¿Google es Dios?
Thomas Friedman propuso, en “The New York Times”
, que el buscador Google es Dios, volviendo a aplicar el eterno truco
de utilizar viejos formatos (en este caso, Dios) para pensar experiencias
nuevas (en este caso, internet). Al hacerlo, puso a Dios en donde hace
ya rato que no está, cediendo a la tentación de aplicar sentidos conocidos
como forma de abordar lo que es desconocido y recién empieza a ser. Internet
nos llevará a lugares que hoy no podemos pensar, pero haríamos bien en
tratar de comprender el camino en vez de remitirnos a una forma repetida.
¿Por qué toda potencia sorprendente debe llevarnos absurdamente a hablar
de Dios? ¿No es mejor, más interesante y más adecuado, tratar de entender
el sentido de esas fuerzas inconmensurables creadas por la experiencia
humana como parte de un desenvolvimiento nuestro más que utilizarlas para
renovar la actitud de la fe?¿No es mejor ver a internet como cosa por
pensar antes que reducirla a cosa pensada, usando para ello el formato
reverente de una divinidad todopoderosa? ¿No es mejor asumir el peso y
la libertad de esa creación fabulosa antes que arrodillarnos frente a
su poder inimaginable, e incluso adjudicarle una voluntad omnisciente
cuando no es más (ni menos) que un espejo de nuestros pasos humanos, amplificado
por acción de nuestra ansia comunicativa y vital?
Porque si algo es internet, es justamente un cúmulo
aún no comprendido de nuevas posibilidades y nuevas formas de vida. No
es otra realidad, ni la aparición de un trasmundo sagrado: somos nosotros
mismos puestos en una circulación distinta, en una circunstancia de potenciación
de lo que queramos plantearle, en situación de tener cada vez menos Dios
y cada vez más mundo concreto y vida vivida. Si algún sentido podemos
ver en internet es el de ser un desafío a nuestras maneras de comunicarnos
y de producir ideas y pensamientos, no de una manera total y como anulación
absoluta de nuestro pasado, sino como énfasis sobre todo lo nuestro, planteando
experiencias que haríamos bien en intentar conocer –y aun más: diseñar-
con el pensamiento dispuesto.
Es cierto que uno coloca en un buscador una palabra
y que este entrega en un instante impensable una cantidad de resultados
que exceden nuestra capacidad de asimilación, pero esa misma abundancia
es la de nuestro mundo, no la producción de un dios sino la nuestra. ¿Será
que ese derroche de opciones nos llama la atención en el buscador porque
siempre las cosas se ven más claras cuando están un poco más lejos, en
este caso a través de la distancia de la representación en la pantalla
y no en la cercanía de una sensibilidad que camina por ejemplo por la
calle? El mundo humano posee desde siempre una abundancia de opciones,
de posibilidades, que preferimos negar para no tener que vivir la intensidad
dificultosa de hacerle frente a tanta vida. Porque no sabemos cómo vivir
tanto, cómo sentir esta vida dispendiosa sin deshacernos. Antes que hacernos
cargo de nuestra fuerza preferimos concebir un Otro superior; antes que
vivir nuestras vidas abundantes preferimos sentir que el vacío es un destino
que acecha y limita nuestras posibilidades numerosas.
En vez de plantearnos que Google es Dios, ¿no es
mejor juego, mejor hipótesis, hacernos cargo de los hechos, no llamar
siquiera imaginariamente a un ser sobrenatural sino ver que este paso
aún no del todo descifrado es una forma a la vez nueva y repetida de nuestra
humanidad desmedida; entender que esta vida virtual que reproduce, potencia,
rehace, reformula, reencuentra, desplaza y enriquece nuestra vida sensible
y carnal, es un paso de hombres, de hombres que -como ya ha pasado tantas
veces en la historia-, van incluso más allá de sí mismos, de lo que en
determinado momento entienden y pueden, sin dominarse, sin poseerse, llevados
por la propia fuerza de su invención apabullante a plantearse precisamente
estos desafíos nuevos, llenos de peligros y de placeres, de posibilidades
de error (404) y de inmediato regocijo y potenciación de toda creatividad
y contacto?
Preguntas hay siempre y también respuestas. Puede
que haya quien escrute la vida que aparece en su buscador como si se tratara
de un texto sagrado; que en su necesidad o adicción a una fe sienta que
quien le habla es el Ser; que busque en esos rastros o resultados las
verdades finales que su angustia le hace anhelar. Eso no quiere decir
que internet sea en sí misma la puerta a una experiencia enajenante o
que vaya a constituir, como suelen describir las fantasías paranoicas,
un supra poder que termine por dominarnos. Quiere decir que siempre hay
hombres y mujeres dispuestos a tomar por la vía de la enajenación, a sentir
que lo nuevo los desposee de sí mismos, porque, como dijimos al principio,
saben sólo ser lo que son o ni siquiera, porque también el modismo de
descalificar lo que se produce como nuevo y distinto luce como tic refinado
cuando es mera emanación del temor.
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