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2003 - La Nación

Ganas de vivir

En el necesario proceso de renovación política, ése que se expresa en el camino transitado desde el caprichoso e irresponsable "que se vayan todos" hasta la aparición de líderes que se van poniendo de a poco interesantes (o a los que tendríamos que ayudar a serlo), debemos perseverar en la tarea de renovar también las ideas y las perspectivas con las que pensamos y producimos los escenarios y los problemas de la política por venir. La forma en que pensamos es determinante: arma el juego, describe y concreta patrones de percepción, crea los abordajes de las situaciones concretas, interpreta y logra momentos, activa o inhibe líneas de acción.

El sentido común, ese automatismo mental para decir algo en lo que estemos todos de acuerdo (que parece valioso, pero que, al mismo tiempo, hemos aprendido a reconocer como no muy confiable) debe ser reexaminado y en muchos casos abandonado, y las afirmaciones políticamente correctas -aun cuando, consideradas con información e inteligencia, algunas (pocas) veces lo sean- deben dejar paso a decires más osados, más libres, más amorosos, a expresiones cargadas de una mayor energía y de mayores ganas de vivir.

¿Cómo? ¿Decires amorosos? ¿Ganas de vivir? ¿Es éste un artículo serio, o qué? Precisamente esa seriedad que acostumbra a barrer debajo de la alfombra las expresiones más vitales, por sentirlas poco confiables, es la que debemos dejar que se desmorone, al tomar conciencia de que nuestro compromiso de hacedores de realidad es con la vida que queremos formar, con la vida siempre nueva y surgente, y no con las tradiciones embarradas, por más respetables y serias que puedan parecernos.

A la hora de "producir país" es más procedente postular la inocencia que la memoria; es hora de aceptarlo. ¿Tenemos detrás nuestro tantos logros sociales como para atarnos a los sentidos del pasado y preferirlos por sobre los que seamos capaces de generar en nuestro presente? O, desde otro punto de vista, ¿cómo debería denominarse este ritual de mamertos con el que nos complacemos en homenajear a la inversa a una nueva década infame, los hoy de moda años 90, como si las anteriores décadas hubieran estado repletas de conquistas? ¿Cuesta tanto entender que diez años no pueden prestarse a una caracterización tan burda, que no se trata de Menem sino de nosotros, que tenemos que afinar la mirada, lograr más complejidad y volvernos capaces de buscar más la comprensión que el alivio de una descarga?

Es necesario hacer caber en el pensamiento político las ideas de amor, bienestar, entusiasmo, satisfacción, ganas de vivir. Es necesario entender que el discurso político no pertenece a sus analistas, sino que es más bien un recurso en manos de los políticos, de los artesanos de la sociedad, palabras que éstos deben utilizar para despertar y poner en juego las fuerzas sociales de cuyo sueño o parálisis se desprenden nuestros fracasos. El universo social es más de plastilina que de piedra. A la sociedad hay que darle forma (no viene hecha), y no mirarla desde la ventana de una comprensión que se quiere ajena y objetiva, pero que tiene el sentido profundo de una renuncia a la acción.

Amor, porque amor es la forma de denominar esa energía vital afirmativa con la que un ser determina, forma y elige su vida, manipulando lo posible en su favor. No amor a una patria idealizada o al prójimo del deber, no amor declamado y simbólico: amor real, fisiológico, deseo y, por eso, ligado a las otras palabras de la serie: entusiasmo, ganas de vivir, satisfacción. Enunciar un proyecto personal que busque el mayor grado de logro posible no es eludir el trabajo de "producir país". Es, justamente, realizarlo.

No queremos más discursos políticos que aludan al sacrificio y a la postergación como forma de producir el futuro. Es necesario dar lugar a discursos políticos que convoquen a vivir ahora, a la felicidad terrena, esa única forma de generar el saludable compromiso que es la clave de la producción de la riqueza social. De otra forma, va a ser difícil para la Argentina liberar sus energías productivas, teniendo además tantos recursos de sospecha y mala conciencia para pensar y sentir la riqueza, y teniendo también, por el contrario, un repertorio de simpatías con la pobreza y la falta de empuje. El caído nos resulta meritorio; el erguido, sospechoso: ¿es ésta una moral para el desarrollo o para el desastre?

No, no es la que expreso una versión optimista y, mucho menos, ingenua. El optimismo es la esperanza del quieto de que las cosas, finalmente, van a salir bien, y el feliz no es un quieto. La ingenuidad es la visión que postula imágenes del bien usando el truco de recortar las partes malas para autoconvencerse de que las cosas son más sencillas de lo que parecen. Pero es precisamente por causa de las reconocidas dificultades que es necesario apelar a otro esquema que el de la "gravedad, preocupación, resentimiento, temor", al que debemos reconocer más como la causa que como el efecto de nuestros derrapes.

Se trata de aprender a aludir, de manera inteligente y verosímil, a las ganas de vivir, de entender que ésta es la única vida posible, de acceder al protagonismo de hacer una vida, de dar lugar a vidas que a través de su plenitud contribuyan a lograr una sociedad más fluida, libre, plástica, creativa. Se trata de dejar de lado una moral de pobres y sufrientes para dejar crecer una moral de deseos y realizaciones. Sí, parece incorrecto decirlo, dada la situación de padecimiento en la que se encuentra tanta gente, pero es precisamente en tales circunstancias cuando esta visión adquiere más que nunca su sentido e importancia.

 

 

 

 
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