Despertando al héroe interno
La postura racional de la opinión pública frente
al tema de la corrupción (la corrupción es mala, un gobierno normal no
es corrupto, lo que impide lograr un país que funcione es la presencia
en el poder de gente dañina) suele ser superada por la concepción más
realista de quienes no ignoran la verdadera naturaleza del animal humano
(la sociedad no es un fenómeno racional guiado por la buena voluntad,
la corrupción no es una excepción en los alrededores de la riqueza sino
una norma, la necesaria lucha contra la corrupción no debe ser abordada
como una lucha moral sino como una de poder). O sea: una cosa es que la
sociedad se nutra de ciertos principios del bien ordenador y otra que
logre ponerlos realmente en marcha.
En el camino del realismo, y dejando de lado visiones
que sin duda habría que reconocer profundas pero que aportarían confusión
a la legitima necesidad de claridad que tenemos hoy (como las ligadas
a F. Nietzsche -la guerra y la violencia pueden ser más benéficas para
el hombre que la paz- o a G. Bataille -la ruina es simbólicamente fascinante
y tiene a veces más fuerza sobre la comunidad que el progreso-) lo cierto
es que el actual gobierno parece haber corrido la línea de lo posible
en la cuestión de la lucha social contra el mal de la corrupción y nos
ha sorprendido haciendo más de una cosa bien, arriesgando a estirar la
realidad elásticamente para un lado que no nos animábamos a osar pensar
que fuera posible. Muchos analistas políticos ejercitados en el estéril
automatismo del si pero señalan que hay muchas cuestiones de fondo
que falta encarar, ¿pero es que alguien puede minimizar la importancia
que tiene la difícil combinación de acción y buena fe que hay implícita
en estas batallas? ¿Es necesario realmente debilitar el paso positivo
e importante colocándole al lado siempre el contrapeso de una duda sin
la cual parece que no pudiéramos vivir, pero con la que sabemos por experiencia
que podemos estar trabando el movimiento hacia lo mejor?
Aun al más deseoso de reducir el nivel de la corrupción
podría parecerle imposible jugar las simultáneas del bien que este gobierno
está jugando en la Corte, en el ámbito de la seguridad, en el Pami, frente
a los evasores, y por más que el pernicioso y constante hábito nacional
de la sospecha sistemática y endiosada no desaparezca (versión uno: ¿quiere
realmente el gobierno desarmar este desangrante juego del aprovechamiento
privado de las cosas públicas o quiere en realidad usufructuarlo en beneficio
propio?; versión dos: ¿hay que dedicarse a combatir el mal frontalmente
o sería mejor incentivar la economía sin desarmar la trama actual del
poder?) es evidente que los famosos frentes abiertos son valiosas oportunidades
para que la sociedad argentina avance.
Pero entendámoslo bien: son oportunidades. Y no lo
son para el gobierno: lo son para nosotros. El poder necesario para que
estos conflictos valientemente encarados dejen paso a otros logros no
lo tiene el gobierno. El gobierno, firme, da buenos primeros pasos, pero
la que debe reaccionar en consonancia es la comunidad. Seguir pensando
que el éxito posible es del gobierno y no nuestro es no haber logrado
superar la adolescencia mental. Es necesario dejar de referirnos al gobierno
como a una cosa ajena a nosotros, y también aceptar que precipite su caída
el estéril estribillo de denigrar a la clase política entera como si pudiera
no existir o fuera una buena idea intentar eliminarla completamente. ¿Es
tarea del gobierno cerrar la distancia que aun existe entre comunidad
y dirigencia o es tarea de la comunidad darse por enterada de una manera
cada vez más pronunciada de que el país se hace desde todas partes? Ambos
dos participantes deben cada uno ir al encuentro del otro. Trazar lazos,
estrategias (de comunicación, de convocatoria, de entendimiento, de acción,
de sintonía) no es una tarea secundaria para que el momento que estamos
viviendo pueda ir a más y no a menos. Y es tarea para cualquiera que desee
encararla.
¿Cómo puede hacer la comunidad para involucrarse?
Maduras están parece las ONG (Poder Ciudadano y tantas otras) para sumarse.
Madura parece estar gran parte de la ciudadanía (más cuando protesta pacífica
pero harta en las puertas de las comisarías que cuando idolatra al equívoco
y equivocante líder cubano). Maduros aquellos del ala izquierda que aceptan
dejar de lado el deporte de la crítica y adentrarse en el camino del arte
de la creación de mundo. ¿Madura la derecha para dar lugar a un movimiento
político desligado de la represión y la delincuencia con las que solemos
por razones históricas legítimamente asociarla? ¿Maduros los siniestros
para aceptar su límite y morir? ¿O estamos muy lejos de ponerles realmente
un límite efectivo?
¿Qué hacer? Primero: comprender. No proyectar sobre
lo que se está gestando la sombra del fracaso histórico como si fuera
un destino indesafiable, o sea, evitar la satisfacción canalla de no poder.
No cebarse, mirar, refinar los recursos de comprensión y discusión, tender
más a aprender a descifrar el sentido de los movimientos que se realizan
que a buscar confirmar viejas verdades y a buscar la limitada satisfacción
de tener razón una vez más. Segundo: Imaginar. Planteando cada problema
particular (y hay que plantear unos cuantos) no gozar ya de volver a decir
nuevamente cómo la situación ha sido mal manejada por los feos, sucios
y malos, sino activar en nosotros el muchacho o héroe interno dispuesto
a poner en juego su fuerza. A algo de esto se le suele llamar pacificación,
y no está mal el concepto aunque para lograrlo sean más necesarias nuevas
condenas que amnistías. Tercero: Actuar. Y entender que actuar hoy no
es repetir modelos de participación militante fuera de tiempo y de probada
ineficacia, sino vivir la propia vida de manera decidida. La realidad
no está en la calle, campo de representación pero no ya de lucha social,
y no es un aporte cortar el paso de los que tienen / pueden / quieren
ir a algún lado con el objetivo de reparar en los que no pueden / no quieren
/ no saben ir a ningún lado. Se puede actuar tanto en el plano político
/ social, si uno tiene estómago, o por lo menos animarse a intentar vivir
la vida que uno quiere (el individuo en busca de su felicidad es la fuente
de todo avance social) en el caso de que además de estómago se tengan…
otros recursos.
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