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2003 - La Nación

Falso valor del idealismo

Nuestra sociedad ha visto resurgir últimamente temas ligados a la década del 70, y se vuelve evidente que nos resulta difícil salir de las perspectivas ya sabidas. ¿No deberíamos avanzar en las ideas con las que nos pensamos? ¿Puede decirse algo nuevo, distinto, algo que transforme y reacomode estos planteos recurrentes?

Los desaparecidos no son héroes, son víctimas. Y no todos, o no de la misma manera. Hubo entre ellos un número, probablemente menor, de personas que optaron por la lucha armada y que murieron en su ley. Hubiéramos preferido, y hubiera sido más justo, un tratamiento legal de esa violencia, pero de haber sido posible tal nivel de justicia probablemente la misma lucha armada no hubiera resultado tentadora. Los guerrilleros mataban, muchas veces con cobardía o increíble desprecio, y murieron con igual atrocidad.

Otro número, seguramente más importante, fue presa de las fuerzas delictivas y miserables de nuestras fuerzas armadas de entonces. Esta gran masa de desaparecidos no guerrilleros fue también víctima de los malos movimientos de la misma lucha armada, que trabajó juntamente (muchas veces, sabemos ahora, lo hizo incluso con secreta complicidad) con los militares, para producir el horror. De ninguna manera hay que quitarles responsabilidad a estos últimos. Que se los juzgue es, por supuesto, correcto y deseable.

Pero hay otro aspecto que parece sacrílego examinar, y es el valor del idealismo de entonces. Suele pensárselo como expresión de una juventud superior, pero bien mirado se puede describir ese idealismo exactamente como lo contrario. No es tan meritorio ofrendar la vida por la causa: es más meritorio participar en causas que piden más bien nuestra vida que nuestra muerte.

Vivir es más difícil y más valioso que morir, y hacer de cada muerto un héroe es reproducir la impotencia a la que la Argentina es tan afecta. En vez de idolatrar a aquellos jóvenes idealistas de entonces haríamos mejor en reconocer el valor de estos jóvenes de hoy, maltratados por individualistas o caracterizados erróneamente como políticamente desinteresados. No es individualismo, es aceptación del horizonte vital básico ineludible. No es desinterés, es relativización de consignas absolutas y esterilizantes.

¿Son buenos los ideales? Nuestra sociedad cree que sí, pero hay que reconocer que suelen estar teñidos de una gran ignorancia. "El hombre nuevo", consigna de las décadas de los 60 y los 70, es un imposible. El hombre no es producto del hombre, sino de una evolución animal que se produjo a lo largo de miles de millones de años. No se lo puede esculpir como si fuera un bloque de piedra. La naturaleza es más dura que el mármol. No se pueden eliminar los problemas saliendo a matar a los malos (lo que quedó ya sobradamente demostrado). No se puede eliminar el mal o la violencia, porque estos son fenómenos constitutivos de la vida. Es más lúcido intentar administrarlos con rigor y creatividad, para que la comunidad los padezca lo menos posible.

La figura del reformista, odiada y ridiculizada por los idealistas, se ha revelado con el tiempo como una actitud mucho más valiosa y valiente que la insensata y nociva búsqueda del límite heroico. Es más sutil y más vital alguien que quiere al sistema y como parte de ese querer busca mejorarlo que quien se manifiesta constantemente como un enemigo de ese sistema. Más valioso que tener ideales es tener deseos y proyectos, más valioso que tener grandes palabras es tener palabras propias. Más importante que imaginar que uno carga en sus hombros con la humanidad entera es dar los pasos propios, limitados, concretos, necesarios y útiles. Claro, también es más difícil.

Retomar hoy en día el tema de la represión militar suena menos a justicia liberadora de monstruos que a incapacidad de afirmar la vida nueva y posible. Y esto no es una acusación al Gobierno, sino a la sociedad, o al menos a la parte de ella que acentúa éste entre otros frentes abiertos, más candentes. Más importante que el juzgamiento a los militares es la batalla iniciada en el tema de seguridad, más vigente el mal que se genera en los desarmaderos que la supuesta actualidad del daño simbólico de arrastre de la guerra sucia.

Un desafío más alto para nuestra fuerza e inventiva es la creación de riqueza y la consolidación de los valores que la impulsarían, el diseño de pautas para despertar la energía de la comunidad y guiarla, de esa forma, hacia un entusiasmo generador. El eco ideológico excesivo que tiene el tema de la década del 70 parece no afectar a la sociedad profunda, preocupada en cosas más concretas y urgentes, y responde más bien al estéril choque de actores de una realidad de intereses que ya no rigen. En vez de habitar en un mundo simbólico, habitemos en el mundo real.

 

 

 

 
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