Escenarios y valores en nuestro universo político
La excitación que nos despierta el momento de las
elecciones es una consecuencia del hecho de que ellas encarnan el momento
de mayor acción de la democracia. Sentimos que algo está pasando, el foco
general de atención está concentrado en el problema de nuestro futuro
y somos convocados a concretar un hecho mínimo pero activo, que nos coloca
en situación de protagonistas: el voto. La aparición de la cifra cuasi
divina alrededor de la cual todo el esquema de poder debe reordenarse
(mal que le pese a hombres de poder que querrían dar rienda suelta a su
fuerza expansiva, hombres por suerte hoy domados al menos parcialmente
para aceptar estas reglas del juego) tiene lógicamente el efecto de ponernos
a todos en situación de movilización profunda.¿Cómo podríamos lograr que
esta acción no decaiga luego del final de las elecciones, sino que se
prolongue o incluso incremente en una participación constante? ¿Cómo producir
a partir de ese envión de movimiento una gama de operaciones útiles para
la construcción de un posible bienestar? ¿Qué otros mecanismos de acción
podríamos generar que sean equivalentes al voto y nos coloquen en posición
de hacer?
Es importanter entender que la acepción hoy más valiosa
de la palabra movilización es la que aparece en el universo psicológico
y no tanto la que tiene lugar en las variantes del pensamiento de la insurgencia.
Esto equivale a decir: el movimiento de la ciudadanía no tiene lugar tanto
en las calles del país (en donde genera efectos simbólicos, muy frecuentemente
equívocos al punto de producir efectos reaccionarios justo al querer manifestarse
progresistas y a la inversa) sino en la dimensión de la puesta en juego
del ser y su capacidad de querer. La movilización requerida no es tanto
la de producir gestos diseñados por el dibujante Carpani, es más bien
la de dar lugar a movimientos de participación efectivos, probablemente
más sobrios pero también más interesantes y consistentes, para los cuales
el individuo es el agente principal. Así como el escenario de la movilización
ha variado, y se trata hoy menos de ocupar las calles u otros escenarios
sociales que de ocupar consistentemente las dimensiones del pensamiento
y el deseo, también podríamos decir que ha variado el agente a cuyo cargo
está el movimiento necesario. El pueblo no es el protagonista de la democracia
que queremos, lo es más el individuo (incluso agrupado comunitariamente
pero sin dejar de serlo).
La fuerza que emana de uno y otro es también distinta.El
pueblo existe como sujeto de la historia y como entidad simbólica destinada
a enuciados políticos trascendentes. El individuo en cambio, aun en su
apariencia más limitada, es el poseedor de algunas fuerzas sin las cuales
la política realista y útil a la que aspiramos no puede tener lugar. El
individuo es el lugar del deseo, del entusiasmo, el que es capaz de esa
transmutación básica del sentido que se da en la maduración (y que tan
dificil es para una sociedad), el que legimita y ordena desde su vivencia
afectiva las estructuras relacionales que hacen luego posible una sociedad
caudillista o participativa. El individuo es el foco de acción que posee
verdadera capacidad de transformación de la estructura del sentido que
arma a la sociedad.
El criterio de "utilidad del voto", comprendido en
este contexto, resulta un índice interesante. "Un pueblo con dignidad
no vota útil" dijo Carrió el día antes de las elecciones, y la afirmación
parece casi un chiste. ¿Vota inútil, un pueblo digno? ¿Qué es esta dignidad
que se caracteriza como opuesta a la voluntad de logro y bienestar? La
dignidad, asi entendida, es parte de un repertorio de valores que se extienden
sobre nuestras conciencias políticas y nos hacen jugar en un escenario
de trascendencia en el cual aparecemos como estando ligados a un destino
de fracaso. Complementa a esta visión la imagen de un Guevara idealizado
que encuentra la muerte como consecuencia de habérsela jugado o haber
sido fiel a sus ideales. La nueva política que queremos es la que desaloja
a la serie pueblo / ideales / dignidad y encuentra apoyo en la más valiosa
serie individuo y comunidad / logros / bienestar. La política no es el
terreno de enfrentamiento con las fuerzas divinas y extremas de un supuesto
infierno, es un camino lleno de dificultades y miserias humanas en el
que hay que avanzar minuciosamente y producir pasos útiles. No perfectos,
útiles. El país no se produce con tensión de procer y mirada lejana, se
produce con plasticidad, ganas de vivir, afirmación de lo concreto posible.
Un resultado eleccionario es un punto en una secuencia
de movimientos, un punto de llegada pero también un punto de partida,
es decir, la puesta en evidencia de un movimiento de la sociedad. Este
puede ser tanto el objeto de un interés cognoscitivo, y ser abordado a
través de un intento de comprensión de lo que está sucediendo entre nosotros,
o bien como parte de un dinamismo en el que debemos incidir. ¿Somos espectadores
o participantes? Es cierto que somos al mismo tiempo las dos cosas, pero
no señalar con énfasis que la dimensión activa de la democracia depende
del grado de compromiso y eficacia que logremos desde la perspectiva del
partícipe es perder pie. La tentación de permanecer espectadores es grande,
y si bien el aporte del analista político es refinado y útil, tal vez
sea superior el de quien más toscamente se juega encarnando alguna de
las opciones disponibles. No es fácil dar ese paso, el que han dado los
protagonistas de la política y que no suele ser siempre bien valorado:
queda generalmente mejor parado el analista, quien dispone constantemente
del recurso de la sorna, al estilo de muchos atrevidos y contestararios
periodistas televisivos, enanos que se visualizan gigantes.
El voto tiene a su favor, entre otras cosas, que
es una acción casi pasiva. Se trata de poner un papelito en un sobre sin
que nadie te vea y obtener, si la suma de voluntades ocultas te favorece,
la satisfacción de ver a tu elegido en el lugar central. Intentando responder
a las preguntas formuladas al final del primer párrafo habría que admitir
que no resulta nada fácil generar participaciones tan redituables (mínima
inversión de esfuerzo: máximo efecto nacional). El límite de la democracia
no es tanto el poder objetivo de las corporaciones y mafias que quieren
acogotar el poder público todo el tiempo: es más bien la pereza o comodidad
del ciudadano medio, que prefiere poner a cuenta de la voluntad de los
otros (los malos) el fracaso de la comunidad antes que poner en movimiento
la suya propia.
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