nuestra muerte.
Vivir es más difícil y más valioso que morir, y hacer
de cada muerto un héroe es reproducir la impotencia a la que la Argentina
es tan afecta. En vez de idolatrar a aquellos jóvenes idealistas de entonces
haríamos mejor en reconocer el valor de estos jóvenes de hoy, maltratados
por individualistas o caracterizados erróneamente como políticamente desinteresados.
No es individualismo, es aceptación del horizonte vital básico ineludible.
No es desinterés, es relativización de consignas absolutas y esterilizantes.
¿Son buenos los ideales? Nuestra sociedad cree que
sí, pero hay que reconocer que suelen estar teñidos de una gran ignorancia.
"El hombre nuevo", consigna de las décadas de los 60 y los 70, es un imposible.
El hombre no es producto del hombre, sino de una evolución animal que
se produjo a lo largo de miles de millones de años. No se lo puede esculpir
como si fuera un bloque de piedra. La naturaleza es más dura que el mármol.
No se pueden eliminar los problemas saliendo a matar a los malos (lo que
quedó ya sobradamente demostrado). No se puede eliminar el mal o la violencia,
porque estos son fenómenos constitutivos de la vida. Es más lúcido intentar
administrarlos con rigor y creatividad, para que la comunidad los padezca
lo menos posible.
La figura del reformista, odiada y ridiculizada por
los idealistas, se ha revelado con el tiempo como una actitud mucho más
valiosa y valiente que la insensata y nociva búsqueda del límite heroico.
Es más sutil y más vital alguien que quiere al sistema y como parte de
ese querer busca mejorarlo que quien se manifiesta constantemente como
un enemigo de ese sistema. Más valioso que tener ideales es tener deseos
y proyectos, más valioso que tener grandes palabras es tener palabras
propias. Más importante que imaginar que uno carga en sus hombros con
la humanidad entera es dar los pasos propios, limitados, concretos, necesarios
y útiles. Claro, también es más difícil.
Retomar hoy en día el tema de la represión militar
suena menos a justicia liberadora de monstruos que a incapacidad de afirmar
la vida nueva y posible. Y esto no es una acusación al Gobierno, sino
a la sociedad, o al menos a la parte de ella que acentúa éste entre otros
frentes abiertos, más candentes. Más importante que el juzgamiento a los
militares es la batalla iniciada en el tema de seguridad, más vigente
el mal que se genera en los desarmaderos que la supuesta actualidad del
daño simbólico de arrastre de la guerra sucia.
Un desafío más alto para nuestra fuerza e inventiva
es la creación de riqueza y la consolidación de los valores que la impulsarían,
el diseño de pautas para despertar la energía de la comunidad y guiarla,
de esa forma, hacia un entusiasmo generador. El eco ideológico excesivo
que tiene el tema de la década del 70 parece no afectar a la sociedad
profunda, preocupada en cosas más concretas y urgentes, y responde más
bien al estéril choque de actores de una realidad de intereses que ya
no rigen. En vez de habitar en un mundo simbólico, habitemos en el mundo
real.
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