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2003 - La Nación

Lo nuevo está en nuestras manos

Estoy sentado en un local enorme lleno de terminales de Internet, en donde cualquiera puede navegar por el mundo por unas monedas la hora. Suena el nuevo disco de Eminem y acabo de responder tres mails: uno a un amigo que está en Venezuela y me describe una cotidianidad más dura que la nuestra, otro a uno que trabaja en una estación de servicio como playero y otro a mi mujer, que me recuerda que compre los tornillos para poner el estante. Hace un rato pasaron unos ómnibus bastante lujosos llenos de gente que iba a una manifestación, tocando sus bocinas como si hacerlo fuera un acto de justicia. Ahora los oigo tirar bombas de estruendo en una plaza cercana, ¿habrá llegado la hora de la revolución por vía auditiva?

Dibujo: HuadiLa vida es siempre nueva y exhuberante, y constantemente vivimos experiencias que no hubieran podido ser vividas apenas unos pocos años atrás. La producción de realidad es ininterrumpida, sea la que proviene de ella misma, por el movimiento propio de los acontecimientos inmanejables, o la que generamos nosotros con nuestros actos, sabiéndolo o sin darnos cuenta. Sin embargo, la conciencia que piensa esa producción constante pareciera no estar a la altura de ésta, y en vez de acompañarla y aprovecharla la encierra y la limita.

Por lo general, el pensamiento se apura a descalificar la aparición de lo nuevo. Entrenada más para la sospecha que para la exploración, la sociedad mira con desconfianza la novedad, se trate de novedades de tipo político, tecnológico o de costumbres. Y es también tremenda la resistencia que despiertan las nuevas ideas, los nuevos enfoques que se animan a renovar el aspecto de las cosas, esos que a veces osan sugerir que la situación está en nuestras manos y que muchas cosas pueden hacerse. Los argumentos históricos y paranoicos gozan, en cambio, de gran prestigio, tanto en la visión abundante de los medios de comunicación como en el universo prestigioso de la intelectualidad. ¿Quién sostendrá y acompañará la constante producción de realidad, si no lo hacemos nosotros? ¿No son demasiadas las miradas torvas? ¿Haremos bien en dejar solo al mundo, en quitarle peso y sentido al vigor de la vida, en desconocer su empeño por renovarse, y creyendo encima que somos inteligentes al hacerlo?

Especialistas en mirar y decir lo que no se puede en vez de mirar y decir lo que se puede, ésos somos, atravesados por un miedo o resistencia constante a entregarnos a este cambio de las cosas. El movimiento es, por cierto, excesivo y violento, pero así es la vida, en la que pasamos como pasa un tren por una estación, un tren que avanza sin que ninguna huelga o piquete pueda detenerlo. No aceptar la fluidez de los hechos, no aceptar la producción constante, creer en el ideal de una vida futura o quieta y perfecta, es no ocupar el espacio que nos toca, no intervenir y perder opciones.

A la moral del acabose hay que oponer una moral de la posibilidad. A la moral indignada y volcada a la decepción hay que oponer una moral del trabajo y la producción de realidad. A la facilidad para detallar lo que no queremos hay que oponerle un entrenamiento para decir lo que sí queremos y cómo lo vamos a hacer. A la moral de los derechos -moral de declamación y temor- hay que agregarle una moral del deseo y el avance, de derechos realizados en actos y no meramente enunciados. A la moral de despreciar la realidad hay que oponerle una de quererla, una que busque comprender más que rechazar, una que la acompañe e intervenga y no una que la rechace.

Con otros valores

La hipótesis de la opresión ya no sirve para pensar el universo social. Tal vez tenía sentido cuando la explotación era la norma, pero frente a la escasez de trabajo y la extrema libertad de prensa es necesario reformular el esquema. Cuando el progresismo se torna reaccionario se desdibuja la oposición entre izquierda y derecha, y los términos deben ser abandonados.

La libertad disponible es mayor que la libertad aprovechada, y eso no es por culpa de una fuerza opresora, sino de un límite interno. Y el individualismo no es un mal: tal vez sea la vía para poner en movimiento las fuerzas dormidas, para hacer avanzar esa libertad que parece sólo hacerse efectiva cuando un sujeto se decide a abordar el espacio real de su producción íntima. Y los valores no han muerto: se han transformado. O han muerto algunos, por suerte, pero otro repertorio está naciendo, como pasa siempre, y conviene que aprendamos a verlo. Incluso podemos participar de la creación de esos valores, enfundando el dedo acusador y ajustando la mirada. Y la lucha contra la corrupción es una lucha de poderes e inteligencias, en la que hay que hacer aportes y no sólo protestas. Y un país no es madera: es aglomerado, es un conjunto de partes apretujadas, en pugna permanente.

La vida es difícil, las sociedades son conflictivas, el ser humano, guerrero; la ambición, un motor ineludible. El dinamismo apabullante de las cosas no puede detenerse. Somos nosotros los que podemos elegir detenernos, quedarnos quietos porque no nos sentimos capaces de estar a la altura de este mundo duro y fascinante, o aceptar que las cosas nos arrastren y nos maltraten. Si decidimos hacerle frente a la constante generación de vida, aceptarla y dejarnos permear por ese movimiento impetuoso, seguramente vamos a ser cada vez más capaces de dar lugar a lo que queremos. Muchas cosas no pueden modificarse, pero otras sí. Hay que entrenar la mirada.

 

 

 

 
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