Lo nuevo está en nuestras manos
Estoy sentado en un local enorme lleno de terminales
de Internet, en donde cualquiera puede navegar por el mundo por unas monedas
la hora. Suena el nuevo disco de Eminem y acabo de responder tres mails:
uno a un amigo que está en Venezuela y me describe una cotidianidad más
dura que la nuestra, otro a uno que trabaja en una estación de servicio
como playero y otro a mi mujer, que me recuerda que compre los tornillos
para poner el estante. Hace un rato pasaron unos ómnibus bastante lujosos
llenos de gente que iba a una manifestación, tocando sus bocinas como
si hacerlo fuera un acto de justicia. Ahora los oigo tirar bombas de estruendo
en una plaza cercana, ¿habrá llegado la hora de la revolución por vía
auditiva?
La
vida es siempre nueva y exhuberante, y constantemente vivimos experiencias
que no hubieran podido ser vividas apenas unos pocos años atrás. La producción
de realidad es ininterrumpida, sea la que proviene de ella misma, por
el movimiento propio de los acontecimientos inmanejables, o la que generamos
nosotros con nuestros actos, sabiéndolo o sin darnos cuenta. Sin embargo,
la conciencia que piensa esa producción constante pareciera no estar a
la altura de ésta, y en vez de acompañarla y aprovecharla la encierra
y la limita.
Por lo general, el pensamiento se apura a descalificar
la aparición de lo nuevo. Entrenada más para la sospecha que para la exploración,
la sociedad mira con desconfianza la novedad, se trate de novedades de
tipo político, tecnológico o de costumbres. Y es también tremenda la resistencia
que despiertan las nuevas ideas, los nuevos enfoques que se animan a renovar
el aspecto de las cosas, esos que a veces osan sugerir que la situación
está en nuestras manos y que muchas cosas pueden hacerse. Los argumentos
históricos y paranoicos gozan, en cambio, de gran prestigio, tanto en
la visión abundante de los medios de comunicación como en el universo
prestigioso de la intelectualidad. ¿Quién sostendrá y acompañará
la constante producción de realidad, si no lo hacemos nosotros? ¿No son
demasiadas las miradas torvas? ¿Haremos bien en dejar solo al mundo, en
quitarle peso y sentido al vigor de la vida, en desconocer su empeño por
renovarse, y creyendo encima que somos inteligentes al hacerlo?
Especialistas en mirar y decir lo que no se puede
en vez de mirar y decir lo que se puede, ésos somos, atravesados
por un miedo o resistencia constante a entregarnos a este cambio de las
cosas. El movimiento es, por cierto, excesivo y violento, pero así es
la vida, en la que pasamos como pasa un tren por una estación, un tren
que avanza sin que ninguna huelga o piquete pueda detenerlo. No aceptar
la fluidez de los hechos, no aceptar la producción constante, creer en
el ideal de una vida futura o quieta y perfecta, es no ocupar el espacio
que nos toca, no intervenir y perder opciones.
A la moral del acabose hay que oponer una moral de
la posibilidad. A la moral indignada y volcada a la decepción hay que
oponer una moral del trabajo y la producción de realidad. A la facilidad
para detallar lo que no queremos hay que oponerle un entrenamiento para
decir lo que sí queremos y cómo lo vamos a hacer. A la moral de los derechos
-moral de declamación y temor- hay que agregarle una moral del deseo y
el avance, de derechos realizados en actos y no meramente enunciados.
A la moral de despreciar la realidad hay que oponerle una de quererla,
una que busque comprender más que rechazar, una que la acompañe e intervenga
y no una que la rechace.
Con otros valores
La hipótesis de la opresión ya no sirve para pensar
el universo social. Tal vez tenía sentido cuando la explotación era la
norma, pero frente a la escasez de trabajo y la extrema libertad de prensa
es necesario reformular el esquema. Cuando el progresismo se torna reaccionario
se desdibuja la oposición entre izquierda y derecha, y los términos deben
ser abandonados.
La libertad disponible es mayor que la libertad aprovechada,
y eso no es por culpa de una fuerza opresora, sino de un límite interno.
Y el individualismo no es un mal: tal vez sea la vía para poner en movimiento
las fuerzas dormidas, para hacer avanzar esa libertad que parece sólo
hacerse efectiva cuando un sujeto se decide a abordar el espacio real
de su producción íntima. Y los valores no han muerto: se han transformado.
O han muerto algunos, por suerte, pero otro repertorio está naciendo,
como pasa siempre, y conviene que aprendamos a verlo. Incluso podemos
participar de la creación de esos valores, enfundando el dedo acusador
y ajustando la mirada. Y la lucha contra la corrupción es una lucha de
poderes e inteligencias, en la que hay que hacer aportes y no sólo
protestas. Y un país no es madera: es aglomerado, es un conjunto de partes
apretujadas, en pugna permanente.
La vida es difícil, las sociedades son conflictivas,
el ser humano, guerrero; la ambición, un motor ineludible. El dinamismo
apabullante de las cosas no puede detenerse. Somos nosotros los que podemos
elegir detenernos, quedarnos quietos porque no nos sentimos capaces de
estar a la altura de este mundo duro y fascinante, o aceptar que las cosas
nos arrastren y nos maltraten. Si decidimos hacerle frente a la constante
generación de vida, aceptarla y dejarnos permear por ese movimiento impetuoso,
seguramente vamos a ser cada vez más capaces de dar lugar a lo que queremos.
Muchas cosas no pueden modificarse, pero otras sí. Hay que entrenar la
mirada.
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