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2003 - Revista Plan V

Escenarios y valores en nuestro universo político

La excitación que nos despierta el momento de las elecciones es una consecuencia del hecho de que ellas encarnan el momento de mayor acción de la democracia. Sentimos que algo está pasando, el foco general de atención está concentrado en el problema de nuestro futuro y somos convocados a concretar un hecho mínimo pero activo, que nos coloca en situación de protagonistas: el voto. La aparición de la cifra cuasi divina alrededor de la cual todo el esquema de poder debe reordenarse (mal que le pese a hombres de poder que querrían dar rienda suelta a su fuerza expansiva, hombres por suerte hoy domados al menos parcialmente para aceptar estas reglas del juego) tiene lógicamente el efecto de ponernos a todos en situación de movilización profunda.¿Cómo podríamos lograr que esta acción no decaiga luego del final de las elecciones, sino que se prolongue o incluso incremente en una participación constante? ¿Cómo producir a partir de ese envión de movimiento una gama de operaciones útiles para la construcción de un posible bienestar? ¿Qué otros mecanismos de acción podríamos generar que sean equivalentes al voto y nos coloquen en posición de hacer?

Es importanter entender que la acepción hoy más valiosa de la palabra movilización es la que aparece en el universo psicológico y no tanto la que tiene lugar en las variantes del pensamiento de la insurgencia. Esto equivale a decir: el movimiento de la ciudadanía no tiene lugar tanto en las calles del país (en donde genera efectos simbólicos, muy frecuentemente equívocos al punto de producir efectos reaccionarios justo al querer manifestarse progresistas y a la inversa) sino en la dimensión de la puesta en juego del ser y su capacidad de querer. La movilización requerida no es tanto la de producir gestos diseñados por el dibujante Carpani, es más bien la de dar lugar a movimientos de participación efectivos, probablemente más sobrios pero también más interesantes y consistentes, para los cuales el individuo es el agente principal. Así como el escenario de la movilización ha variado, y se trata hoy menos de ocupar las calles u otros escenarios sociales que de ocupar consistentemente las dimensiones del pensamiento y el deseo, también podríamos decir que ha variado el agente a cuyo cargo está el movimiento necesario. El pueblo no es el protagonista de la democracia que queremos, lo es más el individuo (incluso agrupado comunitariamente pero sin dejar de serlo).

La fuerza que emana de uno y otro es también distinta.El pueblo existe como sujeto de la historia y como entidad simbólica destinada a enuciados políticos trascendentes. El individuo en cambio, aun en su apariencia más limitada, es el poseedor de algunas fuerzas sin las cuales la política realista y útil a la que aspiramos no puede tener lugar. El individuo es el lugar del deseo, del entusiasmo, el que es capaz de esa transmutación básica del sentido que se da en la maduración (y que tan dificil es para una sociedad), el que legimita y ordena desde su vivencia afectiva las estructuras relacionales que hacen luego posible una sociedad caudillista o participativa. El individuo es el foco de acción que posee verdadera capacidad de transformación de la estructura del sentido que arma a la sociedad.

El criterio de "utilidad del voto", comprendido en este contexto, resulta un índice interesante. "Un pueblo con dignidad no vota útil" dijo Carrió el día antes de las elecciones, y la afirmación parece casi un chiste. ¿Vota inútil, un pueblo digno? ¿Qué es esta dignidad que se caracteriza como opuesta a la voluntad de logro y bienestar? La dignidad, asi entendida, es parte de un repertorio de valores que se extienden sobre nuestras conciencias políticas y nos hacen jugar en un escenario de trascendencia en el cual aparecemos como estando ligados a un destino de fracaso. Complementa a esta visión la imagen de un Guevara idealizado que encuentra la muerte como consecuencia de habérsela jugado o haber sido fiel a sus ideales. La nueva política que queremos es la que desaloja a la serie pueblo / ideales / dignidad y encuentra apoyo en la más valiosa serie individuo y comunidad / logros / bienestar. La política no es el terreno de enfrentamiento con las fuerzas divinas y extremas de un supuesto infierno, es un camino lleno de dificultades y miserias humanas en el que hay que avanzar minuciosamente y producir pasos útiles. No perfectos, útiles. El país no se produce con tensión de procer y mirada lejana, se produce con plasticidad, ganas de vivir, afirmación de lo concreto posible.

Un resultado eleccionario es un punto en una secuencia de movimientos, un punto de llegada pero también un punto de partida, es decir, la puesta en evidencia de un movimiento de la sociedad. Este puede ser tanto el objeto de un interés cognoscitivo, y ser abordado a través de un intento de comprensión de lo que está sucediendo entre nosotros, o bien como parte de un dinamismo en el que debemos incidir. ¿Somos espectadores o participantes? Es cierto que somos al mismo tiempo las dos cosas, pero no señalar con énfasis que la dimensión activa de la democracia depende del grado de compromiso y eficacia que logremos desde la perspectiva del partícipe es perder pie. La tentación de permanecer espectadores es grande, y si bien el aporte del analista político es refinado y útil, tal vez sea superior el de quien más toscamente se juega encarnando alguna de las opciones disponibles. No es fácil dar ese paso, el que han dado los protagonistas de la política y que no suele ser siempre bien valorado: queda generalmente mejor parado el analista, quien dispone constantemente del recurso de la sorna, al estilo de muchos atrevidos y contestararios periodistas televisivos, enanos que se visualizan gigantes.

El voto tiene a su favor, entre otras cosas, que es una acción casi pasiva. Se trata de poner un papelito en un sobre sin que nadie te vea y obtener, si la suma de voluntades ocultas te favorece, la satisfacción de ver a tu elegido en el lugar central. Intentando responder a las preguntas formuladas al final del primer párrafo habría que admitir que no resulta nada fácil generar participaciones tan redituables (mínima inversión de esfuerzo: máximo efecto nacional). El límite de la democracia no es tanto el poder objetivo de las corporaciones y mafias que quieren acogotar el poder público todo el tiempo: es más bien la pereza o comodidad del ciudadano medio, que prefiere poner a cuenta de la voluntad de los otros (los malos) el fracaso de la comunidad antes que poner en movimiento la suya propia.

 

 

 

 
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